News Argentina

miércoles 16 de julio, 2008
OPINIÓN
Los privilegios del consumismo
por Jorge López Anaya
OPINIÓN

Muchas veces se ha señalado el papel del coleccionista en el mundo del arte. Para la mayorí­a de los estudiosos, con independencia de sus motivaciones más inmediatas, cumple con una función de gran importancia: rescatar o salvar de los desastres del tiempo y de la desidia las obras que, a su juicio, poseen alguna condición particular que las distingue de otras experiencias creativas.
Durante mucho tiempo esos estudiosos señalaron, sin cuestionar el concepto, que el acto de coleccionar no estaba dominado sólo por el deseo de posesión o especulación, sino por un instinto de trascendencia más o menos inconsciente. En esta lí­nea se ha citado a Gertrude Stein (una de las primeras coleccionistas de Picasso), Peggy Guggengheim, Andrew Mellon (creador de la Galerí­a Nacional de Washington), el armenio Calouste Gulbenkian, Paul Getty, el barón Hans Heinrich Von Thyssen y algunos otros.
Sabemos que miles de obras de arte se han salvado de la destrucción gracias a los coleccionistas. Muchos donaron su patrimonio a museos públicos; en otras ocasiones crearon fundaciones o museos, permitiendo el libre acceso del público a la contemplación de las obras reunidas durante largos años, quizás con grandes esfuerzos.
Por supuesto que el coleccionismo está siempre ligado a otros aspectos, más frí­volos o mercenarios, que no se pueden ocultar. Gianni Vattimo, el filósofo del "pensiero debole", señaló en una oportunidad que las obras de arte, en tiempos posmodernos, se habí­an convertido no sólo en mero objeto de intercambio monetario, sino de "intercambio simbólico". Eran, en definitiva, "status symbols", "tarjetas de presentación (reconocimiento) de grupos". Ser coleccionista es pertenecer a un club muy exclusivo.
En las últimas décadas aparecieron otros especí­menes de coleccionistas (se podrí­a construir una tipologí­a que resaltara sus caracteres más salientes). De hecho, ahora se conoce a muchos de ellos, casi no queda sección de arte de los periódicos o revistas especializadas que no provean a sus lectores de alguna información sobre sus historias personales, autobiográficas. Abundan las entrevistas, las fotografí­as (el retrato frente a una obra preferida, o sentado sobre ella), las vistas de sus residencias, etcétera.
Hoy, frente a la opinión pública, parece que el coleccionista está socialmente mejor considerado que los creadores de las obras de arte. La situación es paralela a la idea de que en la sociedad contemporánea se aprecia más el consumo que la producción. Es "el mundo al revés" (tan abundante en la pintura del Bosco, autor de "El Jardí­n de las Delicias").
Esas "historias privadas" de los coleccionistas revelan una categorí­a destacable: el consumista. Poco importa para ellos la "experiencia estética", tampoco los argumentos o teorí­as acerca del sentido de las obras o la idea de los artistas. La lectura de textos especializados parece muy poco popular. Para el consumista no importa el placer estético, el valor de la recepción, sino su reputación como poseedor de obras en cantidades desmesuradas. Armin Waehler decí­a que "lo importante en el coleccionismo es poseer el objeto, y no tener que contemplarlo además". Es el tiempo de los "acumuladores de arte", de quienes ya no se interesan ni enorgullecen por lo que tienen, sino por cuanto poseen.
No debe olvidarse, por otra parte, que el mercado se beneficia con ese afán consumista. Sin ese impulso por la posesión material de las obras de arte quizás los precios serí­an más bajos.

 
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