Nota publicada online

jueves 11 de noviembre, 2021
Mondongo
La Historia del Arte modelada en plastilina
por María Carolina Baulo
Mondongo

“Conejos Blancos" se exhibe en Barro hasta el 18 de Diciembre. Una muestra producida post pandemia.

“El nombre de la muestra tal vez tan solo sea una expresión de deseo: la posibilidad de encontrar múltiples puntos de partida para transitar mundos inesperados, sorprendentes, mágicos.” Así comienza esta historia de la mano del colectivo Mondongo integrado por Juliana Laffitte (Buenos Aires, 1974) y Manuel Mendanha (Buenos Aires, 1976). Ya es conocida su trayectoria internacional como para enumerar aquí ese vasto recorrido creativo deslumbrante. Entonces nos detendremos en esta espectacular muestra, Conejos Blancos, que la galería Barro pone a disposición del espectador para que, cualquiera sea la capa de lectura e interpretación que haga el visitante sobre las obras, se lleve la sensación de haber transitado una experiencia superadora, lúdica, guiados por el escurridizo transitar de un conejo imaginario que lo traslada cual Alicia en el País de las Maravillas a un universo fantástico paralelo a la realidad inmediata, para regresar a ella en un nuevo estado reflexivo.  

 

Materia e imagen son una unidad en la obra de Mondongo así como las dimensiones de las piezas que pasan de los pequeños formatos a instalaciones y puestas en escena de carácter monumental. Cada una de sus propuestas es el equivalente a abrir la tapa dura de un libro de cuentos, de historias, repletos de relatos mágicos -y no por eso menos críticos- que cobran existencia tridimensional en la sala que los alberga. Una obra que necesita de una espacialidad enorme, con una obligada cadencia entre cada trabajo y acompañadas por un montaje y una luz que crean escenarios cuasi barrocos donde la materia explota de color bajo los focos direccionados que la recortan y aíslan todo elemento que intoxique la concentración. La plastilina, fiel compañera de los artistas, es una vez más la protagonista, generando en sus combinaciones cientos de tonalidades de colores a partir de una paleta extremadamente limitada. Intervienen además materiales como el óleo, hierro, acero, madera, tierra, raíces, jaulas, relojes, para dar forma a obras con nombres cuanto menos sugerentes para el lector/espectador curioso: Piedad invertida, La cruz,  El juego de la vida, La jaula, entre otros. La Historia del Arte se hace presente de manera contundente: los formatos clásicos, las referencias religiosas, las alusiones a los retablos, los tondos, el retrato como género – o autorretrato porque son ellos mismos, los artistas, sus modelos más cercanos y a quienes deciden utilizar como modelos para narrar sus historias-, todos bocadillos deliciosos de una forma de mirar profunda que invita a ejercer distintas capas de lectura según las competencias intelectuales del espectador.

Empecemos por el principio. Un corredor intimidante y seductor capta la mirada de quien ingresa a la galería. Es justamente la mirada, el centro del relato de una obra que se despliega formando un camino angosto que remitiría a cierto salón del Palacio de Versailles, con sus paredes repletas de decenas de planos detalles en “zoom” –juego de palabras con la plataforma tecnológica  que aprendimos a usar como vehículo de contacto con el otro durante la pandemia-  del corte de los ojos de personas allegadas a la pareja de artistas: 60 pinturas al óleo realizadas en la cuarentena, recuperan lo único que se podía ver del otro en tiempos donde la sonrisa y el tacto estaban prohibidos. Retratos íntimos, mínimos, una suerte de experiencia silenciosa, introspectiva, personal.

En la sala principal se despliegan varios tondos –otro guiño a un formato típico circular, muy utilizado en el Renacimiento Italiano- con iconografía modelada en plastilina donde aparece, por ejemplo, una vista aérea de la ciudad de Florencia detrás de una cruz que, al recibir el impacto de la luz, proyecta una sombra que invade el espacio del espectador; me niego a creer que este gesto sea casual. La obra La jaula propone una cita literal de la obra El Origen del Mundo (1866) de Gustave Courbet y la Piedad Invertida -el séptimo de sus retablos y única pieza que no fue realizada en tiempos de pandemia sino varios años antes- cierra el recorrido presentando una pala de altar –junto a una pala literal como objeto que refuerza la idea-, un retablo que se despliega abriéndose para enfrentar al espectador con una imagen cuasi celestial aunque ambientada en la contemporaneidad, donde plastilina, el oleo y la madera recrean la historia de una madre cual Virgen María (Juliana), sosteniendo en brazos a su hijo Jesús (Francisca). Una vez más, las referencias a la Historia del Arte no se detienen porque se esconde aquí también una observación profunda de los retablos de los primitivos maestros flamencos, particularmente el Políptico de Gante (1432) de los hermanos Van Eyck.

En sin embargo El Baptisterio de los colores, en su reverencia al Baptisterio de San Giovanni de Florencia, el centro de atención. Aunque silencioso, negro, cerrado, en el medio de una sala casi a oscuras, imanta por su contundencia como estructura arquitectónica sin dar indicios desde el exterior de lo que ese espacio encierra en sus entrañas. Una estructura de hierro, madera y espejos con luces, de casi 4 metros de altura que guarda celosamente en el interior del dodecaedro, 3276 bloques de colores en plastilina, todos ellos codificados con números naturales, romanos y letras. No puedo desde mi lugar de historiadora no asociar al baptisterio con un espacio consagratorio, con una suerte de origen –otra vez el origen en la obra de Mondongo-, convertido en una “pira bautismal cromática” desde donde nace toda la creatividad a partir de la infinita combinación de esos colores desplegados en compartimentos simétricos organizados cual estantes de un boticario o gabinete de curiosidades que, de solo recorrerlo con la mirada, envuelve al espectador en un efecto óptico, cinético, psicodélico donde en el girar del cuerpo para recorrer cada pieza, se produce un movimiento circular, un espiral hipnótico. De un último viaje a Italia antes de que la pandemia atravesara a la humanidad toda, el eco de esa impronta románica, gótica, renacentista y barroca, se traslada con Manuel y Juliana a la Argentina y se encarna el espíritu de sus obras.

El conejo blanco invisible, rápido y enigmático, abandona la chistera y nos lleva a recorrer caminos espectaculares, fantásticos, verdaderamente increíbles por su despliegue técnico, por sus formatos monumentales, por sus colores y por los relatos que logran combinar espiritualidad, religión, literatura, Historia del Arte, promoviendo una profunda reflexión sobre nuestra contemporaneidad, sobre el mundo que nos rodea repleto de incertidumbres, amenazas y peligros pero que también alberga esperanza, creatividad y compromiso con ejercer una mirada más amorosa y un accionar más humano. Quizás sea la imagen de esa madre dando cobijo a su hija sentada sobre sus piernas, el verdadero origen de todas las cosas.