Nota publicada online

miércoles 22 de abril, 2026
Emilio Renart y Ginevra Landini
Tan sólo una línea en Del Infinito
Costa Peuser, Marcela
por Marcela Costa Peuser
Emilio Renart y Ginevra Landini

Curada por Javier Villa, la exposición reúne las obras de Ginevra Landini y Emilio Renart, dos artistas que exploran la abstracción como un territorio donde cuerpo, mente y cosmos se entrelazan. La muestra surge de una rigurosa investigación sobre la obra de Renart y se despliega a través de una cuidada puesta museográfica, sello distintivo de la galería.

Vista de sala

Hay una línea —delgada, persistente, casi inevitable— que enlaza la obra de Emilio Renart (1925–1991) con la de Ginevra Landini (1996). No es sólo una línea formal, ni una simple coincidencia estética: es también una línea de tiempo que, aun separándolos biográficamente, los reúne en una misma pulsión por pensar el mundo desde la abstracción como experiencia sensible. En la muestra de Galería Del Infinito, curada por Javier Villa e impulsada por Julián Mizrahi, esa línea se vuelve visible como un trazo expandido que conecta mente, cuerpo y cosmos. Ambos artistas parecen avanzar sobre una misma ruta —inestable, sin suelo— en busca de una semiótica propia, donde la forma no representa sino que revela. En ese gesto, la línea deja de ser un límite para transformarse en un umbral: un pasaje hacia aquello que, aun siendo inasible, nos constituye.

El recorrido por la muestra intensifica esa experiencia. En una sala despojada, las líneas suspendidas -dibujadas en ficelina- abren y cierran el espacio con la presencia de Renart, mientras que en el centro emergen las obras de Landini, acompañadas por una escultura que, a diferencia de las demás, toca el suelo como anclaje momentáneo en un sistema que tiende a la flotación. Las piezas se presentan como una escritura viva: grafemas que remiten tanto a células y bulbos pilosos como a redes neuronales, huevos, filamentos o constelaciones. En Renart, la línea se despliega como una investigación sostenida sobre la conciencia, expandiendo lo celular hacia lo social y lo cósmico. En Landini, en cambio, el material adquiere un protagonismo singular: pigmentos, polvo de mica y superficies oscuras sobre tela construyen fondos donde el dibujo irrumpe como cartografía sensible. En una pequeña sala, sus pinturas —de escala casi corporal— invitan a una inmersión donde lo psíquico, lo orgánico y lo mineral se entrelazan. En ambos casos, las formas no se cierran: operan como sistemas abiertos que conectan escalas, desdibujan fronteras y proponen una experiencia en la que lo íntimo se vuelve, inevitablemente, colectivo.

Al salir, queda la sensación de haber atravesado no una muestra, sino un campo de resonancias. Emilio Renart y Ginerva Landini, desde tiempos distintos, parecen hablar un mismo idioma: uno que no busca fijar sentido sino activarlo, que no traduce la experiencia sino que la pone en movimiento. En ese diálogo silencioso, la línea persiste —como memoria, como energía, como pregunta— recordándonos que quizá lo más profundo no está en lo que vemos, sino en aquello que, sin forma definitiva, insiste en conectarnos.

Gini Landini y Javier Villa