Nota publicada online
Parecen acuarelas, pero son fotografías. En el Pabellón de las Bellas Artes de la UCA, el artista chileno Marcelo Kohn presenta, con curaduría de Ernesto Muñoz, 28 imágenes nacidas de dieciséis años de recorridos por Valparaíso. Lejos de la postal, la serie encuentra en sus cerros, sus habitantes y su luz el carácter melancólico de la ciudad.
Hay que acercarse para estar seguros.
Las fachadas parecen pintadas con agua. Los colores se desteñieron suavemente y los bordes se desvanecen, como si la imagen todavía estuviera húmeda. Pero no hay pincel ni papel de acuarela. Son fotografías.
Marcelo Kohn llegó a Valparaíso para visitar a un amigo. Apenas comenzó a subir sus cerros, supo que tenía que fotografiarla. No podía explicar qué le había sucedido. Volvió. Y siguió volviendo durante dieciséis años.
La ciudad que aparece en esta muestra no es la de las vistas abiertas al mar ni la de las casas de colores convertidas en postal. Kohn dirige la mirada hacia adentro: las escaleras, los ascensores, los tejados, las puertas. Una ropa tendida. Un perro descansando junto a una casa. Un tarro oxidado que alguien transformó en florero.
Pequeñas escenas que dicen mucho sobre quienes viven allí.
Como señala el curador Ernesto Muñoz, Kohn no busca ilustrar la decadencia de Valparaíso, sino descubrir la belleza que persiste bajo sus capas de desgaste.
Marcelo Kohn buscaba los días nublados. El sol producía contrastes demasiado fuertes; necesitaba una luz continua, capaz de acompañar esa atmósfera que lo había conmovido. Después trabajaba los colores y aclaraba los bordes de las imágenes. Quería alejarlas del registro preciso, permitir que tuvieran algo del trazo de una pintura.
En ese camino volvió a escuchar Valparaíso, la canción del Gitano Rodríguez que habla de la lluvia capaz de desteñir las calles. La imagen parecía nombrar lo que él estaba buscando en sus fotografías.
Pero Kohn no fotografía solamente una ciudad gastada por el tiempo. Fotografía una ciudad habitada.
Recuerda a un vendedor de hierbas que bajaba de los cerros. Le pidió retratarlo y el hombre se puso a llorar: nunca antes le habían tomado una foto. Kohn se la regaló. Hay algo de ese encuentro en toda la serie, incluso en las imágenes donde no vemos a nadie. Las personas están en los objetos que cuidan, en las flores que colocan a la entrada de sus casas, en los perros a los que dejan agua y comida.
También están las ausencias. Kohn fotografió una sucesión de tejados que hoy ya no puede verse: nuevos edificios taparon aquella vista. La fotografía conserva ese instante sin convertirlo en monumento. Apenas nos permite detenernos y reconocer que las ciudades cambian mientras seguimos viviendo en ellas.
Al recorrer la exposición, la sensación de melancolía aparece poco a poco. No es tristeza impuesta ni nostalgia decorativa. El propio Marcelo Kohn dice que reconoció esa emoción cuando vio reunidas las 28 imágenes. Para él, la tristeza puede ser un lugar fértil: nos pone en contacto con nosotros mismos y abre un espacio para la poesía.
Quizás por eso sus fotografías parecen acuarelas.
No porque Valparaíso se vuelva irreal, sino porque la vemos atravesada por una emoción. La luz se posa sobre los muros, los colores pierden intensidad y cada rincón parece guardar una historia que no termina de contarse.
Salimos de la muestra con la sensación de haber caminado por sus cerros. Y también con el deseo de mirar de otro modo esas pequeñas escenas que, en el apuro cotidiano, suelen pasar inadvertidas.