Nota publicada online
No llegó a verla. A pocos días de la muerte de Julio Le Parc, la Tate Modern de Londres presenta Light. Colour. Action., una extraordinaria retrospectiva que reúne más de sesenta obras y celebra siete décadas de una trayectoria excepcional. Considerado uno de los grandes revolucionarios del arte contemporáneo, Le Parc cambió para siempre la relación entre la obra y el espectador, convirtiendo la luz, el movimiento y la participación en herramientas de libertad perceptiva. La muestra confirma la vigencia de un legado que sigue iluminando el arte del presente.
Hay algo profundamente injusto en esta historia. Julio Le Parc trabajó para esta exposición hasta sus últimos días, pero no llegó a verla. A los 97 años, murió apenas antes de la inauguración de Julio Le Parc. Light. Colour. Action., la gran retrospectiva que la Tate Modern de Londres dedica a una de las figuras más influyentes del arte contemporáneo.
Es una consagración. Quizás la definitiva.
Más de siete décadas de trabajo reunidas en uno de los museos más importantes del mundo. Una vida entera dedicada a desafiar la mirada.
Le Parc fue un revolucionario. A todas luces.
Revolucionó la relación entre la obra y el espectador. Revolucionó el uso de la luz. Revolucionó la idea misma de contemplación. Mientras buena parte del arte seguía exigiendo distancia y reverencia, él invitó a participar. A moverse. A jugar. A descubrir.
Su obra nunca fue un objeto cerrado.
Fue una experiencia.
Frente a una pieza de Le Parc no hay una única lectura posible. Cada visitante construye la suya. Cada desplazamiento modifica la percepción. Cada reflejo genera una nueva imagen. Cada movimiento activa una obra distinta.
Por eso sus instalaciones siguen resultando contemporáneas.
Mucho antes de que los museos hablaran de experiencias inmersivas, Le Parc ya había comprendido que el arte debía involucrar al cuerpo, a los sentidos y a la inteligencia del público.
No buscaba espectadores pasivos.
Buscaba participantes.
"Hay que estimular al público", decía en 2005 cuando tuve la oportunidad de entrevistarlo en su casa-taller de Paris; en ese momento la Fundación Daros le dedicaba en Zurich su primer muestra consagratoria: Le Parc Lumiére, con más de 40 obras de uno de los grandes experimentadores del arte cinético de los años sesenta. Para él, "el arte debía incentivar la creatividad, estimular la reflexión y desarrollar la capacidad de análisis. En una sociedad organizada para producir individuos cada vez más pasivos, la participación era una forma de resistencia".
Esa convicción atraviesa toda su obra.
Detrás de los destellos, los espejos y las vibraciones lumínicas había una posición ética. Una confianza inquebrantable en la capacidad transformadora de la experiencia artística.
Por eso Le Parc nunca entendió el arte como espectáculo ni como mercancía. Desconfiaba de la fama instantánea y de la aceleración del mercado. Reivindicaba la reflexión frente al éxito rápido. Defendía el rol social del artista por encima de cualquier estrategia comercial.
Su obra fue política incluso cuando parecía jugar.
Y jugó siempre.
La exposición de la Tate confirma la extraordinaria amplitud de su producción. Esculturas cinéticas, ambientes inmersivos, investigaciones ópticas, grandes pinturas geométricas y obras sobre papel revelan a un creador que nunca dejó de experimentar.
Un artista que jamás se quedó quieto.
Nacido en Mendoza en 1928 y radicado en París desde 1958, Le Parc construyó una trayectoria excepcional. Integró el Grupo de Investigación de Arte Visual (GRAV), obtuvo el Gran Premio Internacional de Pintura en la Bienal de Venecia de 1966 y se convirtió en una referencia ineludible para generaciones de artistas.
Sin embargo, su reconocimiento parece haber alcanzado una nueva dimensión en los últimos años.
La adquisición de la Colección Daros Latinoamérica por parte de Eduardo Costantini para el Malba, en 2025, consolidó uno de los conjuntos más importantes de obras de Le Parc en una institución latinoamericana. Una señal más de la vigencia y centralidad de su legado.
La retrospectiva de la Tate llega así como una síntesis perfecta.
No como una despedida.
Porque las obras de Le Parc siguen haciendo exactamente aquello para lo que fueron concebidas: sorprender, desorientar, activar, iluminar.
Salir de una exposición suya, decía el artista, debía dejar la sensación de haber vivido una experiencia.
Eso ocurre en Londres.
Y seguirá ocurriendo mientras exista alguien dispuesto a entrar en uno de sus espacios de luz y movimiento.
La gran lección de Julio Le Parc permanece intacta: mirar también puede ser un acto de libertad.
La muestra permanecerá abierta hasta el 3 de mayo de 2027 y se convierte en un homenaje excepcional a uno de los creadores más influyentes de las últimas décadas.