26 septiembre 2017

Nota publicada online

jueves 24 de agosto, 2017
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Lucio Fontana
El espacio como objeto de contemplación
por Marcela Costa Peuser

Curada por Andrés Duprat y Fernando Farina, la muestra presenta 18 obras que recorren la trayectoria del artista ítalo-argentino nacido en Rosario, en 1899.

La muestra reúne varias de sus esculturas figurativas, hasta sus experimentaciones en torno a los denominados “Conceptos espaciales”, que provienen de las principales colecciones públicas de la Argentina.

Resulta imposible resumir en el “espacio” de una nota toda la versatilidad de una obra tan polifacética -diferente en medios y recursos- como la de éste notable artista, pero hay un carácter que, como hilo conductor, nos permite seguir su derrotero: su constante investigación de nuevas posibilidades expresivas, en un intento de dar respuesta a la vieja y no resuelta pregunta de ¿Qué es el arte?

“Pero los artistas no son sabios ni han llegado a decir yo no soy un santo, yo soy un diablo”, como escribía Lucio en el eje de su caballete. Para él la obra sólo era un punto de partida. Así la visión inspiradora será una incógnita que no dará paz hasta que se trasmute en algo tangible, alienable, perecedero.

Transitó desde la figuración hasta llegar a la abstracción, donde se instaló definitivamente. Su obra escultórica inicial es grácil, elegante, y expresa un clasicismo quatrocenttista, pero en ella se vislumbra el halo real-irreal que la sustenta.

Lucio Fontana nació en la ciudad de Rosario, Pcia. de Santa Fe, un 29 de febrero de 1899. A la edad de seis años se traslada a la ciudad de Milán, matriculándose a los quince en el instituto Técnico Carlo Cattaneo. Se alista como Teniente en el Ejército italiano y participa como voluntario en la Primera Guerra Mundial, donde es herido y condecorado. En 1922 regresa a la Argentina y se establece en su ciudad natal, iniciándose como escultor, en obras de yeso y bronce que reconocen la influencia de Archipenko y, más tarde, la de Maillol. A partir de 1928 viaja frecuentemente a Italia, donde pasa largas estadías y continúa su trabajo artístico con singular éxito. Reconocido por la crítica, obtiene numerosos premios, siendo distinguido en numerosas ocasiones en el Salón Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Definitivamente instalado entre las vanguardias, su actividad incansable inaugura nuevas técnicas e incursiona en la cerámica a partir de las primeras experiencias realizadas en la fábrica de Sèvres, Francia, donde trabaja. 1947 es un hito en su carrera con el Primer Manifiesto Espacial, que firma con reconocidos artistas en la ciudad de Milán, que se continuará con otros tres, inaugurando lo que sería la base teórica de un nuevo movimiento plástico.  En 1959, con los “Quanta”, estrena  pequeños cuadros poligonales monocromos con incisiones y agujeros, en una representación abstracta que es consecuencia de sus trabajos anteriores –especialmente en cielorasos y plafones- pero que a partir de ese momento constituirá su oferta plástica principal. Tejidos, luces de neón, arcilla, cristal. Nada escapó a la curiosidad infatigable de Fontana, incorporándose como otras tantas manifestaciones de su genio artístico. Murió en Comabbio, Italia, el 7 de septiembre de 1968.

Fontana sorprende. Es insólito en toda la extensión del término. Genera inquietud y provoca el conflicto, con una actitud que desafía al espectador y que le ocasionó no pocos inconvenientes. Nunca trató de imitar y rechazó la simplicidad, pero tampoco reprimió su inspiración.

Su genio creador tuvo a la exploración del espacio como objetivo y con la conciencia de esa premisa conviene acercarse a la contemplación de las obras que se exhiben en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires procedentes de diferentes colecciones públicas. La fascinación que sucederá al primer áspero contacto será su merecido premio y un reconocimiento de la obra del singular artista.

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