News Argentina

jueves 17 de julio, 2008
OSCAR BONY, EL MAGO
Retrospectiva en el Malba
por Julio Sánchez
OSCAR BONY, EL MAGO
 

Alivio y desazón produce la muestra antológica de Oscar Bony en el Malba. Alivio porque ya está paga una deuda que todos tení­amos con él.

Alivio y desazón produce la muestra antológica de Oscar Bony en el Malba. Alivio porque ya está paga una deuda que todos tení­amos con él. Desazón porque después de enfrentarse a obras de tal potencia, el espectador se da cuenta de la intolerable mediocridad en la que está sumergida la producción contemporánea del arte argentino y del arte en general. Bony no fue un artista de medias tintas, el arte era su exorcismo, su manera de conjurar miedos y pasiones profundas. Era un hombre que pensaba profundamente en la muerte y por eso disfrutó al máximo de su vida. Siempre tení­a cosas que decir, y las gritaba y cuando no habí­a nada que decir, se quedaba callado, no producí­a para satisfacer a nadie ni gastaba pólvora en chimangos. No fue, ni mucho menos, uno de los mejores artistas de la Argentina, era más que eso, un pensador que apeló al lenguaje del arte para abrir nuevas perspectivas de conciencia. Su pensamiento iba más allá de cualquier cliché y en charlas personales él mismo contaba su malestar ante la falta de seriedad en el pensamiento crí­tico, pues todo se nivelaba para abajo y nadie hací­a el esfuerzo de nivelar para arriba (situación que se acentúa cada vez más). "Submarino amarillo" es un faro en su producción, tanto desde la forma como del contenido; se exhibió en el Instituto Di Tella en 1966 como "fuera de las formas del cine", pues no se ajustaba a ninguno de los formatos conocidos entonces y la idea no era escandalizar con el desnudo masculino sino exponer el concepto de tiempo esférico, al que accedió a partir de conversaciones con un fí­sico amigo de su familia. Treinta años después se volvió a mostrar el Submarino..., esta vez en el Museo de Arte Moderno y aún en ese entonces (1996), con libros de divulgación publicados sobre el tema, muchos siguieron sin entender el sentido. Bony hizo la obra cuando tení­a 24 o 25 años, descorazonado por la incomprensión tiró todo a la basura. En aquel entonces también hizo obras con la retórica minimalista (Sinusoide o Estructura, 1967) y conceptual (Ejercicio semántico o Erótico, 1966), ambas poéticas de resistencia a la estética más banal del pop que ya era ley en los Estados Unidos y se estaba instalando en estos lares.
Que su cabeza estaba en otro tiempo se comprueba cuando baleó las fotos de las Torres Gemelas de Nueva York en 1996. Nadie, en el más absurdo de los sueños, habrí­a imaginado el atentado al World Trade Center de 2001. Ese mismo año Bony se encargó de ubicar su foto baleada junto a la foto de las torres en pleno ataque con una frase de Shakespeare: Lo bello que es feo, lo feo que es bello. Bony se atreví­a a pensar todo, no habí­a diques ni canales constrictores en el fluir de su conciencia, era una esponja que absorbí­a su Zeitgeist (espí­ritu del tiempo, según Hegel).
Los umbrales de violencia en las relaciones humanas se han vuelto cada vez más dramáticos; ya resulta una antigualla la frase "la bolsa o la vida" pues hoy se mata por nada. Hasta en los ví­nculos cotidianos se aceptan agresiones que pocos años atrás eran verdaderas groserí­as. Esta brutalidad es la que sostiene la serie de "Amor y Violencia" de principios de los noventa, cuando Bony empleó marcos barrocos y dorados para encerrar vidrios baleados en lugar de las primorosas escenas pintadas que uno podrí­a esperar. Sus fotos baleadas incluí­an la violencia misma, con el riesgo de vida que implicaba para el artista manejar un arma de fuego. Bony demostró que hoy el terror no tiene atenuantes.
En el recorrido planteado en el Malba se hace particular hincapié en la obra "no artí­stica" de Bony, le dedica una pared especial, un ensayo en el catálogo y hasta una mesa redonda. Corresponde a su actividad como fotógrafo profesional, entre 1968, después del cierre del Instituto Di Tella y hasta 1974 cuando vuelve a la práctica artí­stica con sus pinturas de cielos, cuando Bony fotografió a los principales exponentes del rock nacional. La decisión curatorial puede leerse entre lí­neas: ¿vale la pena seguir haciendo arte cuando no hay nada que decir, o es mejor dedicarse a otra cosa?
El Malba va saldando deudas con los grandes creadores argentinos, primero fue Ví­ctor Grippo, ahora es Oscar Bony, esperemos que pronto será el turno de Alfredo Portillo.

Info: Hasta el 30 de enero - Malba, Avda. Figueroa Alcorta 3415

Bony amigo. Rasgos de una personalidad

La foto lo muestra sentado mirando a su gato negro, también sentado, en la planta baja de su interminable petit hotel de la calle Perú, casi Caseros. Decí­a que en la casa habí­a un espí­ritu que vagaba por ahí­, y que ya se habí­a acostumbrado a su presencia. En esa planta baja y en el primer piso habí­a hecho sus fotos baleadas. El policí­a de la cuadra ya no se perturbaba cuando escuchaba los tiros, tranquilizaba a los vecinos diciéndoles que era un artista haciendo obra. Pocos le creí­an. La primera vez que disparó lo hizo en lí­nea recta al cuadro, la bala rebotó contra él y casi lo mata. Ahí­ aprendió que tení­a que disparar en diagonal. Lentamente habí­a transformado ese petit hotel en su bunker de doble entrada y a la vez infranqueable. Convirtió la terraza en una especie de homenaje a Gaudí­. Llegó a alquilar el subsuelo para un jardí­n de infantes y la mansarda a estudiantes extranjeros que yo le presentaba, y ambas ingresos le permitieron vivir con cierta holgura. Detestaba que los perros ensucien la vereda. Se cansaba de baldear hasta que en un momento sorprendió a la dueña del perro y al perro dejando su regalito. No lo dudó, ahí­ mismo arrojó el balde de agua sobre ambos; nunca más tuvo que salir a baldear. Éramos vecinos y nos visitábamos frecuentemente, en ese entonces no tení­amos celulares y nos llegábamos sin avisar. Él decí­a que reconocí­a mi manera de tocar el timbre con la técnica del "pizzicato", corto y nervioso. Llegaba a mi casa al mediodí­a, sin anunciarse y yo le abrí­a la puerta, charlábamos de fí­sica cuántica, de la vida y la muerte, del tiempo y la teorí­a de las catástrofes, se iba contento y decí­a: "en esta profesión - para él ser artista era una profesión de 24 horas, jornada completa, dí­a y noche- se gana poco, pero la libertad que tenés no se puede comparar". Era fuerte como un toro, pero de niño era tan flaquito que su mamá lo hací­a desayunar con un churrasco y dos huevos fritos. Nadábamos en la pileta de Ciudad Universitaria, él sin antiparras. Le presté las mí­as, se sumergió y al rato saltó del agua casi tosiendo. Entre risas dijo que la claridad de visión era tan absoluta que pensó que estaba fuera del agua y respiró como si nada. Luego contó una experiencia lí­mite que tuvo buceando en no me acuerdo qué aguas. Se desesperó porque su equipo de buceo no le proveí­a más aire, el instructor iba muy atrás y no se daba cuenta de la situación, y estaba demasiado lejos de la superficie como para subir de golpe sin que la presión lo haga estallar. Con el relato sentí­ su propia desesperación, el ahogo de estar sin aire bajo el agua, sin arriba, sin abajo, ni adelante ni atrás. El instructor se acercó y desde atrás levantó una palanca que le habilitó el tanque de emergencia, Bony volvió a respirar.

 

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