News Argentina

miércoles 16 de julio, 2008
TESOROS: UN LEGADO DE NUESTROS ANCESTROS
por Julio Sánchez
TESOROS: UN LEGADO DE NUESTROS ANCESTROS

Tesoros Precolombinos marca un antes y un después en la museografí­a argentina. Por primera vez se exhiben en Buenos Aires 400 increí­bles piezas provenientes de doce instituciones y museos públicos del noroeste de nuestro paí­s, que corresponden a las principales culturas sedentarias agroalfareras que habitaron esa región desde aproximada-mente el siglo VI a.C. hasta el siglo XVI de nuestra era. Piezas que nos enseñan su particular manera de estar en el mundo, una visión que integra a los dioses, los hombres y la naturaleza en una unidad.

Ubicar piezas arqueológicas en un museo de bellas artes puede ser una buena excusa para repensar la situación de los artistas de hoy. Dichas piezas están ubicadas en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco por iniciativa de la Fundación CEPPA y más de una docena de instituciones gubernamentales de las provincias de Salta, Catamarca, Santiago del Estero y Tucumán. Todos aunaron esfuerzos para lograr Tesoros Precolombinos del Noroeste Argentino, un conjunto de cerca de 250 piezas que salen por primera vez de sus museos de origen, sean municipales, provinciales o nacionales. ¿Qué tienen en común estas piezas de metal, cerámica, piedra, madera, hueso o fibras animales y vegetales? Fueron producidas por sociedades sedentarias agroalfareras que habitaron la región noroeste de nuestro paí­s desde varios siglos antes de la era cristiana hasta el perí­odo de influencia incaica que culminó en el siglo XVI poco antes de la llegada de los conquistadores españoles. Poco se sabe de estas culturas que no conocieron la escritura; mucho es lo que se infiere de sus creencias y organización social. Aguada, Condorhuasi, Santa Marí­a o Candelaria son nombres poco conocidos para los artistas (a excepción de coleccionistas como Nicolás Garcí­a Uriburu o estudiosos como Alejandro Puente y otros, claro está). No es fácil acercarse a estas producciones, particularmente si consideramos que en otras oportunidades, muestras de este tipo agrupaban las piezas con un criterio geográfico o de materiales. Poco y nada le aportaba al público ver cerámicas por un lado, bronces por otro, o en el mejor de los casos, piezas de Vaquerí­as por un lado y Ciénaga por el otro. Tesoros... rompe con este modelo museográfico trazando un camino directo a las creencias de estas culturas remotas. El equipo de curadores ha tenido varios aciertos, ante todo no fueron temerarios, sino cuidadosos; barajan hipótesis y no afirman nada rotundamente; corrigen con humildad conceptos muy arraigados que hablan de la incomprensión del Otro cultural. Se aclara que plantas como el cebil, la ayahuasca, el hongo San Pedro o el floripondio fueron consideradas "alucinógenas" asociándolas a estados psiquiátricos patológicos causados por drogas y sustancias adictivas; los investigadores proponen el neologismo "enteógenos", cuya etimologí­a griega, entheos, (literalmente, en dios; misma raí­z en entusiasmo, enthousiasmós, inspiración divina) alude a la generación de la vivencia interna de lo divino. Hay objetos admirables: el disco Santa Marí­a de bronce con dos personajes (pág. 116 del catálogo), la vasija Aguada con un felino que muestra garras y colmillos (pág. 186), o la figura femenina Ciénaga con pectoral y tocado (pp.150-151), de notables valores estéticos. Los curadores hacen la salvedad de que la estética es un valor agregado por nuestra mirada occidental; más que obras de arte, cada objeto es receptáculo de una visión del mundo (Weltanschaung), son "condensaciones materiales de una manera de estar en el mundo", una visión que integra a los dioses, los hombres y la naturaleza en una unidad. Los curadores se cuidan bien de no hablar de "arte", palabra desconocida en las culturas andinas. Jerarquizar una vasija, un hacha o un mortero, es para nosotros equivalente a "embellecer", pero para aquellos, hacerlo digno de lo sagrado, "sacrificar", en el sentido etimológico, "hacerlo sacro", sacrum facere, integrar eso que se está haciendo a un Todo. Este es el concepto que subyace en el primer capí­tulo de Tesoros..., Cosmovisión andina; el segundo plantea La muerte como pasaje, un concepto más alentador que la muerte como fin; los ritos funerarios, las momias y las urnas dan cuenta de estas creencias. En Imágenes de sí­ mismos se muestra al cuerpo humano como réplica del universo (micro y macrocosmos); Animales sagrados señala al cóndor como mensajero de arriba, a la serpiente y los saurios como vicarios del mundo de abajo, y al felino representando el mundo del medio. Chamanismo, transformación y poder congrega artefactos que permiten al chaman (mediador) desdoblar su conciencia y convertirse en el puente entre la comunicad y lo sobrenatural. El último capí­tulo, Señores del Sol, es un conjunto de piezas de oro, material con un valor asociado a Inti (sol), hasta que llegaron los españoles y lo convirtieron en un patrón económico de reservas materiales. Tesoros... marca un antes y un después en la museografí­a y conceptualización del mal llamado arte precolombino. ¿Qué hubiera sido del arte contemporáneo si hubiera seguido los pasos de aquellos hombres del Noroeste? ¿Los artistas de hoy habrí­an apostado a la integración del hombre con el universo? Si así­ fuera, seguro que el arte contemporáneo no causarí­a tanto desconcierto, los artistas nos hubieran ayudado a comprender nuestro incierto paso por el mundo terrenal y a sentirnos menos solos en el universo.

Hasta el 10 de septiembre en el Museo de Arte Hispanoamericano "Fernández Blanco", Suipacha 1422.

   
 
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