Nota publicada online
Isidoro Valcárcel Medina presenta El transcurrir en el Centro Cultural Recoleta. Con curaduría de Ferran Barenblit, la exposición recupera una experiencia concebida hace cincuenta años y convierte el paso del tiempo en materia artística. Una invitación a detenerse. A recordar. A volver a sentir.
El tiempo transcurre.
Es tan concreto y, a la vez, tan inevitable como el paso de la noche al día. No podemos detenerlo. Apenas percibirlo. Tal vez, señalarlo.
Con su barba blanca, su voz pausada y sus ojos pícaros, Isidoro Valcárcel Medina aparece en una pantalla. Él está en Madrid, España. Nosotros, un pequeño grupo de gestores y periodistas, en una sala especialmente preparada en el Centro Cultural Recoleta, en Buenos Aires.
La distancia existe. Pero su presencia la desarma.
Habla lentamente. Como si cada palabra necesitara encontrar su propio tiempo.
“El verdadero arte no se encuentra en las galerías, se encuentra en la calle, en el recuerdo vivo, más bien en las vivencias”, afirma.
Quizás allí se encuentre la clave de toda su obra.
En julio de 1976, pocos meses después del golpe de Estado que dio inicio a la última dictadura cívico-militar argentina, Valcárcel Medina llegó a Buenos Aires invitado por Jorge Glusberg. En el Centro de Arte y Comunicación —el mítico CAYC— presentó Prácticas personales de actuación artística, desde Madrid a Buenos Aires, una experiencia integrada por dos acciones que cuestionaban la relación entre la realidad y su representación. La exposición formaba parte de un recorrido que también lo llevó por Asunción, Montevideo y San Pablo.
En el subsuelo del CAYC, el artista “hablaba de arte” frente a un circuito cerrado de televisión. En otro piso, el público podía verlo gesticular, pero no escuchaba una sola palabra. La comunicación estaba allí y, al mismo tiempo, había sido interrumpida. La imagen prometía una presencia que el silencio volvía inaccesible.
El contexto político atravesó inevitablemente la experiencia. Valcárcel Medina recuerda que un guardia le preguntó qué haría allí.
—¿Sobre qué va a hablar usted?
—Sobre arte.
“Como arte es una palabra muy digna, me dejó entrar”, cuenta con ironía. El hombre ingresó también, seguramente para comprobar que, en efecto, hablara de arte. “Lo bueno estaba en torear estas cosas”.
La obra no fue una exposición convencional. Fue una situación. Un acontecimiento construido con cuerpos, imágenes, vigilancia, distancia y silencio. Un gesto sutil frente a un tiempo dominado por el control.
Cincuenta años después, aquella intervención permanece viva en los documentos y materiales que ahora vuelven a exhibirse. “Demuestra mi ansia de comportamiento”, dice el artista. También justifica que, medio siglo más tarde, podamos regresar a ella.
Pero ¿puede una obra regresar?
¿O somos nosotros quienes volvemos a ella, atravesados por todo lo vivido?
Nacido en Murcia en 1937, Valcárcel Medina es una figura fundamental del arte conceptual español. Desde los años sesenta trabaja con el lenguaje, la acción y una rigurosa economía de medios. No necesita producir grandes objetos. Le alcanza con una idea, un recorrido, una conversación o una pregunta.
Su obra desplaza la atención del objeto hacia la experiencia. Del resultado hacia el proceso. De aquello que se contempla a aquello que sucede.
El arte, para él, no ocupa un lugar separado de la vida.
La atraviesa.
El transcurrir está integrada por cincuenta y un paneles: una hoja inicial y otras cincuenta, numeradas, una por cada año transcurrido desde aquella exposición hasta la actualidad.
Un año. Un panel.
El tiempo deja de ser una abstracción y adquiere cuerpo. Se vuelve medida, memoria y materia. Cada panel funciona como una unidad temporal, pero también como una toma de posición frente al arte, el lenguaje y la transformación de las ideas.
El pasado no aparece como algo clausurado. Permanece activo. Interroga al presente.
La exposición incluye también 2.000 D. DE J.C., un libro en dos volúmenes; Los motores, de 1973; la pieza sonora Cinta casete, partitura y registro sonoro; la serie fotográfica Relojes; Viaje a las capitales desconocidas, de 1992, y Nuestra Era, junto con materiales pertenecientes al archivo del artista que nunca habían sido exhibidos.
Son obras que hablan de viajes, distancias, sonidos, medidas y recuerdos. Formas distintas de intentar comprender aquello que se mueve mientras creemos permanecer quietos.
La curaduría de Ferran Barenblit acompaña esa deriva sin imponerle una dirección única. Exdirector del MACBA de Barcelona y recientemente designado curador jefe de la 16.ª Bienal de Shanghái, Barenblit construye una exposición que no busca explicar el tiempo, sino permitirnos experimentarlo.
En una época de cerebros inflamados por la velocidad, la sobreinformación y la urgencia, El transcurrir funciona como un antídoto.
Calmo. Suave. Necesario.
Es como mirar el agua abrirse paso entre las rocas. Un movimiento armonioso y continuo. Por momentos, apenas perceptible. Por momentos, atravesado por destellos que despiertan el pensamiento.
Valcárcel Medina nos recuerda que seguimos siendo humanos. Que podemos detenernos. Escuchar. Recordar. Sentir.
Y que percibir el paso del tiempo también puede ser arte.
Arte del bueno.