Nota publicada online

martes 23 de junio, 2026
Yo, frágil en el Palacio Libertad
Honrar las maneras de habitar
por Alejandro Zuy
Juan Sorrentino: Una gota cayendo en el agua
Juan Sorrentino: Una gota cayendo en el agua

La exposición plantea a la fragilidad como un atributo inherente a las relaciones interespecíficas humanas y más que humanas considerando al arte como una plataforma para proponer interrogantes, temporalidades y formas de habitabilidad contemporáneas vinculadas a ella. Participan Nicolás Bacal, Marcela Cabutti, Soledad Dahbar, Matilde Marín, Nicolás Oks, Silvia Rivas, Ángel Salazar y Juan Sorrentino. La curaduría estuvo a cargo de Sol Santich y Viviana Zargón.

"...multiplicar los mundos puede volver más habitable el nuestro, Crear mundos más habitables sería entonces buscar cómo honrar las maneras de habitar (...) En pocas palabras abrir la imaginación honrando las invenciones". La autoría de esta frase pertenece a la filósofa belga Vinciane Despret y ha sido tomada en préstamo por las curadoras, Sol Santich y Viviana Zargón de su ensayo Habitar como pájaro (2022), para ser utilizada como epígrafe de esta exposición. Sin quitar su valor expresivo y recontextualizadas, estas palabras también podrían ser consideradas como un candil, una guía sensible y hospitalaria, de la cual pueden servirse los espectadores para transitar las diversas manifestaciones que tienen lugar en las salas del histórico edificio del ex Correo Central.

Sucede que en Yo, frágil la significación de esos enunciados se perciben epidérmicamente sin el imperativo de intelectualizarlos más de la cuenta. Las pautas curatoriales, cuidadadosamente maduras y decididas, promueven en quien se arroje a transitarlas, la posibilidad de ser afectados por las cualidades intrínsecas de cada una de las obras expuestas pero, a la par, abren líneas de fuga que ponen entre paréntesis las temporalidades y las compartimentaciones espaciales usuales. Tienen el acierto de favorecer los intersticios, las resonancias mutuas, los ritmos propios que necesitan cada uno de los dispositivos establecidos para que emerjan otros modos de atención, otros registros de percepción y prácticas del pensamiento y de la imaginación.

Dentro del primer núcleo expositivo, las videoinstalaciones de Silvia Rivas introducen un hiato entre la cronometría humana y una temporalidad pasible de ser considerada trascendente. Si la primera es esquemática y obedece a un orden productivista y disciplinario, la segunda genera desestabilización, consigue entorpecer automatismos adquiridos, rememora pasos perdidos; pone en evidencia una red interdependiente humana y no humana que no se exterioriza bajo la concepción tradicional de naturaleza. Rivas parecería perseguir la suave cadencia de las huellas de esta red para que sus receptores la hagan consciente, la registren como vivencia y no como mera progresión.

La conexión capilar que establecen con ello las piezas de Soledad Dahbar en esta sala se sostiene desde otra materialidad. En éstas, los soportes se distancian de la ligereza de las pantallas LCD para optar por texturas heterogéneas poseedoras de otras propiedades, lo cual provoca otro espectro de efectos. Placas de marmol, bronce, alpaca, vidrio, se suceden en línea, al borde de un abismo literal, en forma de sostén de madera, que las contiene, portando leyendas breves, concisas, que oscilan entre la ironía y lo declarativo. Lo interesante de ellas es el impacto que han dejado grabado en los materiales y como de éstos emanan una diversidad y una intensidad de voces. Es decir, el conjunto se puede leer, e incluso imaginar desde lo táctil, como una polifonía de lo inerte.

El contrapunto preciso con todo lo descripto hasta aquí tiene como protagonista a un elemento efímero que Matilde Marín domina a la perfección: el humo. A partir de recortes de fotografías de humo provenientes de periódicos internacionales o locales, Marín da cuenta, en su rol de artista testigo, de acontecimientos que denotan el pulso de la contemporaneidad. Dos de las piezas exhibidas así lo testimonian. En las mismas, se pueden observar dramáticas masas grises que se recortan sobre un fondo blanco impecable. Otro conjunto, en este caso, dos enormes rollos de papel muestran en su exterior las marcas grabadas por la acción del fuego al tiempo que esconden en su interior el resto de la acción. Impredecibles en sus formas, las marcas demuestran que los procesos de creación y destrucción representan energías opuestas y a la vez complementarias. La tercera obra de Marín es un imponente manto de papeles de fibra sobre la cual se pueden observar proyecciones y que fue pensada como una extensión de su pasado como grabadora. Lo que en un inicio fuera parte de una tarea íntima acá se ha vuelto monumental.

En un anexo a esta primera sala, se halla una obra del artista ecuatoriano Ángel Salazar. Se trata de una videoinstalación bio-generativa donde los procesos minerales moldean un algoritmo de inteligencia artificial. Programado con un millar de imágenes satelitales obtenidas de los salares del denominado Triángulo del Litio (zona geográfica ubicada en el límite de Argentina, Bolivia y Chile), crea paisajes especulativos en tiempo real mediante baterias de sal de baja energía que transforman incesantemente su salida.

El tiempo cósmico representa la vastedad del universo y el tiempo geológico, donde la historia humana es tan breve que resulta insignificante, lo que subraya la fragilidad y alienación de la humanidad. Este abismo parece señalar el video Helecheros (2022) de Marcela Cabutti, realizado en la localidad bonaerense de Balcarce. Esa área en particular, incluida en el Sistema de Tandilia, forma parte del Cratón del Río de la Plata. Los cratones son las partes más antiguas, estables y rígidas de la corteza continental. En la Sierra Bachicha, una de las siete que rodean la ciudad de Balcarce, subsisten rocas pertenecientes al período Precámbrico de 2.200 millones de años de antigüedad y granitos de 1.700 millones de años. Transitar por allí contrasta esos dos tiempos y abre perspectivas inimaginables. Entre las primeras formas de vida se hallan los helechos, planta que crece, precisamente entre esas rocas, en forma espontánea gracias a que se reproduce mediante la acción de las esporas. De ese proceso nació el oficio de quienes los cosechan y de todo este contexto se desprende la crónica fotográfica que acompaña al video y que también retrata esta labor. En ella gravita algo ligado fuertemente al orden de la identidad ya que están presentes los descendientes de la primera mujer helechera quien está destacada en un lugar central.

En la segunda serie de piezas de Soledad Dabhar, enfrentadas en la sala a las de Cabutti, la administración de materia y energía funcionan como una sucesión de instantáneas de pequeños big bangs. Concentración y expansión se juegan allí. Impacto primero, propagación después y por último el recorte enmarcado de lo sucedido con toda esa fuerza. Dos estados, dos orígenes y dos edades de una materia intervienen en ellas: el vidrio industrial producto del trabajo humano reciente y la obsidiana, material vítreo volcánico, inmemorial. Esta última señala el inicio del estallido, por sobre la superficie de la primera su deriva, su imprevisible trayectoria.

Las cortazarianas manscupias de Juan Sorrentino, esculturas cuyas sonorizaciones fueron compuestas en colaboración con Mene Savasta, Nicolás Varchausky, Sergio Bosco y Axel Krygier, semejan criaturas capaces de convivir con sus visitantes instándolos a desplazarse hacia otros registros de atención, a conformar un entorno sensorio minusioso e inusual; un ecosistema donde los restos, lo que otros o el monte descartaron, aún tienen algo que trasmitir y compartir con quienes se encuentren dispuestos a recepcionarlo. En una relación de reciprocidad y de amplificación, los 14 aros de guatambú sostenidos en el aire de Una gota cayendo en el agua, (2024), provocan un curioso efecto de fascinación. La ingravidez de la obra, su estado de tensa suspensión que presentifica los anillos que irradia la caída de una gota sobre la superficie de un espejo de agua, trastorna la dirección acostumbrada de la mirada: lo visto siempre desde una perspectiva vertical, aquí es horizontal o lateral, a la altura del espectador, su dinamismo comprime y estira dramáticamente la profundidad, lo que antes era excéntrico aquí es vértigo, irrealidad.

Un proceso artificial de intensificación del deterioro de un sistema es lo que aparenta representar la instalación de Nicolás Oks en la tercera de las salas que ocupa Yo, frágil: una gran maqueta constituida casi en su totalidad por ladrillos. Podría imaginarse que esas formas desmoronadas darían cuenta de los efectos del paso del tiempo y de las inclemencias naturales, tanto de un edificio como de una urbanización entera, así como de la precariedad que las construcciones, los refugios humanos guardan ante tales fuerzas.

Vale afirmar que las obras de Soledad Dahbar funcionan como un bajo continuo que gradúan la armonía de la exposición en todo su recorrido. En este tercer capítulo se detiene en los verbos que denotan los pasos de construcción del conocimiento: desclasificar, cooperar, articular y descomponer. Objetualizados mediante la obsidiana e integrados por los engarces de bronce, los verbos diseminan lazos que se conectan con saberes y técnicas precientíficas al tiempo que son testigos de la complejidad de los procesos de significación contemporáneos.

Sublimar la pequeñez de la huella humana en el silencio y la profundidad del firmamento es lo que persiguen los dípticos de Nicolás Bacal. Se trata de seis xilografías sobre papel basado en un atlas de estrellas intervenido, expandido y transferido sobre placas enteras de madera de construcción. Frente al observador, la consecuencia de esta serie es la posibilidad de reconstruir una trayectoria iniciada en la intimidad de un cuaderno personal para después sumar lo común urbano de los materiales de construcción y proyectarse, finalmente, a una representación que aspira al infinito y más allá del Cosmos. Las obras de Bacal, puede decirse que sintetizan los objetivos de la exhibición, en ellas se concentra lo micro y lo macro, lo sublime y lo lábil, lo ancestral, lo eterno y lo inmediato.

Palacio Libertad. Centro Cultural Domingo F. Sarmiento

Sarmiento 151

Miércoles a domingos, de 14 a 20 h
Entrada libre y gratuita.