Nota publicada online

jueves 23 de julio, 2020
Matilde Marín y Eugenia Calvo en Cuenca
Miradas femeninas del confinamiento
Costa Peuser, Marcela
por Marcela Costa Peuser
Matilde Marín y Eugenia Calvo en Cuenca

Once artistas mujeres latinoamericanas, de importante trayectoria en el arte contemporáneo, forman parte de esta muestra curada por Katya Cazar, en tiempos de pandemia. Un ejercicio curatorial necesario, que reflexiona sobre el encierro desde lo tangible e intangible, lo cotidiano y lo simbólico.

Participantes: Karina Aguilera, EE.UU-Ecuador; Ángela Bonadies, Venezuela; Saskia Calderón, Ecuador; Eugenia Calvo, Argentina; Pamela Cevallos, Ecuador; Marilá Dardot, Brasil; Glenda León, Cuba; Matilde Marín, Argentina; Rosell Meseguer, España; Priscila Monge, Costa Rica; Sandra Nakamura, Perú.

Artista ecuatoriana y gestora, Katya Cazar está a cargo la 15va edición de la Bienal de Cuenca. Frente al desafío de estos tiempos inesperados y, consciente que era necesario proponer una mirada diferente, quizás mas íntima y que nos ayudara a reflexionar sobre las emociones que nos atraviesan, convocó a once mujeres latinoamericanas, artistas, todas ellas, de incuestionable trayectoria.

 

Bajo el título de “Confines y confinamientos”, cada una de las artistas exudan sus emociones y las transmutan en obras que nos interpelan, obligándonos a reflexionar.

El lenguaje elegido es la fotografía por una simple razón práctica: es factible su traslado y su concreción en la sala de exposiciones propuesta por la curadora: la vidriera de la Casa de la Bienal. Allí las once obras rotarán para descubiertas por los visitantes de la ciudad de Cuenca. Una de las consignas de Cazar es que fueran fotografías en blanco y negro “porque a veces hay que hacerle honor al luto, a la incertidumbre. Ser testigos del tiempo que nos toca”.

A partir del bellísimo texto curatorial en el que aparece el “confín como como frontera infinita, nos hace pensar en las teorías primarias sobre la forma del planeta, trae imágenes diversas como los elefantes enormes sobre el mar de leche de la antigua tradición oriental, supone algo que nos detiene y, a su vez, traza una Terra incognita.

El confín es el argumento con el que el territorio simbólico es demarcado, sus límites provienen del diseño de la geopolítica: una parte de un lado y otra parte del lado contrario.

El verbo confinar hace referencia a recluir a alguien dentro de límites o desterrarlo a una residencia obligatoria.

Esta muestra digital en construcción plantea un diálogo sobre el aislamiento que estamos viviendo en casa, para cuidarnos y mantener distante la enfermedad a usanza del Medioevo, pero conectados a una virtualidad de alta velocidad.

El confinamiento también demarca fronteras, que no son siempre físicas o espaciales, pueden ser estas subjetivas, conceptuales, intangibles.

La poética de Matilde Marín hace foco en lo cotidiano. En ese acto diario, simple y necesario, de lavarse las manos. Una imagen simple, de carácter testimonial, de sutil y exquisita composición, que trasmite mas que mil palabras. Siempre atenta, Marín descubre en la cotidianidad pequeños signos que, sacados de contexto y pasados por el tamiz de su sensibilidad, se convierten en significativas claves para entender nuestro tiempo.

Las mujeres en general, conocemos distintas variantes de los confines y el confinamiento, y, hemos sabido construir estrategias para evadirlos, en medio de un sistema hegemónico, patriarcal, vertical y muchas veces extremo. Las mujeres hemos habitado, construido y soñado espacios a lo largo de la historia para soportar el mayor castigo del sistema que es la invisibilidad.

La exposición virtual que propone La Bienal de Cuenca reconoce también que es justo pensar en estrategias y en modelos de trabajo, que permitan seguir activos tanto a la institución como a sus protagonistas los artistas y, en este caso particular, a las artistas mujeres, sobre quienes recaen muchos roles simultáneos en plena crisis.”

Un formato pensado para estos tiempos y que cumple con el objetivo esencial del arte: frenar nuestra voraz cotidianeidad estimulando el contacto con nuestro interior.

Eugenia Calvo trabaja esas relaciones con los objetos inanimados que se vuelven poderosos. Para esta convocatoria eligió una intervención que realizó en la vivienda de Hilarión Hernández Larguía, arquitecto modernista responsable de la trama de la ciudad de Rosario y primer director del Museo Castagnino. Una casa cerrada durante años y que Calvo necesitó “abrir” como un “parpadeo para que la casa volviera a relacionarse con la ciudad”.