Nota publicada online

jueves 16 de septiembre, 2021
Leila Tschopp en llamas
Una experiencia contemporánea
por María Carolina Baulo
Leila Tschopp en llamas

HACHE Galería de Arte Contemporáneo presenta la muestra interdisciplinaria de Leila Tschopp, curada por María Fernanda Pinta.

Artes plásticas, artes visuales, artes escénicas. Categorizaciones que en la contemporaneidad parecieran quedar sin efecto frente a las propuestas artísticas que se manejan en el marco de lo interdisciplinario. Y creo que el arte se trata de eso, de obras de arte más allá de los compartimentos estancos donde se busque encasillar las obras. En La casa de fuego / La casa en llamas, la galería Hache presenta al espectador una experiencia que cuenta con distintas capas de lectura y estímulos sensibles, brindándole la posibilidad de elegir participar de una o múltiples instancias de la muestra individual de Leila Tschopp.

Bajo la mirada curatorial de María Fernanda Pinta, quien llega a la galería se encuentra con una instalación que toma las dos salas por completo, sumergiendo la mirada en espacios integrados cromáticamente por un rojo profundo junto a cuatro pinturas sobre tela, un par de estructuras de hierro que organizan todo el recorrido y una serie de ocho textos que siguen el ritmo propio de los guiones teatrales, para dar vida a una serie de performance a las cuales se accede reservando lugar, casi como emulando la ceremonia de ir al teatro donde los actores se encargan de dar vida a esas palabras que se despliegan escritas en paneles (también integrados al rojo de las paredes) e invitan a los visitantes a imaginar el desarrollo físico de los relatos en el espacio. Como si estuviésemos leyendo un cuento, sumergidos en un habitáculo carmesí que da cobijo pero que por momentos se torna inquietante y hasta genera una respuesta física asfixiante, el adentro y el afuera se ponen en diálogo en esta obra donde si bien la instalación en sí misma es la protagonista, se hace presente una constante en la obra de Leila Tschopp que es operar creativamente en territorios híbridos, ambiguos, donde cada una de sus partes no es más que una obra per se que se ensambla con la otra para integrar un todo superador que contempla el costado psicológico y simbólico que afectan la experiencia del espectador al recorrer la instalación o presenciar las performance.

 

Dice la curadora “Leila hace de la instalación un territorio impuro en donde pinturas, esculturas, objetos y performance no ingresan incontaminados, sino que lo hacen de algún modo ya transformados en otra cosa. A diferencia de otros trabajos, aquí el teatro se introduce de forma más directa. La instalación toma cualidades escenográficas y arquitectónicas propias de la caja a la italiana. Los textos, bajo el contagio del teatro irregular de Joan Brossa, habitan ese universo onírico y extrañado del que también gustaba el artista (…)”. Focos de estímulos diversos, generan respuestas múltiples. Esto se traduce en que esta combinación entre pintura, escultura, instalación, dramaturgia, coreografía y escritura, conformen un entramado donde se despliegan distintas capas de lectura –parafraseando a Umberto Eco en Obra Abierta- haciendo que el espectador transite distintas sensaciones acorde al compromiso de su participación activa. Sin embargo, no es necesario estar presente en todas las instancias propuestas por La casa de fuego / La casa en llamas: el espectador puede omitir las performance y acercarse a los textos y al plano imaginario que esas palabras despiertan en él o desplazarse entre esculturas y pinturas que generan, literalmente, dibujos espaciales gracias a la predominante fuerza de la línea, en contraste con los colores vibrantes de las líneas pintadas sobre esa base roja que todo lo invade. Es interesante acercarse a este trabajo priorizando el lenguaje multidisciplinario que lo caracteriza porque eso condiciona la formación de sentido y estimula nuevas interpretaciones. Entonces esa sensación tibia y acogedora del color de las salas puede convertirse en un fuego amenazante, los textos que nos organizan el recorrido y nos invitan a construir un relato quizás cercano al pretendido por la artista, también pueden empujarnos a asociaciones nuevas impensadas hasta para ella misma, el recorrido sugerido puede invertirse, las rejas insinuadas que nos enfrentan a un posible encierro, también están abiertas hacia la libertad y el tiempo se deconstruye tal como lo conocemos y se adapta al ritmo del espectador para reconstruirlo a partir de su mirada.

María Fernanda Pinta cierra su texto de sala diciendo: “Recorrer el espacio, habitar las imágenes, escuchar el sonido de las palabras en la propia lectura en silencio, dejar que coreografías y gestos –propios y ajenos– ritmen la experiencia de múltiples tiempos. Un teatro, una casa, un fuego”. Y me quedo con esta reflexión que se hermana con mis palabras iniciales, porque es en ese adentrarse a experiencias sensibles que atacan múltiples frentes sacando al espectador de los espacios comunes y proponiendo acercamientos a las obras desde perspectivas variadas y variables, móviles, dinámicas y por sobre todo, que impacten en el pensamiento crítico y la formación de sentido, creo que es allí donde la experiencia estética se vuelve enriquecedora, al interpelar y demandar una participación activa tanto física como mental, de aquel que se enfrenta a una pieza de arte.