Nota publicada online

miércoles 18 de marzo, 2026
Josefina Madariaga en el Centro Cultural Rojas
Cuentos de candor, alucinación y muerte
por Alejandro Zuy
Josefina Madariaga en el Centro Cultural Rojas

Josefina Madariaga inauguró en el Centro Cultural Rojas La niña carbonilla con curaduría de Rodrigo Alonso. La exposición, que se podrá ver hasta fines de abril, congrega una serie de obras realizadas en carbonilla y cerámica que conforman un catálogo visual atravesado por figuras que conviven con lo legendario, lo onírico y lo perturbador.

Josefina Madariaga nació en la localidad de Mercedes, provincia de Corrientes. Es licenciada en Artes visuales (UNA) y en los años recientes ha participado tanto en exposiciones individuales como en colectivas. Su todavía joven pero caudaloso imaginario ahora ha arribado al centro porteño con notable ímpetu; una colección de imágenes que asume con atrevimiento las tribulaciones inherentes al espacio físico de origen y que al tiempo parecen fundirse con otros nutrientes en los que es posible detectar huellas literarias, esquirlas de pesadillas aún próximas y las exigencias discretas de lo ominoso.
Ámbitos y criaturas. Frente al factor espacial, Josefina Madariaga opta en sus piezas por una visionaria geografía de llanuras delimitadas por nebulosos horizontes, palmares umbríos, pastizales menesterosos, lagunas cuyos contornos fluctúan en derredor de todo lo vivo y también, en forma más íntima, casas con aleros que esperan a sus habitantes o vacíos que enmarcan secretas connivencias. Es decir, reseña un espacio cargado de remembranzas y figuraciones adquiridas a lo largo de su vida con la fuerza única que ella detenta y se sabe capaz de aplicar: la fuerza que se concentra en su pericia técnica para plasmar a través del dibujo todo ello en las telas. 

Frente a lo vital ensoñado -ese otro reino mucho más sutil y decisivo-, la artista ofrece toda una serie de seres taciturnos, por momentos desolados, de talante retraído o hasta de naturaleza híbrida con alcance monstruoso o incluso espectral. En lo que respecta a la animalidad su presencia resulta indispensable y bordea lo arquetípico. Su complementariedad examina lo doméstico y lo agreste.
En el interior de la extensa sala del Centro Cultural Rojas se pueden distinguir obras donde prevalecen, en las figuras protagonistas, distintas graduaciones de grises y negros con fondos a veces de un rutilante blanco y otros con características más turbias. Entre el blanco original del soporte y el negro de la carbonilla se establece una prueba de distancias, aproximaciones y silencios. Por otra parte, aparecen una serie de acuarelas de pequeño formato donde el color se hace presente de modo austero en escenas mínimas. A estas obras bidimensionales se adicionan otras tridimensionales que trasladan las inquietudes tan marcadas de las primeras a otro nivel de cercanía con el público; un nivel quizá más desestabilizador, más epidérmico, que amplifica con creces el área expresiva de la exhibición.
La Pora es una presencia espiritual que forma parte de las creencias de origen guaraní. Se dice que puede habitar en personas, animales o elementos de la naturaleza; anima lo visible y lo invisible. Sería una presencia incorpórea que se mueve entre los caminos, el monte y los espejos de agua. Su aparición suele entenderse como una advertencia que señala los límites de lo permitido. A ella está dedicada la obra de mayor magnitud y que ocupa un lugar central dentro de la exposición. Un búho con sus alas desplegadas, una cabeza humana y la de un corcel blanco atraen la atención en una primera instancia. No obstante, otras acciones se suceden en su entorno: una niña con el rostro cubierto por su melena extiende sus manos y sus dedos parecen ramificarse hasta atravesar la superficie de una laguna, unos troncos curvos refuerzan el ritmo general y el cierre dramático parece darlo un perro negro que se lanza sobre el caballo.

La Pora. Obra de Josefina Madariaga

A su derecha el tratamiento formal se mantiene pero las referencias cambian de eje. En Criaturas en un palmar (2021) Madariaga trae al litoral, a modo de cita, la serie de retratos de las hermanas Terry fotografiadas por el escritor Lewis Carroll, autor de Alicia en el país de las maravillas. En cambio, a la izquierda de La Pora (2026), el recuerdo de las imágenes de la pandemia de la Covid queda evidenciada por las máscaras de gas que portan las niñas de El funeral (2021). La escena, que adopta un punto de vista que privilegia las diagonales, oscila entre cierta inocencia y una silenciosa compostura; hace recordar a la Ofelia (1852) del prerrafaelista John Everett Millais, en la cual la naturaleza también tiene un rol prevalente. Lo mortuorio se hace notar sin reparos en una tela como Máscara azul (2021) que ocupa un lugar destacado dentro de la muestra. La artista insiste con el uso de una gran diagonal para la composición de La niña árbol (2020) donde dos niñas asisten a una tercera reconocible sólo por un vestido blanco ya que no posee cabeza pero sí miembros que se extienden como ramas. En La Laguna (2023) el primer plano lo ocupa la cabeza de una niña semisumergida con los ojos cerrados. Un segundo plano presenta a una cabeza de toro en el que se intuyen rasgos antropomórficos y hacia su costado opuesto, más al fondo, una silueta infantil se funde en la oscuridad. La destreza técnica de Madariaga se sintetiza en esta obra. La cercanía con ella permite detectar diferentes densidades y tramas de carbonilla. Lo mismo ocurre con la gestualidad; más intensa en los trazos que conforman los contornos de las figuras y en las zonas más tenebrosas y más suelta en los detalles accesorios. 

Otras piezas, igualmente retratan a infantes; solitarias en algunos casos, acompañadas por seres fantásticos en otras. Algo similar ocurre con las acuarelas. En ellas, las acciones se han reducido a una mínima expresión; estampas de lo visto anteriormente liberadas de contexto.

Las cerámicas se dividen en dos grupos. Por un lado están las que representan cuerpos de niñas y por otro se hallan una serie de cabezas. En las primeras las protagonistas se muestran erguidas, inmutables, aunque lo siniestro se presentifica en ellas como es el caso de La ciega ilusión cotidiana (2026). En las segundas, las variaciones de un mismo rostro se han tratado mediante la apelación al color. En cambio, otra, aislada de este grupo -una suerte de demonio- se vincula más a las criaturas presentes en las carbonillas.

En estas narraciones de candor, alucinación y muerte, la joven artista correntina escenifica la contracara de diversas violencias. En primer lugar la de la progresión civilizatoria; rumbo uniforme al que generaciones abonaron durante décadas con obstinada ceguera. En esta contracara se percibe la insistencia de lo desplazado y superviviente. Su fortaleza, condición de atractivo y belleza, se apuntala en lo femenino, lo infantil, lo salvaje y en los mitos nativos transformados por el sincretismo. 

Centro Cultural Ricardo Rojas

Av. Corrientes 2040, CABA.

Hasta el 23 de abril

Lunes a sábados de 10 a 20 hs