Nota publicada online

miércoles 15 de julio, 2026
Penumbra: Dia Art Foundation en Proa
La revolución de la percepción
Costa Peuser, Marcela
por Marcela Costa Peuser
Penumbra: Dia Art Foundation en Proa

A casi tres décadas de la histórica exposición de Dan Flavin, Fundación Proa vuelve a asociarse con Dia Art Foundation para presentar una de las exhibiciones internacionales más importantes de los últimos años en la Argentina. Penumbra reúne por primera vez en el país obras de Agnes Martin, Andy Warhol, James Turrell, Richard Serra, Robert Irwin, Felix Gonzalez-Torres, Walter De Maria, John Chamberlain y Tehching Hsieh. Más que una reunión de artistas fundamentales, la muestra reconstruye el momento en que el arte dejó de producir objetos para producir experiencias.

Hubo un momento en que el arte dejó de preguntarse qué debía mostrar.
Y empezó a preguntarse cómo vemos.
Fue una de las grandes revoluciones de la segunda mitad del siglo XX. El minimalismo redujo la forma a lo indispensable. El arte conceptual desplazó el interés desde el objeto hacia la idea. Poco después, una nueva generación entendió que la obra no terminaba en sus materiales, sino en la experiencia de quien la atravesaba.
La escultura dejó de ser únicamente acero.
La pintura dejó de ser solamente pintura.
La luz dejó de servir para iluminar.
El espacio dejó de ser un escenario.
Y el espectador dejó de mirar desde afuera.
Entró en la obra.
Penumbra reconstruye ese momento decisivo.
No como una lección de historia, sino como una experiencia que sigue ocurriendo cada vez que alguien recorre las salas de Proa.
La muestra marca el reencuentro entre Fundación Proa y Dia Art Foundation, una relación que comenzó en 1998 con la inolvidable exhibición de Dan Flavin y continuó con los Wall Drawings de Sol LeWitt. Aquellas exposiciones modificaron el horizonte del arte contemporáneo en Buenos Aires y consolidaron una alianza institucional que proyectó a Proa hacia la escena internacional.
Hoy, cuando la Fundación se aproxima a cumplir treinta años, ese diálogo regresa con una selección extraordinaria de obras provenientes de una de las colecciones más importantes del mundo.

La palabra penumbra suele asociarse a una disminución de la luz.
Aquí significa exactamente otra cosa.
Designa ese territorio donde las certezas visuales comienzan a desarmarse. Donde los contornos se vuelven inestables. Donde el ojo necesita tiempo para comprender aquello que tiene delante.
La penumbra no impide ver.
Obliga a mirar mejor.
Esa es la hipótesis que propone Humberto Moro.
Y toda la exposición parece construida para demostrarla.
La luz aparece primero.
Pero ya no como aquello que revela el mundo.
James Turrell la convierte en materia. La vuelve casi tangible. Sus proyecciones hacen desaparecer los límites entre superficie, profundidad y volumen hasta que el espacio parece perder consistencia.
Robert Irwin trabaja en una frecuencia semejante. Sus obras apenas suceden. Exigen una atención desacostumbrada. La percepción deja de ser inmediata para convertirse en un proceso. Mirar requiere tiempo.
Felix Gonzalez-Torres introduce una operación todavía más silenciosa. Una cortina azul translúcida instalada sobre los ventanales de Proa modifica lentamente la luz natural. Nada espectacular ocurre frente al visitante.

Y, sin embargo, todo cambia.
La arquitectura respira de otra manera.
Las horas adquieren color.
El tiempo se vuelve visible.
Luego aparece la materia.
No como representación.
Como presencia.
Las esculturas y maquetas de Richard Serra hacen sentir el peso, la gravedad y la tensión del acero antes incluso de ser comprendidas intelectualmente. El cuerpo percibe primero. La razón llega después.
Walter De Maria y John Chamberlain trabajan esa misma condición física desde otros lenguajes. El sonido, la resistencia de los materiales, la compresión, la energía contenida, la gravedad. Todo aquello que parecía secundario se convierte en el verdadero tema de la obra.
La pintura tampoco permanece igual.
Las delicadas retículas de Agnes Martin obligan a desacelerar la mirada. Lo esencial sucede casi en el límite de lo visible. Cuanto más tiempo se permanece frente a ellas, más complejas se vuelven. La contemplación deja de ser una actitud pasiva para convertirse en una práctica.
Incluso Andy Warhol aparece aquí desde un lugar inesperado.
Lejos del brillo de las celebridades y de la iconografía del consumo, su monumental serie Shadows transforma la sombra en protagonista. La repetición ya no genera reconocimiento. Produce incertidumbre. Cada montaje altera la secuencia. Cada recorrido modifica el sentido.

Finalmente, Tehching Hsieh incorpora otra dimensión decisiva.
El tiempo.
No como una medida abstracta.
Como una experiencia física.
Como desgaste.
Como permanencia.
Como algo que transforma silenciosamente todas las cosas.
Ese es, quizás, el verdadero hilo invisible que une la exposición.
La luz.
La materia.
El espacio.
El cuerpo.
La duración.
Nada aparece aislado.
Todo existe en relación con quien observa.

Allí reside la enorme actualidad de Penumbra.
Vivimos rodeados de imágenes que prometen máxima definición, transparencia absoluta e inmediatez permanente. Todo parece diseñado para ser consumido rápidamente.
Esta exposición propone exactamente lo contrario.
Detenerse.
Habitar la incertidumbre.
Aceptar que algunas experiencias necesitan tiempo para revelarse.
Que la claridad absoluta no siempre produce conocimiento.
Y que, a veces, es precisamente en esa franja imprecisa entre la luz y la sombra donde el arte despliega toda su potencia.
Porque las grandes obras no cambian lo que vemos.
Cambian la manera en que aprendemos a mirar.

Vista de sala. Foto Patricio Pidal. Gentileza Fundación Proa