Nota publicada online
Con curaduría de Sebastián Vidal Mackinson, la artista santafesina Eugenia Calvo presenta una instalación que interpela las narrativas que entronizan el desarrollo tecnológico y el rapto de la capacidad de atención para proponer al público escenas desestabilizantes que despiertan una sucesión de interrogantes.
Una oscuridad manifiesta introduce a los espectadores en la escena. La delimitación no es insustancial, al atravesarla se dejan atrás otros espacios, se suspende la claridad perteneciente a otros territorios, a otras percepciones. El contacto con la oscuridad se convierte en el umbral donde se produce una remembranza, una restauración provisoria de la memoria ritual. Al primer estremecimiento le sigue la dilatación de las pupilas para permitir que entre la máxima cantidad de luz posible a los ojos que se adaptan progresivamente. A continuación se detectan, dispersas, algunas fuentes lumínicas que mejoran la visión. Bajo ese reino dominado por la lobreguez se despliegan objetos de diversa índole. Son reconocibles. Al caminar entre ellos se distingue que no responden al orden acostumbrado.
Detrás de esos objetos triviales, es posible intuir que se conserva agazapado un misterio a revelar. La lista de ellos es generosa: ventiladores, estufas, escobas, secadores de pelo, telas, todo tipo de prendas de vestir, mochilas de mano, lavarropas, cocinas, muebles y monitores, entre otros, conforman un paisaje fragmentario y cargado de ambigüedad.
Eugenia Calvo ha desmantelado literalmente esos elementos y, en forma simultánea, también ha desarticulado el aparato de convenciones con el cual nuestro sistema nervioso se guía usualmente casi de modo automático. En cierta manera el procedimiento llevado a cabo en esta instalación ha sido ensamblar de modo subjetivo los materiales obtenidos luego de una disección efectuada sobre la vida cotidiana. Es decir, se ha abordado la realidad que compone los hábitats urbanos de los seres humanos como si los hubiera tratado un perito forense.
Eugenia Calvo nació en Rosario, provincia de Santa Fé en 1976. Ha realizado numerosas residencias internacionales, participó en destacadas exposiciones individuales y colectivas, tanto en Argentina como en el exterior y entre las distinciones que ha recibido se destacan el primer premio arteBA Petrobras (2006), una mención especial en la Bienal de Cuenca, Ecuador (2011), el diploma al mérito en artes visuales otorgado por la Fundación Konex (2022) y el segundo premio de la Fundación Fortabat (2023). Su obra forma parte de importantes colecciones institucionales.
Seguir la corriente no es la primera oportunidad en que la artista genera situaciones desconcertantes a partir de elementos considerados habituales en la vida diaria. En otras instalaciones anteriores, por mencionar algunas recientes, como Dormir vestida (2022) o Hecha para siempre (2021), los artefactos de uso doméstico fueron también los protagonistas, de igual suerte desfuncionalizados y expuestos a otros sistemas de relaciones entre sí y con el espacio que los albergaba. En ambas primaba un orden rígido, minucioso, contenido. En el presente trabajo estas últimas coordenadas se alteran radicalmente. Para el curador, Sebastián Vidal Mackinson las nuevas operaciones puestas en práctica por Calvo hacen que esta exhibición pueda considerarse como una bisagra en su trayectoria e ilustra este dato en el texto curatorial con las siguientes palabras: El uso de flejes de hierro con los que Calvo solía estructurar sus escenas, que aprisionaban el mobiliario al mismo tiempo que se proyectaban de manera clara y definida en el espacio, se desvanecieron. La tensión dada por la fijación extrema a la que estaban sometidas las piezas, tratadas como si tuvieran la posibilidad de revelarse, se relajó. Lo que queda en suspenso y sujeto a verificación es si lo que se interpreta como un punto de inflexión irá a consolidarse como una necesaria y auténtica expresión de cambio o si se quedará en un gesto que se agote en sí mismo. Aquí cabría desear aquello que alguna vez enunció Franz Kafka: "A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar".
La desactivación de la tirantez a la que estaban sometidas las piezas que refiere Vidal Mackinson provoca otras posibilidades de recorrido, menos contemplativas que las anteriores y de mayor compromiso de los sentidos y del cuerpo en su totalidad. La masa y la energía de lo que se halla en la sala genera una fuerza de gravedad con la que las conciencias y las anatomías visitantes deben lidiar. En este archipiélago de vestigios, incluso, se pone en jaque por momentos la percepción de un todo organizado; suceso que puede inducir a alguna sensación de inestabilidad acentuada, además, por el reconocimiento de elementos aislados ex profeso que guardan una fuerte connotación afectiva. La relajación de lo que se encontraba antes latente ahora ha cobrado formas expansivas, blandas, a veces aisladas, en otras conectadas por un enjambre de cables o intervenidas con instrumentos que proveen luz o por pantallas que emiten imágenes hipnóticas.
Apelar a la subversión de los dictados utilitarios habla de perspectivas que se deshacen en su propia fragilidad. Donde antes había certezas ahora hay ruinas dislocadas y re territorializadas. Materiales nobles asociados a viejos oficios, sintéticos industriales y dispositivos tecnológicos que oscilan entre lo cálido y lo glaciar forman parte del mismo paisaje. Sus propias entrañas irradian sentidos. ¿Se está frente a un escenario de simples escombros o ante los restos de una civilización? La incertidumbre se ha apoderado de cada rincón. Presente, porvenir y pasado mítico se entremezclan. Una figura que podría representar un tótem guarda rasgos antropomórficos; se adivina su cuerpo cubierto por lo que serían sus vestimentas en la contundencia geométrica de una heladera; su rostro es el recinto encendido de un horno de microondas. Se puede imaginar que observa otra pantalla o que también puede ser observado. Las figuras antropomórficas alcanzan su máxima manifestación en lo que podría denominarse una ronda de seres/cuerpos producidos con partes de sillas correspondientes a diseños no uniformes alrededor de algo que simula ser una fogata gracias a las tonalidades rojizas que emiten unas estufas de cuarzo. Hay una cadena asociativa animista puesta en juego allí. ¿Se trata de un rito o simplemente es una referencia a la búsqueda de calor por parte de existencias precarias expuestas a las catástrofes climáticas?
En un mundo supeditado a las narrativas que surgen del hechizo por los avances tecnológicos y por la dócil adhesión a las figuras que los encarnan, todavía existen líneas de fractura que permiten acceder, de alguna manera, a un más allá de esas realidades. Podría entenderse que las maniobras llevadas a cabo en Seguir la corriente constituyen una de ellas, ya que permiten conmover la capacidad de atención esclerosada por las espirales algorítmicas y por las domesticaciones asentadas y reapropiarla hasta hacerla aproximar a un grado cero que habilite otros modos de ponerla en juego junto a la lateralidad del pensamiento y de la percepción.
Hasta el 15/3/2026
Martes a domingos de 13 a 20 h
Bartolomé Mitre 434, CABA
Entrada libre y gratuita