Nota publicada online

miércoles 10 de diciembre, 2014
Museo Fernández Blanco
Crece la colección de Arte Hispanoamericano
por Gustavo Tudisco (MIFB)
Museo Fernández Blanco

Una nueva donación que enriquece la colección de Arte Hispanoamericano del MIFB. Se trata de una pintura cusqueña del siglo XVIII donada recientemente por Carlos Galo Llorente.

Con su incorporación se convierte en la primer pieza del acervo que refiere a un pasaje del Antiguo Testamento. El cuadro ya está en exhibición y puede verse en la Sala "El Mundo Surandino", en la Planta Baja de la Sede Palacio Noel.

Esta atípica representación crística fue adquirida por el donante hace más de cincuenta años, debido a su evidente evocación de la preciosa sangre de Jesús y la Consagración del vino en el santo sacrificio de la Misa. Si bien esta interpretación iconográfica de Cristo en la Cruz como "Árbol de la Vida y Fuente de la Gracia" es correcta, en este caso particular su sentido es más complejo por otros elementos que complementan la alegoría. Nos referimos, obviamente, a las dos figuras que transportan un gran racimo de uvas. La primera de ellas se muestra como la tipificación de un judío en la cultura renacentista. El personaje se halla caracterizado por el uso de un extraño sombrero en punta con las alas levantadas, mezcla del judenhut blanco o amarillo impuesto por el Concilio de Viena de 1267 y el gorro que a partir del siglo XIII llevaron los judíos de Granada para ser distinguidos de la población musulmana. Esta escena anexada a la de la Crucifixión ilustra un pasaje del Antiguo Testamento conocido como "Los exploradores o espías de Moisés".

Anónimo
Verdadera Vid o Alegoría del Antiguo y Nuevo Testamento*
Óleo s/tela. Cusco, primera mitad del siglo XVIII.

   

…Llegaron al Valle de Eškol, y cortaron allí un sarmiento con un racimo de uva, que transportaron con una pértiga entre dos, y también granadas e higos. Al lugar aquél se le llamó Valle de Eškol, por el racimo que cortaron allí los israelitas…Nm. 13: 23-24"

Los adelantados enviados por pedido de Yahveh a Canaán tenían como misión inspeccionar la Tierra Prometida. Y, una vez allí, reconocer a sus habitantes, fortalezas, frutos y riquezas, antes de la entrada del Pueblo de Israel. El explorador que va en primer lugar es Josué quien, para san Agustín, prefiguraba al Antiguo Testamento y al pueblo judío que no supo reconocer la preciada carga, la "Verdadera Vid" que es Cristo. El segundo explorador es Caaleb, que mira de frente al Crucificado como personificación del Nuevo Testamento y prefiguración de los fieles cristianos. Para la Iglesia Romana, la práctica de combinar hechos del Antiguo y Nuevo Testamento en una misma imagen devocional tenía como finalidad dejar en claro a los creyentes que todas las profecías de la Antigua Ley habían sido cumplidas en Jesús como verdadero Mesías. 

Esta elaborada y compleja exégesis fue difundida por todo el mundo católico a partir de un grabado realizado en Amberes por Jerónimo Wierix hacia 1607. De allí, fue copiado fielmente por un taller cusqueño en el siglo XVIII, adaptando la composición a la manera andina, mediante la estilización y achatamiento de las figuras y el agregado de brocateados. Si bien la mirada sobre los israelitas en la pintura es excluyente y peyorativa, correspondiéndose con los prejuicios de la época en que fue realizada, se trata de uno de los pocos registros plásticos en el que se da identidad al Pueblo Elegido, generalmente ausente del imaginario colonial. A pesar de las férreas restricciones de la Corona y la persecución inquisitorial, muchas familias judías lograron llegar al Nuevo Mundo y hacer su propio aporte al entramado étnico y cultural que significó la América española.

*Agradecemos la valiosa colaboración de la Dra. Agustina Rodríguez Romero para el análisis iconográfico de esta obra.