Guillermo Mena
La percepción de la distancia
04/03/2021 - 17/04/2021
GACHI PRIETO GALLERY | Arte Contemporáneo
Uriarte 1373
Guillermo Mena

Como elefantes escuchando las nubes

¿Es ello cierto bajo esta luz

casi nevada de un jardín algodonoso

que flota, se abre, y ciérrase sobre las calles solas

en una fantasía toda infantil de pura?

El pueblo bajo las nubes, Juan L. Ortiz

En el medio del desierto del Namib una manada  de elefantes se  detiene  abruptamente,   al   unísono,   despliegan   sus   orejas   y   giran   sus   cuerpos   colosales en la misma dirección, no están asustados,  están  escuchando  las  nubes.  Hay  muchos animales e insectos  que  tienen  la  capacidad  sensorial  de  anticiparse  a  los  fenómenos  climáticos,  en  un  sentido  humanx,  predicen  el  clima,  especialmente  las tormentas. Los pájaros y  las abejas  desaparecen  de  los  jardines  horas  antes  de  que llueva, las  hormigas  coloradas refuerzan sus hormigueros formando pequeños montículos de   tierra,    los   mosquitos   pican   con    mayor ferocidad.    Los    estudios    sobre    la  capacidad    auditiva de los elefantes han demostrado que estos animales pueden percibir frecuencias tan  bajas  como  el  movimiento  de  las  nubes  a  cientos  de  kilómetros  de  distancia,  y  así  predecir dónde lloverá y dónde podrán encontrar el agua que necesitan para sobrevivir.

En cambio, desde el origen de la humanidad, lxs humanxs hemos elegido mirar al cielo, y no solamente para predecir el clima. Observamos las estrellas y los planetas con laboriosa obsesión,  creamos   cartas   astronómicas   y   supimos   que   la   Tierra   era redonda.Miramos   las estrellas para entender dónde estábamos parados, para trasladarnos, para navegar y hasta para conquistar tierras ajenas. Desde que descubrimos la agricultura, observamos el cielo y la posición de los astros para llevar cuenta del paso del  tiempo  y planificar cosechas. Durante siglos, gran parte del trabajo de los observatorios astronómicos

Occidentales estuvo dedicado a mirar el cielo para saber con precisión la hora del día y así organizar el funcionamiento de la sociedad, el trabajo  y  la  producción.  Otras  formas  de  observar  el  cielo  organizan  no  sólo  el  funcionamiento  de  una  sociedad,  sino  también su  vida espiritual, religiosa  y  cultural.  Hace  300.000  años  que  lxs  humanxs  miramos al  cielo  para poder sobrevivir en la tierra.

Las nubes han sido, a lo  largo  de  la  historia  de  la  observación  del  cielo,  un  fenómeno escurridizo, difícil de asir, especialmente para la ciencias ansiosas por nombrar y clasificar. A la ciencia que motorizó la iluminación le llevó más de  un  siglo  colonizarlas. Las nubes, adornos cambiantes, mutantes, que cuelgan del cielo y pueden desaparecer de un segundo a otro, se resistían a ser contabilizadas y nombradas. No fue sino hasta 1803, cuando el joven farmacéutico    inglés    Luke    Howard,     un   aficionado a la  observación   climática, publicó suSobre la modificación de las nubes que  se  logró  establecer  un  lenguaje  internacional  para  nombrar  las  nubes,  uno  que  finalmente  trascendía  su  naturaleza transitoria. Así, aquello que antes se desvanecía en el aire sin materializarse en una palabra, comenzó a llamarse cumulus, stratus o cirrus, o una combinación de las tres  categorías  anteriores: nimbus, la nube rechoncha y cargada de lluvia.

La   comunidad   científica   tardó   décadas   en   aceptar    estas    categorías,    necesitaba  evidencia  material  y  concreta:  necesitaba  imágenes  que   declararan   su  veracidad  y  se  pudieran  acumular  en   forma   de   conocimiento   científico.   Albert   Riggenbach fue el primero en capturar con éxito la imagen  de  las  cirrus,  y  uno  de  los  creadores  del  primer  Atlas  Internacional  de  Nubes  en  1896,  en  el  que   figuraban   28 láminas en color acompañadas de definiciones y descripciones de nubes,  además  de instrucciones para su observación en tres idiomas: un  hito  de  la  globalización  temprana. Una vez  capturada  la  primera  nube  ya  no  hubo  vuelta  atrás.  Desde  ese   momento toda   nube fue global, estática y una combinación de hasta tres categorías posibles. La fantasía  pura  e  infantil se desvaneció entre las páginas del atlas y ya ninguna nube pudo ser única e irrepetible.

En la actualidad lxs científicxs siguen mirando  las  nubes,  sin  embargo,  aquella  mirada ávida e imperial del siglo XIX ha sido reemplazada por una búsqueda frenética, diría, incluso, desesperada. Los laboratorios reproducen nubes en grandes cámaras de vidrio, las simulan en modelos climáticos y calculan proyecciones kilométricas, tratan de entender el rol que juegan en la atmósfera y cómo van a reaccionar al cambio climático. Hay quienes buscan usar las nubes como cámaras de enfriamiento para la Tierra, otrxs preocupados por el efecto incierto de las radiaciones cósmicas en nubes y aerosoles, muchxs  están  preocupados  por     la retroalimentación entre el cambio climático y la reducción de las nubes en la atmósfera.  Todxs lanzan satélites a la estratosfera con la esperanza de romper el círculo vicioso del progreso, ese círculo que los ha ubicado en sus laboratorios, arropados en batas blancas, observando el caos que el progreso  ha creado. Y quizás lo logren, quizás logren enfriar la  tierra. O quizás no.

Pero, ¿qué  pasaría  si,  en  vez  de  registrar  las  nubes  en  atlas  internacionales  e  imágenes  satelitales,  sólo  guardáramos  de  ellas   la   huella que  deja  el  cambio?  ¿qué  pasaría  si,  como   los   elefantes,   además   de mirar   las nubes, las escucháramos? Si les permitiéramos ser  efímeras  y  únicas,  si sintonizáramos  nuestros  sentidos  y  nuestros  cuerpos  a  sus  movimientos algodonosos. Si en vez de mirar con los ojos, miráramos con todos los sentidos. Anna Tsing llama a esto el “arte de notar,” o quizás  el  arte  de prestar  atención.  En  esta época que los geólogos han  llamado  el  antropoceno,  en  que  la  transformación humana  de  la  Tierra  supera  a  todas   las   fuerzas geológicas,   no   podemos   más que notar  la  precariedad  y  la  indeterminación que  nos  rodean.  Podemos  observar  los  efectos  de  nuestra  existencia,   pero  también   podemos   escucharlos,   abrazar  sus ritmos, dibujar sus patrones en hojas  blancas  de  papel.  Podemos,  quizás,  aprender su fragilidad.

Sofía Dourron Buenos Aires, marzo 2021

 

 

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