Nota publicada online

miércoles 1 de abril, 2026
Martín Ron y el Aura del Tricentenario:
El arte muralista con las iconografías de Rosario
por Claudia Laudanno
Martín Ron y el Aura del Tricentenario:

En Rosario, la cuna de la bandera, se inauguró un extenso trayecto que conecta la Estación Fluvial con el Parque de España, con murales en el piso, del artista Martín Ron, sus colaboradores, junto a creadores rosarinos y de otras localidades cercanas, quienes se sumaron a esta inusual convocatoria plurisensorial.

Martín Ron

Con 2000 metros cuadrados, el playón del Aura del Tricentenario conjuga un sin número de imágenes dispuestas sobre el suelo, compuestas por el muralista Martín Ron y su gerencia logística, acompañados por colectivos artísticos locales y de la zona, con el objeto de configurar un nuevo tipo de espacialidad, a orillas del río Paraná. El trabajo es un entramado complejo de citas, donde las formas de afrontar las distintas superficies, sobre las cuales, trabajaron variaron considerablemente.
En efecto, cada superficie es distinta y tanto Ron, como el equipo de artistas con el cual ejecutó este site specific en campo expandido, y fue pensado desde el concepto de “entorno” o “environment”.
El primer paso fue ir al lugar, ver la pared o soporte, entender cómo funciona ese espacio, de qué forma circula el público visitante, cuál es el modo en que entra y penetra la luz”, sostiene el equipo de trabajo. "De tal forma, la propia superficie culmina sugiriendo la obra. Justamente, no es lo mismo, trabajar sobre una superficie vertical, un silo, o sobre un piso, como en este último caso. Justamente, la idea siempre nace a partir de ese diálogo con el topos o locus. Obviamente, el lugar condiciona el rango de expresión muralista a desarrollar."
Lo particular es evidenciar de qué manera se desarrolló el vasto trabajo colectivo de Aura del Bicentenario. Desde el comienzo, se sabía que constituía un desafío muy grande. Tanto por la escala, como por el tiempo que tenían para efectuarlo. Esto teniendo en cuenta, el inicio desde el diseño y también, desde el aspecto logístico. En consecuencia, había que encontrar una solución, que funcionara a la perfección con el techo reflectante, a modo de espejo de aguas, El logro de la misma, en su conjunto, permitió que la obra se extendiera, propagándose hacia arriba. A partir de allí, el equipo comenzó a investigar y nació la idea de contar en imágenes la historia de Rosario. 
Por ello, Ron pensó y materializó la idea de que se tratase de una gran colección de stickers, con diferentes estilos y repertorios iconográficos. Ello, permitió a los distintos artistas locales, que pudieran aportar su mirada y su propio lenguaje expresivo. Al mismo tiempo, se llegó a construir una narrativa visual común y unificadora. Es así, como la obra terminó siendo un gran relato colectivo acerca del “ser rosarino”, el status diferencial de sentirse parte protagónica de esta ciudad. Para Ron, era importante plasmar en imágenes, qué es ser rosarino y qué representa, más allá de cualquier tipo de estereotipos.
Las estrategias y dispositivos espaciales empleados fueron múltiples y variados.

Desde el vamos, concibieron Aura del Tricentenario como un opus polivalente que funcionara, en sintonía con el techo. Más que un mural sobre el piso, que no es nada tradicional, la idea primigenia fue generar una vivencia o experiencia estética fuera de lo común.
Cuando el paseante camina por ese espacio, con el mural en el suelo, al mismo tiempo se ve reflejado arriba. Esa doble lectura llega a transformar la obra de arte en una topología decididamente inmersiva, en la que el espectador también pasa a formar parte de fragmentos de escenas, que se abren a la visión, como un travelling sin fin.
Por otra parte, es de destacar la forma en que interactúan las iconografías con la superficie reflectante del techo del playón. Y es que cuando uno va caminando por el lugar, muchas veces, lo que se encuentra pintado en el piso, no se llega a comprender de un solo vistazo, por el tema de la escala. De allí, que es necesario detenerse en los detalles. Sin embargo, cuando se levanta la mirada, se puede percibir todo reflejado en el techo y así la imagen completa y plural, cobra sentido. Además, el espectador aparece permanentemente imantado a ese reflejo, pasando a ser parte protagónica de la obra. Se genera una dualidad entre el suelo, el techo y este último, a su vez, posee una distorsión que hace que el reflejo se mueva suavemente, como si se tratase de un río de aguas. Eso es lo que abre el contrapunto con la identidad de Rosario y el río Paraná.
Al referirse al equipo de trabajo, Ron subraya que el mismo estuvo compuesto principalmente por artistas rosarinos. En este punto, le interesaba sobremanera que participaran artistas que conocen la ciudad, que la han transitado y que ya poseen obras en distintos puntos de Rosario, porque eso mismo, aporta una mirada muy genuina sobre la identidad del lugar. 
Y fundamentalmente, participaron creadores de La Gerencia de Murales, que conforma el equipo de trabajo de Martín Ron y Asociados, que es su propia productora. Se trata de artistas con los que trabaja desde hace muchos años y ya tienen una dinámica muy aceitada y ritmo de producción. Luego se sumaron algunos artistas colaboradores que fueron convocados especialmente para este proyecto. Cada uno fue aportando su bagaje estético, su estilo y su forma de trabajar, y la obra se fue construyendo a partir de ese trabajo conjunto. 
Finalmente, terminó siendo una pieza bastante colectiva, donde conviven diferentes formas de mirar, siempre dentro de una misma idea.
Al interrogarle sobre el balance que saca de sus trabajos en los Silos Davis, el enorme mural dedicado a Manuel Belgrano y este gran trabajo mural, Ron se explaya afirmando que “Rosario es una ciudad con una relación muy fuerte con el espacio público y con el arte urbano”. Para luego señalar que “cada uno de esos proyectos tuvo desafíos distintos”. 
Por ejemplo, los Silos Davis - sede del Museo de Arte Contemporáneo de Rosario -, fueron una intervención muy potente y fuertemente simbólica para la ciudad. 

Por su parte, el mural de Belgrano, cercano al Palacio de los Leones y a la Catedral, en el casco histórico, tenía una carga historiográfica enorme.  Y Aura del Tricentenario es otro tipo de vivencia artística, porque no es una pared, sino un espacio que se recorre y nos escruta desde el techo espejado. 
Ron agrega que “los tres proyectos muestran distintas maneras de pensar una obra, donde la misma no podría existir en otro lugar, pues nace directamente del contexto y del vínculo con la ciudad”. 
Desde mi punto de vista, como historiadora y crítica de arte no dejo de reflexionar en torno a la terminología de “aura”, en la actualidad y en la modernidad artística y las medulares dicotomías.
En el presente se ha producido un “enfriamiento del aura”, siguiendo al teórico español José Luis Brea, que bien señala que el aura no se ha desvanecido o evaporado, sino que ha cambiado de modo radical. Y “Aura del Tricentenario”, posee un tipo de aura pública, cuya base son las formas de circulación popular y de consumo masivo. Justamente, porque niega toda noción estable de la obra de arte. La experiencia artística se expande y el arte se transforma en un lugar disperso, diseminado, por el efecto de las tecnologías de comunicación, que son mediadoras de la difusión de las obras y su consumo masivo. 
El corolario de esta problemática candente es el “aura fría” imperante, contrapuesta al aura cultual o erlechtung de Walter Benjamin, es decir, aquella iluminación profana, a partir de la aparición irrepetible de una lejanía.
Estas auras frías, presentes en muchas de las obras actuales, modifican la experiencia estética, la cual, se verifica menos en la obra y en el autor, y mucho más en el espectador. Por otra parte, aumenta la velocidad de circuito de la comunicación. Tampoco se puede soslayar la aparición del valor de cambio (la obra de arte como mercancía) y su consabida interacción pública. 
Así, pasamos del mito al rito. La obra de arte pierde todo halo misterioso y su aura es gélida, por su participación en el consenso mediático. Se evidencia también un desplazamiento de la práctica artística a otro territorio, que es la ampliación del lugar del arte.
Y la condición del arte se ve afectada por las nuevas tecnologías, empleadas, ahora, como nuevos soportes de representación.
El aura se transforma en un “sentido”, que se genera a la velocidad circulatoria de la comunicación y, por si fuera poco, el espacio-tiempo, o sea, el aquí y el ahora, deben adaptarse a dicha velocidad.
Estamos en la conquista de la ubicuidad, de la omnipresencia. Y la cuestión del origen se aparta para compartir espacio con el simulacro, alterando el orden de jerarquización de la propia representación. Esto es, copia y original se encuentran al mismo nivel.
Vemos como el valor estético de una obra de arte, es el que la opinión pública le otorga. El original, es ahora, una suerte de “fondo de garantía”, para validar la experiencia artística.
La condición actual del sistema del arte es que admite por igual esos simulacros, a condición que sean capaces de acceder al público masivo y circular en una espiral sin fin.