Nota publicada online
Hoy nos toca despedir a una querida y gran artista: Ides Kihlen, una artista comprometida con su vocación, hasta el último suspiro.
Hoy celebramos y despedimos a Ides Kihlen, una artista extraordinaria que hizo de la vida una fiesta incesante de creación hasta sus 108 años. Nacida en Santa Fe el 10 de julio de 1917, eligió desde muy joven habitar el mundo a través del arte: estudió pintura y música, se formó con maestros como Pío Collivadino y Vicente Puig, y recorrió con curiosidad y pasión los talleres de Juan Batlle Planas, Emilio Pettoruti, André Lhote y, más adelante, Adolfo Nigro. Estudió Historia del Arte, visitó museos, pintó sin pausa y, durante décadas, lo hizo en la intimidad, guiada únicamente por el placer de hacer.
Su obra —sin títulos ni fechas, libre de toda atadura— atravesó un giro profundo hacia la abstracción a comienzos de los años 80, abriendo un territorio cada vez más audaz, donde la libertad se volvió su lenguaje más genuino. Nunca le interesaron los premios ni las modas; tampoco la visibilidad. Fue recién en el año 2000, cuando Augusto Mengelle descubrió su producción y la llevó a arteBA, que su universo comenzó a expandirse hacia el público, despertando el entusiasmo de críticos y coleccionistas. A partir de allí llegaron sus primeras muestras institucionales y una proyección sostenida, siempre acompañada con dedicación y amor por sus hijas, Ingrid González Monteagudo y Silvia González Kihlen, quienes asumieron el rol de gestoras de su obra, cuidando y proyectando ese mundo mientras Ides seguía fiel a su rutina: crear.
A los 100 años celebró con dos exposiciones memorables en el Centro Cultural Kirchner y el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, y a los 105 fue homenajeada por el Museo Nacional de Bellas Artes con la muestra “Homenaje a Ides Kihlen”. Allí, la sala del segundo piso se transformó en una gran partitura viva: un espacio donde sus composiciones —blancas, negras y coloradas— desplegaron toda su potencia lírica y lúdica, acompañadas también por su música. Como señaló entonces Andrés Duprat, Ides fue “uno de los secretos mejor guardados de la plástica argentina”, una artista que trabajó durante décadas con intensidad y libertad, al margen de toda corriente, entregada por completo a su vocación.
Su vida fue tan coherente como su obra: cada día comenzaba temprano, con largas horas de pintura, seguía con la música en el piano y se cerraba con un brindis. Ni siquiera el aislamiento detuvo su impulso: continuó creando, recortando papeles, inventando ritmos. Su pintura —alegre, espontánea, profundamente lúdica— construyó universos donde líneas, hilos y pequeños fragmentos de color flotan sobre fondos luminosos, como si cada obra respirara su propio compás. Experimentó sin límites: pintó con escobas, exploró materiales, trabajó con pintura fluorescente y, en los últimos años, eligió sus manos como herramienta directa, manos que siguieron dibujando hasta hace muy pocos días.
Hoy su piano descansa en silencio, pero su música permanece vibrando en cada una de sus obras. Nos deja un legado inmenso, una lección de libertad, de constancia y de alegría.
Gracias, Ides, por recordarnos que crear es celebrar, y que la vida —cuando se vive con pasión— puede ser siempre una obra luminosa!