Nota publicada online

jueves 3 de septiembre, 2026
Marcelo Pacheco en Colección AMALITA
Coleccionar también es una forma de escribir
Costa Peuser, Marcela
por Marcela Costa Peuser
Vista de sala
Vista de sala

Colección AMALITA presenta por primera vez la colección privada de Marcelo E. Pacheco. Curada por Santiago Villanueva, con concepción espacial de Mónica Giron, Reunión en neocriollo reúne más de cien obras y revela la trama íntima detrás de una figura fundamental del arte argentino: historiador, investigador, curador y gran formador de colecciones.

Mónica Girón y Santiago Villanueva

Hay colecciones que se construyen reuniendo obras.
Otras nacen de una manera de mirar.
La de Marcelo Pacheco pertenece a este segundo grupo. Sus piezas no responden a un programa cerrado ni a una búsqueda de nombres consagrados. Son el resultado de una vida dedicada a investigar, escribir, curar exposiciones, frecuentar talleres y acompañar a los artistas.
Una vida pensada desde el arte.
Reunión en neocriollo presenta por primera vez esa colección personal. Más de cien obras reunidas a lo largo de varias décadas permiten ingresar en un territorio hasta ahora privado, donde la historia del arte argentino se entrelaza con la biografía, los afectos y el trabajo intelectual de Pacheco.
Para Santiago Villanueva, curar esta colección implicó un desafío particular. Pacheco desarrolló durante cincuenta años una trayectoria decisiva en instituciones como el Museo Nacional de Bellas Artes y el MALBA, además de trabajar con fundaciones, coleccionistas y artistas. Sus investigaciones, exposiciones y textos contribuyeron a construir nuevas lecturas del arte argentino.

Pero su influencia no se limitó a las instituciones.
Marcelo Pacheco es también un gran formador de colecciones. Acompañó a quienes comenzaban a coleccionar, orientó elecciones y ayudó a construir conjuntos capaces de expresar una mirada. No se trataba simplemente de indicar qué obra comprar. Se trataba de establecer relaciones. Reconocer genealogías. Descubrir afinidades y tensiones.
Enseñar a mirar.
Como señala Villanueva, Pacheco fue además una de las primeras figuras en la Argentina que pensó la curaduría como una forma de escritura. Una práctica narrativa capaz de construir sentido a partir de la disposición y el diálogo entre las obras.
Esta exposición propone que su colección privada también sea leída de ese modo.
Como otra escritura.

En su casa, Pacheco desplegaba, movía y volvía a reunir las piezas para ensayar relaciones que no siempre llegaban a convertirse en exposiciones públicas. La colección era un espacio doméstico, pero también un instrumento de investigación. Un laboratorio íntimo donde continuaba pensando el arte argentino.
Esa relación con las obras comenzó mucho antes de su vida profesional.
Pacheco nació en una familia de coleccionistas. Su abuelo, Andrés Uranga, y su tío abuelo, José Ariño, formaron importantes conjuntos de arte en contacto directo con los artistas. Era un coleccionismo rioplatense, integrado por obras de figuras como Rafael Barradas, Pedro Figari, Joaquín Torres García y Miguel Carlos Victorica.
Marcelo creció entre esas imágenes.
No las conoció primero en los libros ni en los museos. Convivió con ellas. Algunas formaron parte del paisaje cotidiano de su infancia y se convirtieron, silenciosamente, en sus primeras lecciones de historia del arte.
La colección actual conserva obras heredadas, pero también compras, regalos e intercambios. Cada procedencia revela una historia diferente. Hay piezas recibidas como agradecimiento por un texto, otras surgidas de años de investigación y muchas nacidas de una relación cercana con los artistas.

Raquel Forner ocupa un lugar especialmente emotivo. Pacheco la descubrió durante su adolescencia, a través de un artículo publicado en una revista. Fascinado, le escribió una carta. Ella respondió y comenzó una correspondencia acompañada por postales, grabados y litografías. Forner fue la primera artista con la que estableció un vínculo directo.
Ese encuentro anticipó una manera de relacionarse con el arte que mantendría durante toda su vida: estudiar las obras, pero también acercarse a quienes las producen. Escuchar. Conversar. Acompañar sus procesos.
La muestra se organiza alrededor de tres grandes núcleos: las décadas de 1920 a 1940, los años sesenta y los noventa. Sin embargo, las cronologías se desordenan. Las generaciones se contaminan y las obras establecen relaciones inesperadas.
Allí aparece una de las características centrales del pensamiento de Pacheco: su resistencia a una historia del arte lineal y ordenada.
La palabra neocriollo expresa esa posición. Pacheco la utilizó para pensar el arte argentino desde los intercambios, las redes y las fronteras diluidas. Una historia menos rígida y más sinuosa. Construida desde las conexiones, pero también desde los bordes.
Su cercanía con los artistas de los años noventa fue fundamental. Los acompañó, escribió sobre ellos, discutió sus producciones y contribuyó a dar visibilidad a una escena que todavía estaba definiendo su lugar. Su mirada no se limitó a reproducir el canon más difundido de aquella década: buscó también aquello que ocurría en sus márgenes, sus contradicciones y zonas menos evidentes.

Las obras de esos artistas conviven con piezas de Liliana Porter, León Ferrari, Margarita Paksa y Oscar Bony, entre otros creadores vinculados con generaciones anteriores. Pacheco desarma así las categorías establecidas y propone otras genealogías posibles.
Textos, cartas, libros, fotografías y anotaciones acompañan las obras. Las vitrinas permiten reconocer cómo una investigación se convertía en una exposición, cómo una conversación daba origen a un ensayo o cómo una pieza ingresaba en la colección después de años de cercanía con un artista.

La concepción espacial de Mónica Giron aporta armonía a esta diversidad. Su conocimiento de Pacheco y su aproximación al feng shui permitieron construir un recorrido capaz de reunir épocas, lenguajes e intensidades muy diferentes sin borrar sus singularidades.
El resultado no es el retrato solemne de un especialista.
Es la imagen viva de alguien que hizo de la mirada una práctica constante.
Reunión en neocriollo revela que formar una colección no consiste únicamente en acumular objetos valiosos. Significa elegir. Relacionar. Investigar. Convivir con las obras y permitir que ellas también modifiquen nuestra manera de comprender el mundo.
Marcelo Pacheco formó colecciones para instituciones y particulares.
Esta vez, abre la propia.
Y al hacerlo nos permite descubrir que, durante todos estos años, mientras investigaba, enseñaba, escribía y curaba exposiciones, también estaba construyendo otra gran narración sobre el arte argentino.
Una narración hecha con obras.

Vista de sala con SantiagoVillanueva, curador de la muestra

Reunión en neocriollo

HASTA EL 27 DE SEPTIEMBRE

COLECCION AMALITA

Olga Cossettini 141,
Puerto Madero