Nota publicada online

martes 13 de septiembre, 2011
Y la nave va… en Mendoza
por Graciela Lehmann
Y la nave va… en Mendoza

En septiembre, el flamante centro cultural La Nave en la ciudad de Mendoza estrenó su faceta de gran espacio expositivo, con la inauguración de una muestra del multifacético escultor Chalo Tulián.

Emplazado en la ciudad de Mendoza, a pocos minutos del centro, el Parque Central ofrece una gran reserva verde que se extiende en los terrenos que pertenecieron al Ferrocarril General San Martín. Pero a medida que el visitante se aproxima al sector sudeste del predio, un imponente edificio industrial sorprende por su monumentalidad. Se trata de un galpón construido en chapa galvanizada y estructura de acero, y un techo tipo Shed, que originalmente era utilizado por la ex Estación de Cargas del Ferrocarril y que, desde diciembre de 2010, funciona como el centro cultural La Nave.

Como ocurre con la mayoría de los edificios ligados a la historia del ferrocarril, sus espacios guardan en el presente, una carga intensa de melancolía. Abandonados y decadentes, perduran como recuerdos latentes de la pérdida de un vehículo esencial de desarrollo urbano y medio de comunicación fundamental para el crecimiento económico y cultural de la ciudades. Sin embargo, resignificar esos espacios puede reactivar nuevas posibilidades y exorcizar en cierta forma esa nostalgia de una pujanza desvanecida.

Algo así ocurre en Mendoza con La Nave, un centro cultural en el que la evocación del pasado se ha vuelto creativa. Y un enorme galpón de 2.200 m2 de superficie cubierta, que se integra a una obra exterior de 5.565 m2, es en la actualidad escenario de actividades culturales de todo tipo, organizadas con un equipamiento tecnológico sofisticado. Se trata de un proyecto impulsado por la municipalidad de la ciudad, durante la gestión 2007-2011.
“La más grande reserva de la imaginación”. Así definió Foucault al “barco” como lugar heterotópico por excelencia, en su conferencia De otros espacios, de 1967. “Pedazo flotante de espacio, un lugar sin lugar, que vive por sí mismo, cerrado sobre sí y al mismo tiempo librado al infinito mar”. Con el eco de esta definición del pensador francés y revitalizado como “vehículo” cultural, La Nave estrenó el 2 de septiembre su nueva función de centro expositivo para exhibiciones de artes plásticas, con La mesa donde desayunó Mandinga, del escultor Chalo Tulián, que podrá visitarse hasta el 24 de septiembre.

Un artista que modifica el espacio
Maestro de varias generaciones de estudiantes, trabajador incansable, artista versátil y personaje querido, “el Chalo”, que nació en San Juan pero vive en Mendoza desde hace años, hizo que la inauguración de la primera muestra en La Nave resultara doblemente emotiva. Por un lado estaba la satisfacción de recuperar un espacio para la comunidad, a través del flamante centro cultural, y por otro, la posibilidad de encontrarse con el profesor que tocó y modeló la vida de muchos de los lugareños que pasaron por sus aulas y que estuvieron presentes en la noche de la inauguración.
“Para nosotros fue una gran alegría cuando el Chalo vino a evaluar La Nave para realizar su muestra. Más allá de cual fuera su decisión, un grande había entrado en nuestra casa”, señaló emocionado el director del centro cultural, Fabián Sama durante la inauguración y concluyó: “Cuando decidió que iba a ser el espacio de su muestra, todo el equipo sintió una gran emoción y felicidad”.

Otra de las vidas “tocadas” por el artista que vive desde hace años en Mendoza, es la de Laura Valdivieso, directora del Museo de Arte Moderno de esa ciudad y curadora, que trabajó con el artista durante meses para darle forma a la exposición. “Es una muestra compleja, integrada por obras que son una mezcla bastante extraña entre todos los sueños que suele tener un escultor cuando empieza a trabajar en esa disciplina y a su vez, una serie de imágenes de su mundo interior que se han materializado con esa solvencia técnica que tiene y que despertó mi admiración allá por el año 89, cuando lo conocí”, explicó la curadora durante la inauguración.

En este sentido, teniendo en cuenta las huellas que ha dejado en Mendoza, a través de su trabajo creativo y docente, Chalo Tulián era, para los organizadores de la muestra, el artista ideal para esta primera propuesta expositiva en La Nave. “Algunos artistas modifican los lugares en los que están. En realidad este lugar hubiera sido otro: Mendoza, la universidad y los que estamos acá. Todo hubiera sido diferente sin el Chalo. Su paso fue fundamental y creo que eso pasa con algunos artistas, que modifican el medio”, concluyó Valdivieso.

Una travesía por la muestra
Al recorrer la explanada exterior reciben al visitante una serie de piezas de gran formato. Son esculturas de hierro soldado, enormes seres ondulados que anticipan y sintetizan dos aspectos presentes en toda la muestra: el gran dominio técnico de el artista y su exuberante imaginación ligada a la cultura popular.

Tras atravesar la inmensa proa de vidrio que conforma la entrada, otro aperitivo de la abundante creatividad que luego se concentra en la sala principal, está dado por una instalación en el hall: un conjunto de pequeños seres que se mecen de un lado a otro, suspendidos del techo e iluminados por una luz dorada. Al aproximarse, el espectador descubre que se trata de llaves ensambladas para dar forma a diminutos esqueletos que se mueven sutilmente en una delicada y simpática danza. La obra tiene sabor a México, país donde Chalo vivió entre 1981 y 1987, y atrae todas las miradas. La muerte y la vida conviven con naturalidad en esta lúdica propuesta, que sintetiza la suma de contrastes que habitan en la obra del artista.“Después de muchos años comprendí que conviven dentro de mí, como en toda la gente, un ángel y un demonio”, dice Chalo Tulián. Esa dualidad se multiplica en otros aspectos que se materializan en las 50 obras que integran la muestra: la vigilia y el sueño, la vida y la muerte, la brutalidad y el reposo.

Al ingresar a la sala principal todo es inmenso. El espacio se vuelve una gran instalación, un escenario de techos altísimos, en el que las esculturas aparecen dispuestas como personajes, iluminados con intensas luces (proyectadas por tachos), que junto a la música, acompañan el recorrido y lo hacen una experiencia dramática, casi teatral.

Las obras se estructuran en tres capítulos: la serie de las mesas, las serpientes y las víboras. En el primero, los objetos aparecen como objetos animados que sufren perforaciones, cortes y diversas intervenciones para contar historias. Una idea que subyace es la del sacrificio, pues la mesa, que en sentido corriente evoca el ágape comunitario, puede volverse también un lugar ritual o una víctima de misteriosas ceremonias. Algunas de las piezas son acompañadas por videos que muestran actos preformáticos protagonizados por el artista y conforman una experiencia interdisciplinaria. “Hicimos teatralizaciones y las filmamos. Una de mis hijas es cineasta y mi hijo es músico, de modo que ellos me acompañaron en este proyecto”, contó el artista.

El otro núcleo temático está dado por obras que Chalo Tulián divide en dos grupos: las serpientes (que son de madera) y las víboras (que son de hierro). Se trata de piezas sintéticas, cargadas de la densidad simbólica que suponen estos seres que, como señala Jung, encarnan el psiquismo oscuro, lo raro, incomprensible o misterioso. No hay, sin embargo nada más común que una serpiente. Pero no hay sin duda nada más escandaloso para el espíritu, en virtud de esa misma simplicidad.

Vital, intensa y vigorosa, como la naturaleza, la obra del artista exhibida por estos días, representa en cierta forma, según el artista, una vuelta a sus orígenes y materializa su asombrosa capacidad transformadora sobre la materia. Hasta el 24 de septiembre, La mesa donde desayunó Mandinga, está servida.

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Nave Cultural, Av. España y J. A. Maza, Ciudad de Mendoza.
Horario boletería y administración: martes de 10 a 13; miércoles y sábados de 10 a 13 y de 18 a 21; domingos de 18 a 21. Lunes cerrado.