Nota publicada online
MALBA presenta una de las exposiciones más importantes dedicadas a Dan Flavin en América Latina. Organizada junto a Dia Art Foundation —la institución que resguarda el conjunto más importante de su producción—, la muestra reúne obras fundamentales realizadas entre las décadas de 1960 y 1970 que redefinieron el minimalismo y transformaron para siempre la relación entre luz, espacio y percepción. Curada por Jessica Morgan, directora de Dia Art Foundation, junto a Min Sun Jeon, la exhibición fue concebida especialmente para las salas del MALBA con una selección exclusiva de obras de la colección de Dia.
No es una exposición itinerante.
Es una muestra pensada para este espacio.
Las obras dialogan entre sí de una manera inédita.
Muchas nunca habían convivido bajo esta configuración.
Ese dato cambia la lectura.
No se trata solamente de contemplar piezas de Dan Flavin.
Se trata de experimentar una arquitectura construida con luz.
Durante el recorrido para la prensa, Humberto Moro, director de Programas y curador jefe de Dia Art Foundation, recordó que Flavin es uno de los artistas fundacionales de la institución. No es un dato menor. Dia nació hace cincuenta años para hacer posibles proyectos cuya escala excedía los límites de los museos tradicionales. Flavin estuvo allí desde el comienzo. Su obra ayudó a definir la identidad de una fundación que hoy sigue siendo la referencia mundial para comprender su legado.
El minimalismo quiso liberar al arte de todo exceso.
Eliminar la anécdota.
La ilusión.
La expresión.
Reducirlo a lo esencial.
Dan Flavin fue uno de sus grandes protagonistas.
Pero hizo algo inesperado.
Mientras Donald Judd exploraba el volumen, Carl Andre el peso de la materia y Sol LeWitt la estructura conceptual, Flavin eligió el material más inasible de todos.
La luz.
No como símbolo.
Como materia.
Tubos fluorescentes industriales.
Objetos fabricados en serie, idénticos a los que iluminaban oficinas, fábricas o comercios.
Sin intervenirlos.
Sin ocultar su origen.
La obra no estaba en el objeto.
Estaba en lo que ese objeto era capaz de producir.
Color.
Espacio.
Tiempo.
Percepción.
Su biografía ayuda a comprender esa elección.
Nacido en una familia irlandesa profundamente católica, Flavin recibió una educación religiosa que marcó su sensibilidad. Durante un tiempo incluso pensó en convertirse en historiador del arte. Trabajó en el Guggenheim y en el MoMA antes de dedicarse por completo a la creación. Vivió el museo desde adentro. Entendió la arquitectura como un lenguaje. Y encontró en la luz un material capaz de producir una experiencia cercana a la revelación.
No habla de Dios.
Pero la luz conserva algo de lo sagrado.
No como doctrina.
Como experiencia.
Como presencia.
Como aquello que transforma el espacio y también a quien lo habita.
Por eso sus obras no se contemplan.
Se atraviesan.
Se habitan.
El color abandona la superficie y se derrama sobre los muros.
La arquitectura deja de ser un escenario.
Se convierte en parte de la obra.
Cada paso modifica la percepción.
El blanco deja de ser blanco.
Las sombras cambian de temperatura.
El espacio parece expandirse o comprimirse.
Nada permanece estable.
La obra existe mientras alguien la experimenta.
Ese fue el gran hallazgo de Flavin.
Comprender que el verdadero material de su obra nunca fue la luz.
Fue la percepción.
La exposición reúne algunos de los núcleos más importantes de esa investigación.
Están las célebres dedicatorias a Vladimir Tatlin, donde el homenaje al constructivismo ruso se convierte en una reflexión sobre la monumentalidad contemporánea.
También las obras dedicadas a las víctimas de guerra, en las que la fragilidad de un tubo fluorescente adquiere una inesperada intensidad poética.
Y una de sus instalaciones más emblemáticas: Untitled (to you, Heiner, with admiration and affection) (1973), una monumental barrera de luz dedicada a Heiner Friedrich, fundador de Dia Art Foundation.
No bloquea simplemente el paso.
Hace visible el espacio.
Obliga al cuerpo a tomar conciencia de la arquitectura.
Nada en Flavin busca deslumbrar.
La belleza aparece como consecuencia.
Nunca como objetivo.
Cada instalación responde al lugar donde se presenta.
No existen dos montajes iguales.
La arquitectura modifica la obra.
Y la obra transforma la arquitectura.
Por eso esta exposición posee un carácter excepcional.
No podría reproducirse exactamente en otro museo.
Pertenece al MALBA tanto como pertenece a Flavin.
Más de seis décadas después de sus primeras experiencias con tubos fluorescentes, su obra conserva intacta la capacidad de producir asombro.
Porque demuestra que la innovación no siempre consiste en inventar nuevos materiales.
A veces alcanza con mirar de otra manera aquello que estuvo siempre frente a nuestros ojos.
Y descubrir que la luz no sólo permite ver una obra.
Puede ser, ella misma, la obra.