Nota publicada online
A cien años del nacimiento de Miguel Dávila, la Casa Nacional del Bicentenario presenta Tercer orden, una exposición antológica que reúne más de cien obras del artista riojano. Con curaduría de Joaquín Rodríguez, la muestra recorre seis décadas de una producción atravesada por la figura humana, la memoria del paisaje y una búsqueda constante en torno a la pintura.
Hay miradas que parecen evitar la nuestra. Personajes que desvían los ojos, figuras que se desdibujan y cuerpos que, por momentos, se funden con el espacio que los rodea. En las obras de Miguel Dávila, lo humano aparece como una presencia inquietante, siempre en transformación.
Frente a ellas, algo nos conmueve y nos invita a detenernos. Es la fuerza de esas figuras, pero también la intensidad de un color que puede envolver una escena, encender un paisaje o abrir una tensión inesperada entre belleza e inquietud.
A cien años de su nacimiento, la Casa Nacional del Bicentenario reúne más de cien obras en Miguel Dávila. Tercer orden. La exposición, curada por Joaquín Rodríguez, propone un recorrido por seis décadas de trabajo: desde los primeros ejercicios académicos hasta las últimas exploraciones del artista, fallecido en 2009. Óleos, acrílicos, dibujos, grabados, monocopias y cortometrajes experimentales dan cuenta de la amplitud de una producción que nunca dejó de interrogar la imagen.
Una búsqueda propia
Nacido en Chilecito, La Rioja, en 1926, Dávila inició su formación en el Instituto Superior de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Tucumán. Allí estudió con Lino Enea Spilimbergo, Pompeyo Audivert y Lajos Szalay, maestros que dejaron una huella en su aprendizaje de la pintura, el grabado y el dibujo.
En 1952 se trasladó a Buenos Aires, donde comenzó su carrera artística. Algunos años después regresó a La Rioja para asumir, entre 1958 y 1960, la dirección del Museo Municipal de Bellas Artes —hoy Museo Octavio de la Colina—, del que fue su primer director.
En 1961 obtuvo una beca del Fondo Nacional de las Artes y viajó a París junto a Rómulo Macció, Ernesto Deira, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega. Compartió taller con Deira y participó de las búsquedas de la Nueva Figuración, un movimiento que renovó la representación de la figura humana en el arte argentino.
En sus obras de ese período aparecen cuerpos fragmentados, composiciones dinámicas y colores vibrantes. Sin embargo, como señala Rodríguez durante el recorrido, Dávila desarrolló una aproximación personal: una pintura que se acerca a la condición humana y a sus zonas de incertidumbre.
Su obra atravesó distintos lenguajes y nunca quedó detenida en uno solo. Del informalismo a la Nueva Figuración, de la experimentación con materiales a nuevas aproximaciones a la figura, el artista volvió una y otra vez sobre sus propios motivos para transformarlos.
El título de la exposición, Tercer orden, retoma una noción formulada por la crítica Elena de Bertola para pensar ese espacio en el que conviven dos fuerzas: la estructura y el impulso, la construcción consciente y la intuición. En esa tensión, Dávila encontró un territorio propio.
Figuras, mitos y paisajes
A lo largo del recorrido, ciertas formas regresan como si buscaran decir algo nuevo cada vez. Dos personajes comparten una escena; un rostro, una mano o un animal se incorporan a la composición; una figura parece desintegrarse mientras otra comienza a tomar forma.
«Hay elementos, hay signos que va retomando siempre, que va recomponiendo y a los que va agregando otros aspectos», observa Joaquín Rodríguez. Esa continuidad permite descubrir diálogos entre obras realizadas con años de distancia: imágenes que conservan una memoria común y, al mismo tiempo, revelan nuevas inquietudes.
En ese universo también aparecen animales, huesos y osamentas vinculados con los relatos del campo riojano. La luz mala y las historias que nacen en la noche alimentan una imaginación en la que lo real y lo mítico se encuentran. En la década de 1980, esas referencias darían lugar a una serie poblada por seres y personajes de procedencia incierta.
La figura humana adquiere, por momentos, una presencia más reconocible; en otros, se convierte en una masa de cuerpos sin rostro o se confunde con la arquitectura. Las construcciones parecen cobrar vida y las personas se reúnen hasta formar estructuras que desafían una interpretación única.
Los paisajes ocupan otro lugar. Allí, el color se despliega con intensidad. Son imágenes atravesadas por el recuerdo y la añoranza de La Rioja, más cercanas a una memoria afectiva que a una representación fiel de un lugar. Dávila vuelve a su tierra desde la pintura y la reconstruye con una libertad que todavía hoy sorprende.
La ciudad y sus huellas
Si en los paisajes el color estalla, en las imágenes urbanas la paleta suele volverse más contenida. La ciudad aparece con una densidad distinta, hecha de superficies, rastros y presencias que se adivinan.
En la serie Muros de la ciudad, Dávila partía de fotografías tomadas durante sus recorridos. A partir de esas imágenes, desarrollaba pinturas de gran formato que recuperaban la textura de las paredes, sus capas y su desgaste. Lo que a primera vista podría parecer un collage es, en realidad, pintura: una muestra de su dominio técnico y de su interés por mirar de nuevo aquello que encontramos todos los días.
Para Rodríguez, esa voluntad de experimentar atraviesa toda su producción. «Hay un pensamiento constante sobre la pintura, sobre la imagen, y un amor incondicional por la pintura», dice el curador.
Una mirada que permanece abierta
Entre las obras de la muestra hay una que adquiere un sentido especial. Se titula La mirada ajena y quedó inconclusa en 2009, el año de la muerte del artista. El nombre fue elegido por el propio Dávila.
Rodríguez encuentra en esa imagen una resonancia para el presente: así como la obra quedó abierta, también permanece abierta nuestra mirada sobre su producción. Todavía hay mucho por explorar, conocer y descubrir.
Quizás ahí resida una de las mayores fuerzas de esta exposición. Cada sala nos acerca a un artista de una enorme libertad creativa, capaz de volver sobre sus preguntas y encontrar en ellas nuevos caminos. Sus personajes de mirada esquiva, sus ciudades y sus paisajes intensos siguen interpelándonos. Nos invitan a mirar otra vez y a dejarnos conmover por una obra que continúa viva.
Miguel Dávila. Tercer orden
Curaduría: Joaquín Rodríguez
Casa Nacional del Bicentenario, Riobamba 985, Ciudad de Buenos Aires.
Hasta el 27 de noviembre de 2026.
