Nota publicada online

lunes 4 de mayo, 2026
Santiago García Sáenz
Emotivo homenaje en el Museo nacional de Bellas Artes
por Norberto Frigerio
Sufriendo la intolerancia el 18 de julio de 1994 (1998), de Santiago García Sáenz (Buenos Aires, 1955–2006). El óleo sobre tela, de 142 × 190 cm. Foto: Ignacio Iasparra
Sufriendo la intolerancia el 18 de julio de 1994 (1998), de Santiago García Sáenz (Buenos Aires, 1955–2006). El óleo sobre tela, de 142 × 190 cm. Foto: Ignacio Iasparra

El Museo Nacional de Bellas Artes suma a su acervo la pintura Sufriendo la intolerancia. El 18 de julio de 1994 (1998), sobre el atentado contra la AMIA. Donada en 2025 gracias a la gestión del Estate del artista y de galería Hache, la obra marca el ingreso de Santiago García Sáenz al principal acervo público de arte del país.
Realizada cuatro años después del atentado contra la sede de la AMIA en Buenos Aires —perpetrado el 18 de julio de 1994 y considerado uno de los episodios más graves de terrorismo internacional en la historia argentina—, la pintura se vincula directamente con ese acontecimiento. García Sáenz tenía su taller a pocas cuadras del lugar del ataque y fue testigo directo de sus consecuencias, experiencia que dio origen a esta obra de fuerte carga simbólica.

Hace casi 20 años moría el muy querido pintor, Santiago García Sáenz.
Su familia, en conjunto, resolvió dejar testimonio de la vida del artista, donando al Museo Nacional de Bellas Artes una obra de peso significativo y espléndida factura.

Santiago cubrió casi treinta años del arte argentino con su paleta transparente, sus imágenes intensas y plenas de arte religioso o casi sacro, del dolor de la condición humana, reflejado en una naturaleza colorida y resplandeciente que lo llevó, en un momento, a recorrer países latinoamericanos, donde quedó marcado para siempre. Su ciclo “Te estoy buscando América” expresó, en ese tiempo, con la vegetación caribeña o subtropical, miles de verdes, flores exóticas con infinidades de colores, cielos densos con nubes o grandes espejos azules de aguas transparentes. Sin olvidarnos de los grandes palmares, arbustos infinitos con sus copas mezclándose con cielos y atardeceres sublimes.

Capturó paraísos e hizo arte. Bolivia, Paraguay, México y Brasil le dieron infinitos paisajes y miles de colores que usó con franqueza y generosidad en todas sus obras, sin importar la convivencia de lo urbano con las selvas.

Es tal vez la costa atlántica y, en particular, Mar del Sur, con las playas infinitas, los niños jugando y los cielos celestes, así como las dunas y hoteles emblemáticos de ese paraíso fugaz que tuvo la Argentina, donde encontraron en Santiago al joven que evocaba sus vacaciones familiares, vecinas a los campos de la familia, el placer de la tibieza de la arena, así como las infinitas olas del Atlántico quebrándose en espuma al llegar a la costa.

Fue la Galería Van Riel, con singular sutileza, la que sintió la presencia del artista y, allá por 2002, hizo una gran muestra. El Centro Cultural Recoleta graficó, con una espléndida exhibición de obras de gran tamaño, a ese genio que buscaba su identidad. La obra “Sufriendo la intolerancia”, recientemente donada por la familia al Museo Nacional de Bellas Artes, explora las mil sensaciones del artista, la condición del hombre y deja, en un pequeño ángulo, lo que su salud expresaba: una enfermedad que le pesaba a futuro. “La travesía” fue otra de sus grandes obras de esta muestra.

Conoció los grandes premios y solo debemos recordar el Gran Premio Fortabat Joven Pintura, y evocar a la inolvidable mecenas que fue Amalia Lacroze Reyes de Fortabat, que no solo lo premió, sino que compró la totalidad de lo exhibido en arteBA, en un gesto solo reservado a una de las mecenas únicas e insustituibles que ha tenido la Argentina, como también es el caso de Nelly Arrieta de Blaquier.

El Premio Constantini, la Bienal Chandon, el Premio Arte Religioso y tantos otros más lo mimaron y reconocieron.

Santiago García Sáenz será por siempre un pintor inolvidable y único, por su estilo —algo naif para algunos—, pero que en realidad eran sus nobles ojos, su alma transparente y una bondad de hombre creyente en lo Divino, que pudo pasar por las enfermedades, el sufrimiento, el dolor, las prolongadas agonías y la misma muerte, sin alterar su pincel y sus formas. Se constituyó en testigo.

Fue consecuente. Dejó plasmado en sus obras su vida. Genuino e íntegro.

Su estadía en el Museo Nacional de Bellas Artes testimonia el valor de su legado y de su condición de artista.

¡Se te extraña, querido Santiago! Pero tu arte, en museos, colecciones privadas o públicas, los libros y la memoria colectiva, te cuidan, acompañándote hacia la eternidad, con la certeza de que está esperándote, a poco de andar.