Nota publicada online
La Galería Francisco Traba homenajea, a 75 años de su fallecimiento, al pintor boquense Fortunato Lacámera con una exquisita selección de obras. Junto a ellas se exhiben objetos personales, material de archivo e implementos de trabajo, muchos de ellos protagonistas de sus pinturas, y un libro con textos a cargo de Rafael Cippolini.
El tiempo es una magnitud compleja de establecer o medir en algunas exposiciones. En particular, en aquellas que procuran recordar la obra de un autor eminente. Ocurre en estos casos, que las imágenes que transcurren sujetas a la mirada del observador son capaces de abrir dimensiones que se rigen bajo otras categorías: abren mundos distantes, no por ello irreconocibles, con los cuales el artista se encontraba involucrado; mundos con sus propias texturas, acentos, tintes e incluso emociones. Es así que se torna viva, en esta clase de experiencias, la distancia entre Cronos y Kairos, entre el tiempo que es pura duración y el tiempo cualitativo. Mientras que el primero queda desplazado en la calle, en un afuera; el segundo, es de una intensidad pura: el de la consustanciación de un cuerpo, en estas situaciones, el de quien asiste a esas escenas, con esos -otros- mundos. Tomar contacto con este conjunto de obras de Fortunato Lacámera es un ejemplo de este fenómeno.
La trama con la cual se urden los homenajes, de modo emparentado, se guía por otra temporalidad. Para esta ocasión en especial, se podría establecer su origen allá a comienzos de la década del 70, cuando Francisco Traba, un coleccionista interesado en los pintores de La Boca, estableció contacto con Ariel Lacámera, el hijo del pintor, a quien le adquiriría obra heredada. El vínculo, con los años, trascendería lo comercial para convertirse en una amistad que alcanzó a los hijos del coleccionista: Viviana y Gabriel Traba, quienes han organizado la presente muestra.
Una imagen se destaca por su ubicación central en la sala de la galería y por la interlocución que se establece entre ella y otras ambientadas en el mismo sitio por Fortunato Lacámera. Se trata de la pintura Mi estudio, que además se encuentra en la portada del libro recientemente publicado que complementa la exposición. Ella guarda el mismo punto de vista que Desde mi estudio (ca. 1938), que el público puede contemplar de modo usual en el Museo Nacional de Bellas Artes, pero posee un detalle esencial que establece una diferencia relevante entre ambas: una cortina sin pliegues extendida sobre la ventana que da al pequeño balcón del estudio del artista obtura la vista de los mástiles de las barcazas ancladas en el Riachuelo y de las difuminadas chimeneas fabriles que se erigen más a lo lejos. Si en la segunda la luz ingresa al ambiente inundándolo de un generoso y diáfano halo que ejerce una atracción que invita a salir de él, en su contraparte, el acceso al paisaje externo se halla reducido y apenas mediado por los reflejos en los cristales de una de las puertas que preceden al balcón. En cuanto a la luz, ésta se proyecta uniforme en el piso casi replicando la fisonomía del rígido cortinado. La tensión entre lo exterior y lo interior no se detiene allí, una tercera obra la complejiza, la carga de otra superficie de ambigüedad. En Estudio, el velo que trafica la visibilidad lo establecen las celosías cerradas que permiten descifrar algo de lo que sucede más allá a través de su entramado, pese a que ese mismo elemento fragmenta y confunde las materialidades.
Otra pintura expuesta describe el mismo entorno, pero puntualiza de él otras aristas. Interior estudio, al contrario de las anteriores, desplaza el eje de observación y examina el ambiente con una estructura tripartita. En primer lugar, hacia la izquierda, se observa por entre los cristales de las puertas detalles de la ribera. A continuación. sobre una superficie equivalente situada a la derecha, se ven las formas romboidales de los reflejos de la luz solar proyectados sobre una pared, arriba de éstos, una máscara y por debajo una humilde banqueta. Por último, en la parte inferior se muestra un piso despojado apenas interrumpido por un breve sucedáneo de esas proyecciones lumínicas.
En la administración de los espacios por parte del pintor boquense, de manera similar a lo expresado líneas arriba, se replica la alteración temporal. El pulso de lo que ocurre en la intimidad de su ámbito de trabajo parece no estar ensamblado con precisión con el que impera en la vida corriente. Quizá haya que conjeturar, a partir de ello, algo así como un "efecto Lacámera"; impresión que permite pensar en la excepcional fascinación que han ejercido y aún ejercen sus pinturas.
Ahora bien, ¿de qué se compone ese mundo privado de Fortunato Lacámera? Presumiblemente, nada más que de objetos cotidianos, silencio y de lo que la asociación de ellos genera. Cuenta Viviana Traba que Ariel Lacámera, al referirse a su padre, lo definía como un hombre de pocas palabras. Ese atributo se constata en el laconismo que predomina en los cuadros -y en los títulos- que retratan sus enseres como una cualidad fehaciente, específica, casi tangible. En Naturaleza muerta en contraluz, casi en el borde de una pequeña mesa, se arrinconan tres peras maduras y dos galletas marineras. La frugalidad es evidente. Reincide en Merienda, donde una mesa dispuesta en forma oblicua exhibe un par de hojas de periódico en cuyo interior se habían envuelto una hogaza de pan y otras galletas. En ambas, aquello que rodea a los alimentos es secundario, atmosférico. Acontece algo análogo en las composiciones de Malvón, Espina de Cristo y Flores, donde lo transitorio de la naturaleza, se subraya en esta última, en el sutil detalle de un pétalo caído. Las referencias a lo efímero de la existencia tienen en un memento mori su capítulo más explícito. Aquí la típica calavera se ve acompañada solo por varias pipas, un cenicero y unos cuadernos apilados. Una variación se registra en Mis elementos y en otra versión de Estudio que se concentran en lo referente al oficio. Uno y otros están poblados de instrumentos de trabajo: pequeños floreros, frascos y formas geométricas. En suma, Lacámera tuvo la maestría, y he aquí la gran virtud, de conferirles a todos estos objetos triviales un momento de gracia. Gran parte de ellos, junto a un valioso archivo, se conservan en la galería y se encuentran ahora exhibidos. Atestiguan una ausencia que vuelve a hacerse presente gracias a que están investidos de valor simbólico, de significado y de emotividad.
Claro está que el contorno que se vincula a esa área personal del pintor no es una geografía inocua. El barrio de La Boca, ha sido un enclave de la ciudad de Buenos Aires con aspectos identitarios y estéticos bien arraigados y con una historia que incluye a muchos de sus colegas que, afincados allí entre los últimos años del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, registraron en sus cuadros, cada uno con su impronta, las condiciones de vida portuarias, a sus trabajadores, a sus esquinas y a sus rincones emblemáticos. Alfredo Lazzari, Benito Quinquela Martin, Eugenio Daneri, Miguel Diomede, Víctor Cúnsolo y Miguel Carlos Victorica fueron algunos de ellos. Sin llegar a conformar una “escuela” en sentido estricto los denominados “artistas de La Boca”, tuvieron un papel activo en el proceso de modernización de las artes plásticas de nuestro país.
Lacámera igualmente atendió a los aconteceres y escenarios del barrio, aunque con un cierto distanciamiento. Esto se puede constatar en varias de las piezas que se hallan expuestas. Entre ellas se pueden mencionar dos marinas en las cuales las embarcaciones yacen impasibles, ancladas a orillas del río sin que se observen personas en su interior o en sus alrededores que testifiquen las labores cotidianas. Son imágenes en las que todo aparenta estar detenido. No hay dinamismo excepto por mínimas señales como ser una leve estela de humo que sale de una chimenea o la insinuación del fluir del agua que apenas mece las barcas. En cambio, en Desembarcadero, sí hay presencia humana aun cuando los personajes se encuentren dando la espalda y cubiertos por paraguas. En otra marina, el pintor da la impresión de haberse animado a dar un paso más, ya que a pesar de que sus protagonistas se reduzcan a siluetas, éstos combinan cierta expectación con el desempeño de alguna tarea o la insinuación de diálogos aislados. La excepción a la regla parece ser una obra temprana -no fechada- como Plazoleta de los suspiros. Lejana de los tonos terrosos que han caracterizado a la trayectoria del artista, aquí se perciben ecos impresionistas que le otorgan una particular intensidad a la escena que integra, además, a una variedad de transeuntes que le imprimen a la imagen una vivacidad ausente en las pinturas anteriores.
El edificio ubicado en la calle Magallanes 899 que albergaba al estudio de Lacámera ya no existe, fue demolido años atrás. No obstante, por fuera de lo empírico concreto, las vías de acceso a ese lugar encantado, a lo que desde allí se adivinaba del entonces barrio de La Boca, aún encuentran oportunidades de habilitarse gracias al poder de ensoñación que son idóneas de ofrecer en este siglo sus pinturas. Que se muestren acompañadas por todas aquellas pequeñas reliquias que formaron parte de ellas le concede a este merecido y oportuno homenaje un episodio de gratificación extra.
Galería Francisco Traba
Marcelo T de Alvear 819 CABA
Lunes a jueves de 12 a 18hs
Hasta el 27 de agosto