Nota publicada online
El Museo Nacional de Bellas Artes presenta una exposición que ilustra, a través de una selección de esculturas, grabados, objetos y documentos históricos pertenecientes al patrimonio del Museo y de otras instituciones, los vínculos personales, los intercambios y las influencias entre artistas de Argentina y España. La curaduría fue realizada por las investigadoras María Florencia Galesio, Patricia V. Corsani y Paola Melgarejo.
Itinerarios artísticos entre la Argentina y España (1880-1930), forma parte de un proyecto de intercambio entre especialistas de España y Latinoamérica, impulsado por el Departamento de Bellas Artes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada, en Andalucía. A partir de esta iniciativa, sus tres curadoras han realizado la reconstrucción de los viajes de formación al país europeo de los artistas argentinos que forman parte de la colección del Museo al tiempo que indagaron acerca de la visita de pintores españoles a la Argentina, adonde desembarcaron en busca de motivos inspiradores o para participar en exposiciones.
El arco temporal que cubre esta muestra tiene, como punto de inicio, el contexto de la Argentina marcada por la denominada Generación del 80´ que impulsó el sistema agroexportador, el fomento de la inmigración europea y un modelo de modernización del país en el cual se inscribe la fundación en 1895, del Museo Nacional de Bellas Artes, de la mano de Eduardo Schiaffino (1858-1935). Fue precisamente, durante su gestión, que el museo incorporó obras de artistas españoles de la talla de Joaquín Sorolla (1863-1923), Santiago Rusiñol (1861-1931) y Eliseo Meifrén y Roig (1859 -1940), entre otros; gracias a adquisiciones y legados de coleccionistas como Parmenio Piñero y Ángel Roverano. Por otra lado, a pesar de algunos resquemores que aún persistían hacia el país ibérico debido a su antiguo dominio colonial, existieron artistas argentinos que, dejando la posibilidad de formarse en lugares como Francia o Italia, priorizados por un gran número de los pintores o escultores de esos años, se inclinaron por Madrid u otras importantes ciudades españolas para perfeccionarse. Son precisamente las variaciones de esta dinámica, las que ilustran los núcleos expositivos. En ellas, además, queda enmarcada la repercusión que tuvieron en Buenos Aires las obras de pintores como Ignacio Zuloaga (1870-1945) y Hermenegildo Anglada Camarasa (1872-1959), quienes obtuvieron los máximos premios en la Exposición Internacional de Arte del Centenario (1910), y tuvieron una excelente acogida por parte de la crítica y el público.
Al comienzo de la exposición se pueden ver los primeros episodios de este fenómeno. Allí se aprecian piezas de Joaquin Sorolla como Lobo de mar (1894), un retrato de un marinero realizado en acuarela; una escena paródica de una devoción católica como El Rosario de la aurora (ca. 1878), del sevillano José García y Ramos (1852-1912), una severa y misteriosa Gitana con pandereta (s/f), que inquiere con su mirada a los espectadores o el Retrato de la señora de Schiaffino, (1909), busto realizado en mármol por Miguel Blay y Fábrega (1866-1936), que da cuenta del vínculo que mantuvo el fundador del museo con los artistas españoles.
A continuación, lo que se manifiesta son los lugares, personajes típicos y costumbres hispánicas que atrajeron el interés de los artistas argentinos que iniciaban su trayecto formativo. Calles de pueblos, patios, rostros, oficios, sitios emblemáticos como la Alhambra y la coloratura de las luces que delatan otras geografías, resultaron para ellos objetos privilegiados de estudio. Asimismo, el tránsito por los pasillos y salas del Museo del Prado en Madrid, les resultó un paso insoslayable donde pudieron dedicar largas jornadas al análisis detallado de obras maestras y pintores esenciales de la historia del arte occidental como Diego Velázquez, Francisco de Goya y Lucientes, Bartolomé Murillo, Francisco de Zurbarán, El Greco o Pedro Pablo Rubens. No obstante, la dedicación de ellos no se reducía al pasado, sino que de igual manera pudieron sacar provecho de figuras próximas como Eliseo Meifrén, Mariano Fortuny (1838-1874), Eduardo Chicharro (1873-1949), Santiago Rusiñol y los ya mencionados Sorolla y Zuloaga. Algunos de ellos dictaban clases en sus talleres o guiaban a estos jóvenes interesados acerca de los motivos a los cuales debían prestar especial atención.
En el ingreso a la sala que aborda esta circunstancia deslumbra La pescadora (s/f), pintura del artista gallego Fernando Álvarez de Sotomayor y Zaragoza (1875-1960). En ella, la silueta de una joven con el cabello suelto y con una mirada lánguida que parece atravesar el espacio y el tiempo, sostiene en sus antebrazos una pieza fruto de su oficio. Tras ella, apenas se divisan una arquitectura que insinúa una perspectiva que acompaña la diagonal de sus manos y el marco del cielo y de un mar tan calmo como su mirada. Alli le acompañan otros personajes femeninos, en algunos casos de artistas de Argentina como La lechera (1894), del cordobés José María Ortiz (1862-1932), donde se destaca su vestimenta típica y La chica de la cesta (1911), del rosarino Augusto Olivé (1885-1912). Contigua a éstas sobresale Gitana (1908), un óleo del madrileño Eduardo Chicharro y Agüera donde el rostro apenas vuelto hacia adelante de una adolescente ocupa de modo frontal el centro del cuadro y subyuga a quien lo contemple.
Cerca de estos retratos se desenvuelven otras imágenes donde el protagonismo lo poseen los paisajes. Puede tratarse de sitios relacionados con las vistas domésticas, marinas o los poblados. En el primer caso se suceden ejemplos como Los naranjos (s/f), de Eliseo Meifrén y Roig, tema tomado por el argentino José Antonio Merediz (1880-1967), para su Patio de los naranjos (1921) y los jardines del Camino de rosas (s/f), del catalán Santiago Rusiñol. Su contraparte tiene el manejo magistral de la luz y el color de las costas mediterráneas de Joaquín Sorolla con los óleos La vuelta de la pesca (1898) y En la costa de Valencia (1898) y la calma imperturbable de un pueblo pesquero de Quietud [Silencio], (ca. 1900), de Eliseo Meifrén y Roig. Calle de Toledo (s/f), de Léonie Matthis (1883-1952) y Calle de Vigo (s/f) de Severo Rodríguez Etchart (1865-1903), rincones de precaria urbanidad, pero reflejos de condiciones de vida, completan este tipo de registros. El sector se cierra con dos obras que tratan la religiosidad como Viejo orando (s/f), del catamarqueño Emilio Caraffa (1862-1939) y Crucifijo, de otro argentino: Alberto Lagos (1885-1960).
La sala central de la exhibición irradia la influencia de dos pintores españoles que residieron en Paris, en la colina de Montmartre: Ignacio Zuloaga y Hermenegildo Anglada Camarasa. Ambos tuvieron contacto con pintores provenientes de Argentina que se convirtieron en sus discípulos. El primero solía trasladarse a Segovia, entrado el otoño, donde se dedicaba a representar a bailarinas, gitanas, toreros y personajes populares en general; pinturas que tenían éxito luego en la capital gala. Dos piezas de Zuloaga resultan relevantes aquí: Gitanilla (s/f) y Las brujas de San Millán (1907). En la primera, los colores terrosos, el rojo y las sombras crean un clima arrebatador mientras que en la segunda el rostro femenino que se encuentra estratégicamente situado en el centro de una composición que tiene algo de tenebrista y delata un trasfondo trágico, parece examinar con sus ojos inquietos a quienes se enfrenten al cuadro. El óleo obtuvo reconocimiento en distintas capitales del mundo y resultó ganador del Premio de Honor de la Exposición Internacional de Arte del Centenario (1910). Escolta, muy adecuadamente, dadas ciertas coincidencias, a esta obra, una pintura de grandes dimensiones del argentino Jorge Bermúdez (1883-1926): Gente de Castilla (ca. 1912), en la que hombres y mujeres de pueblo se recortan en primer plano por sobre el árido paisaje castellano. Frente a este conjunto, contrastan dos óleos del cordobés Francisco Vidal (1897-1980), que se distinguen por el uso de una paleta fría en la que prevalecen los azules: Mujeres de Segovia (1924) y La mujer del cántaro (1924). Como resultado de la influencia de Zuloaga, algunos pintores al regresar al país persiguieron motivos similares en Salta, Catamarca y Jujuy. Son los casos de Jorge Bermúdez con Viajera del norte (s/f) y de José Antonio Terry (1878 -1954), con Al bajar del cerro (1925), respectivamente.
Por otra parte, Hermenegildo Anglada Camarasa, además de dar clases a argentinos en París, estimuló a algunos de ellos a conocer Pollensa en Mallorca. Al iniciarse la I Guerra Mundial la isla pasó a ser lugar de residencia y de práctica para el maestro y sus discípulos. Retrato de María Teresa Ayerza de González Garaño (1928), de Anglada Camarasa, perteneciente al acervo del Museo Nacional de Bellas Artes que exhibe una impronta modernista y un tratamiento ornamental de los fondos y de las vestimentas de una fiel representante de la alta burguesía argentina, sirve como carta de presentación. El otro punto de innegable interés de este autor lo constituye sin dudas La Chula (1913), con su mantón de vibrantes colores. Entre ambas se emparentan obras de argentinos tales como Paños, flores y frutos (1914), de Cesáreo Bernaldo de Quirós (1879-1968) y en particular Laca china (1918), de Gregorio López Naguil (1894-1953).
La belleza de los paisajes de la isla de Mallorca se sucede en una serie significativa de pinturas creadas por otros artistas de nuestro país: Cala de San Vicente (1924), de Roberto Ramauge (1892-1973), Marina (s/f), de Ernesto Riccio (1887-1954), Puerto de Pollensa (s/f), de Tito Cittadini, (1886-1960), Paisaje de Mallorca (ca. 1912-1914), de Atilio Boveri (1885-1949), La gruta azul (s/f), de Octavio Pinto (1890-1941) y Estudio (s/f), de Gregorio López Naguil. Por su elaborada técnica y por haber recibido el primer premio del Salón Nacional de Artes Plásticas de 1926 resulta de singular valor Casa payesa (1925), del entrerriano Francisco Bernareggi (1878-1959). En la obra se puede observar la fachada de una residencia típica de la región tratada de tal manera que su textura parece, como señaló en su oportunidad el crítico José León Pagano, un bordado.
Durante la década de 1920, otra generación de artistas, que comenzaba a renovar su lenguaje visual, gracias al conocimiento de las vanguardias europeas, trataron temas españoles. Entre ellos se destaca, ya hacia el final del recorrido, Antonio Berni (1905-1981), con Toledo (s/f); una vista panorámica de la antigua ciudad de Castilla-La Mancha que fuera hogar de El Greco y El torero azul (1928), donde es posible identificar mejor su estilo. También están presentes Norah Borges (1901-1998), mediante dos xilografías: Músicos españoles (1920) y Los jardines de Granada, (1919), y otro rosarino, en este caso, Alfredo Guido (1892-1967), del cual se exhibe el pequeño retrato La Promesante (s/f).
La exposición concluye con una sección dedicada a la participación del país en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, donde la Argentina presentó un pabellón diseñado por el arquitecto Martín Noel (1888-1963), quien por este trabajo fue galardonado allí con el Primer Premio de Arquitectura. El programa iconográfico remitió a tradiciones hispanas y andinas, representación de costumbres e imágenes del progreso industrial alcanzado por el país por aquella década. El pabellón alojó murales de Alfredo Guido, Alfredo Gramajo Gutierrez y Rodolfo Franco. Los dos primeros obtuvieron por ellos el Gran Premio de Honor mientras que Franco recibió la Gran Medalla de Oro. Detalles de este acontecimiento pueden conocerse gracias a la proyección de un video descriptivo y valiosa documentación exhibida.
Museo Nacional de Bellas Artes
Av. del Libertador 1473, Buenos Aires
Hasta el 2 de agosto