Nota publicada online
La Colección Balanz ha inaugurado la Sala Nazaré, ubicada en la planta baja del Edificio Lipsia del microcentro porteño. Con motivo de la apertura de este nuevo espacio destinado a exposiciones temporales se presenta La máquina del tiempo. El artista como viajero, una exhibición colectiva de artistas argentinos y extranjeros con curaduría de Florencia Battiti.
Esa zona neurálgica de la ciudad de Buenos Aires que se extiende desde el obelisco hasta el bajo y cuyo ritmo fue demarcado históricamente por la actividad bancaria, comercial y gastronómica ahora va constituyendo un renovado perfil gracias, entre otros factores, a la apertura de nuevos espacios culturales. La Sala Nazaré, perteneciente a la Colección Balanz es el más reciente de ellos. La colección cuenta con más de 600 obras de artistas de más de 110 países del mundo. Se inició en el 2008 con la adquisición de obras de Luis F. Benedit y Rómulo Macció y a futuro busca seguir enriqueciendo sus investigaciones sobre el arte contemporáneo, tanto en adquisiciones como en su línea editorial. En este sentido, la nueva sala tiene como objetivo desarrollar una programación anual de exposiciones que generen un diálogo entre el acervo de la colección y las diversas manifestaciones del arte contemporáneo, además de pensarse como un ámbito de circulación y encuentro entre distintas generaciones de artistas y producciones locales e internacionales.
La exposición La máquina del tiempo. El artista como viajero, toma como fuente de inspiración la clásica novela del autor británico Herbert George Wells, La máquina del tiempo (1895), pionera de la ciencia ficción. Según el texto curatorial de Florencia Battiti, el autor rompe en ella con la idea del progreso lineal y "cuestiona la teleología modernista entendida como el desarrollo del progreso histórico, social y tecnológico hacia un fin superior y determinado, para, al contrario, mezclar temporalidades y permitirse así pensar el presente victoriano como contingente y no universal". Cabe recordar aquí, que el escritor publicó su novela en un período caracterizado por una gran fe en el progreso tecnológico, aunque también por una profunda preocupación científica por el destino final de la humanidad. Para comprender mejor dicho contexto, puede agregarse que La máquina del tiempo, coincide, además, temporalmente, con la invención del cinematógrafo (1895), por parte de los hermanos Lumiere y con la publicación de La interpretación de los sueños (1899), de Sigmund Freud; hechos que dejarían una profunda huella a lo largo del siglo XX.
La táctica curatorial llevada a cabo, desplaza estas ideas al ámbito del arte contemporáneo. Capta a la novela como una suerte de “matríz conceptual” disponible para poder reflexionar sobre estrategias como la apropiación y la cita, ya que éstas permiten reformular la concepción predominante del tiempo al problematizarlo y transformarlo en material de trabajo desde una perspectiva crítica. Sobre esta base, se ha seleccionado y reorganizado un cuerpo de obras de la colección que establece nexos y tramas productivas entre ellas.
Como para que no queden dudas de los objetivos de esta propuesta, la presencia de una obra de gran formato del artista alemán Anselm Kiefer Für Ingeborg Bachmann (2023-2025). enfrenta al espectador apenas ingresado a la sala. La obra, dedicada a la poeta austríaca, se encuadra dentro de una serie de homenajes a poetas realizados en los últimos años por el pintor, entre los cuales también se encuentran Paul Celan u Osip Mandelstam. En este caso, une a ambos artistas las secuelas de la II Guerra Mundial. En la pintura, impactante por su convulsiva materialidad, se cita el poema Al Sol de esta autora con la frase “Las ilustres condecoraciones de la noche”. A su vez, las referencias a Los girasoles, de Vincent Van Gogh resultan transparentes al tiempo que teñidas por la oscuridad derivada de las tragedias que supusieron los campos de concentración nazis. Un tono diferente, humorístico, proponen las dos video animaciones Un obstáculo insalvable (2009), de Eugenia Calvo, donde las escenas que se suceden con los personajes de las vajillas del siglo XIX oscilan entre el absurdo y el extrañamiento cognitivo al que la artista de modo usual apela a través de los objetos de uso cotidiano. Entre ambos artistas, se intercalan una composición de Mathieu Mercier, quien gracias a una estantería metálica, un termo Lumilagro y un nivel de burbuja logra con Drum and Bass Sola (2012-2013), rememorar el neoplasticismo, dos obras del brasileño Vik Muníz: Van Gogh's Bed, 1997/99 y Pictures of Dust (2000); esta última perteneciente a una serie de fotografías creadas expresamente para el Whitney Museum donde trabajó con imágenes de instalaciones de arte minimalista expuestas en ese museo durante las décadas anteriores y una pieza textil de Carlos Luis "Pajita" García Bes, Antepasado I (1976).
Sobre la pared lateral se pueden observar una pintura de Pablo Suárez, Florero con hojas (1976), que evoca la atmósfera de Fortunato Lacámera, otras dos de pequeñas dimensiones de Nahuel Vecino Chardin! Chabon (2002), y de Donjo León, Manet (2013) y tres piezas de Nicola Costantino: Príncipe Aquiles según Velázquez (2010), Ofelia, muerte de Nicola nº II (2008) y Autorretrato de Nicola, según Berni (2008), donde las referencias a obras icónicas de la historia del arte europeo como Las Meninas (1656), de Diego Velázquez u Ofelia (1852), de John Everett Millais, e incluso del argentino, como La mujer de suéter rojo (1935), de Antonio Berni, resultan más que claras ya desde los títulos. Distante de todas las anteriores y ocupando en centro del espacio de la sala, se puede encontrar la escultura de Marta Minujín La catástrofe de la percepción (1982).
Otra de las pinturas de grandes dimensiones es Corona de Espinas (1993), de Guillermo Kuitca que, lejos de aproximarse a la iconografía religiosa, permite trazar asociaciones con episodios de la historia política de Argentina. A su derecha, la acompaña El beso en Odesa (1984), un acrílico del mismo autor que recrea la memorable y dramática escena -también citada innumerables veces en el cine- del carrito con el bebé en las escalinatas del puerto de dicha ciudad ucraniana de la película El acorazado Potemkim (1925), del maestro soviético Serguei Einsestein. La mención a ese sitio geográfico, a su vez, se relaciona con la historia familiar del pintor. Vinculadas a las vanguardias de comienzos del siglo pasado, dos fotografías de Humberto Rivas completan el sector. Ellas son Londres (1979) y Londres, homenaje a Man Ray (1979).
El recorrido continúa con DAVID #8 (2005), una fotografía del colombiano Miguel Angel Rojas, quien representa la centenaria escultura de su homónimo italiano, pese a que en este caso el modelo haya sido un joven soldado víctima de una mina antipersonal. Lo sigue En otro orden de cosas (2024), un retrato en acrílico de Bruno Gruppalli, donde las claves se deben rastrear en los objetos dispuestos alrededor del personaje central y dos obras del grupo Mondongo: Lucian Freud (2002), retrato del pintor británico confeccionado con chacinados y carnes ahumadas sobre madera en el cual carnalidad y materia se entrelazan desbordando la literalidad de la alusión figurativa. La segunda obra del dúo. Caperucita Roja (1999), remite a otros registros, ya que apela a la literatura aún cuando soslaye su anclaje del universo infantil en las imágenes pero lo conserve, en parte, gracias a la plastilina con que fueron realizadas.
Ubicadas en un estrecho pasillo se pueden observar una video animación y un pequeño óleo de Estanislao Florido pertenecientes a la serie Todos los cuadros del mundo (2010), donde se despliegan una sucesión de guiños que van desde los pictóricos, como es el caso de La Mano afortunada, de René Magritte (1953), o las misteriosas formas de Roberto Aisenberg, hasta los correspondientes a series televisivas como Twin Peaks (1990) de David Lynch. A continuación, la sombra terrible de la historia y de la literatura argentinas del siglo XIX aparecen evocadas por un óleo informalista de Luis Felipe Noé en Facundo (1960), formando un tandem con FMC, por mal nombre El León (1989), de Luis F. Benedit que parodia el costumbrismo gauchesco de Florencio Molina Campos.
Lejos del terruño local, las fastuosas y enmarañadas pinturas del artista indio radicado en Londres, Raqib Shaw se destacan por la complejidad de su técnica y lo prolífico de su imaginario. Las imágenes de Ludwig fantasy suite...drunk on the wine of the beloved (2018), y Ahora tú y yo! Versión nocturna (2022), parecen nutrirse de mitología, religión, poesía, arte textil y decorativismo oriental; transportan a mundos fantásticos, plagados de multitud de detalles y colores vibrantes. Para finalizar el itinerario, dos paisajes de Max Gómez Canle capturan la mirada, no sólo por su belleza, sino por lo hipnótico de sus formas que oscilan entre lo metafísico, el surrealismo o la pintura concreta.
En la novela de Herbert G. Wells, el personaje principal, a quien no se menciona por su nombre sino como “El viajero a través del tiempo”, le relata a un grupo de allegados, que lo escuchan con una mezcla de estupor y desconfianza, sus aventuras en el año 802.000. Si bien la visión del viajero acerca del futuro de la especie humana resulta bastante desfavorable, sensación que puede compartirse en esta época, la narración envuelve a todos ellos, y al lector inclusive, en una travesía que amplia los sentidos y la destreza intelectual. Todos se convierten en alguna medida en viajeros. Sin moverse, como ocurre durante el acto de lectura o desplazándose en un área reducida como sucede en la visita a una exposición, es posible desarticular los parámetros geográficos y temporales ordinarios. Anacronismos, conjunciones, absurdos y especulaciones, entonces, son factibles en la mente de quienes estén dispuestos a abordar este tipo de periplos.
La máquina del tiempo. El artista como viajero
Colección Balanz
Av. Corrientes 316 – CABA
Jueves de 14 a 18 hs y viernes y sábados de 12 a 18 hs.
Hasta el 1 de agosto