Nota publicada online
La muestra en la emblemática Casa Bolívar, en el barrio de San Telmo, presenta un conjunto de obras en las que Mantegani recurre a un soporte rústico —papel de escenografía— que interviene mediante collage, carbonilla, chorreado de pintura y otros procedimientos. La muestra, cuenta desde Betbeder Consultoría y Producción de Arte, con la curaduría de Julio Sánchez Baroni y ofrecerá activaciones abiertas al público como un jam de dibujo y una acción participativa con cartelería urbana.
León Bloy escribió: “No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es. Nadie sabe qué ha venido a hacer en este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero”. Así lo cita Jorge Luis Borges en Del culto de los libros (1951). Y así, también, parece comprender nuestro presente Roger Mantegani.
En el conjunto de obras que presenta en esta ocasión, el artista recurre a un soporte rústico —papel de escenografía— que interviene mediante collage, carbonilla, chorreado de pintura y otros procedimientos. Hay plantillas de puntos que retornan obsesivamente; se distinguen elementos adheridos —hojas vegetales, afiches arrancados de la vía pública— como restos de una ciudad que se adhiere a la obra. Se permite todos los formatos, aunque privilegia los grandes papeles verticales o los frisos horizontales, donde la escena respira y se expande. Su proceso creativo resulta tan sencillo como fascinante: frente al papel en blanco comienza a manchar con carbonilla hasta que presiente que una forma emerge del caos aparente. A partir de esa intuición inicial, la forma se revela: un perro callejero, hombres y mujeres detenidos en el descanso áspero de la vereda, desnudos, cuerpos entregados a la intemperie. No hay bocetos previos. Lo que se proyecta en el papel son imágenes que impactaron en el corazón —más que en la pupila— de Roger.
En sus recorridos cotidianos por las calles de Buenos Aires o de Córdoba ve perros errantes, niños rogando por una moneda, excluidos durmiendo en la calle. Lo local se vuelve universal. La cabeza de un perro negro remite a la que pintó Goya; toda esta serie es pariente cercana de las Pinturas negras en la Quinta del Sordo. Aquí las escenas se interceptan y se superponen: la figuración convive con el chorreado, la imagen se deshace para volver a recomponerse. El propio artista lo expresa con claridad: “Me conmueve el caos terrible que vivimos en este momento: animales que sufren, maltratados… Con mi obra quiero llamar la atención y rendir homenaje a los anónimos de la calle. Lo mío es una propuesta netamente urbana. No soy indiferente a lo que estamos viviendo. Mi pintura está dedicada a los desamparados, a los indefensos, a quienes no tienen herramientas ni recursos. No hablo de la miseria económica, sino de la espiritual. Si uno baja los brazos no puede enfrentar la situación. Poder hablar de esto es asumirlo desde el arte, desde la creatividad. A pesar de todo, siento que hay esperanza; día a día trato de ser mejor, individual y colectivamente”. Roger Mantegani canta la épica silenciosa de quienes no tienen rostro ni destino, de aquellos que no pueden declarar quiénes son, como decía León Bloy. Ellos también somos nosotros, Roger se planta de mortal a mortal, de igual a igual. A ellos les tiende una mano, apuesta por el optimismo de un buen corazón y sostiene que el arte es una herramienta de sanación, capaz de ayudarnos a enfrentar la vida con un poco más de fe en medio de esa colección de absurdos que, día tras día, nos apremia.