Nota publicada online

martes 22 de septiembre, 2026
Lázaro Blanco y Pablo López Luz en la Fundación Larivière
Haikus visuales de la arquitectura popular mexicana
por Alejandro Zuy
Lázaro Blanco y Pablo López Luz en la Fundación Larivière

La Fundación Larivière presenta Cal, una exhibición que reúne más de medio centenar de obras de los fotógrafos mexicanos Lázaro Blanco y Pablo López Luz; artistas pertenecientes a distintas generaciones y sin embargo unidos por la austeridad formal y por el interés centrado en la arquitectura popular mexicana.

Cal es una palabra breve. Sin embargo, en su escueta extensión y sofocada sonoridad puede concentrar siglos de historia y una multitud de remembranzas que atraviesan geografías distantes. La palabra cal procede del latín vulgar cals, y este de la forma latina calx, calcis, en referencia a la piedra caliza a partir de la cual se fabrica. La utilización de la cal en las fachadas se remonta a miles de años atrás, siendo uno de los revestimientos y materiales protectores más antiguos y eficaces de la arquitectura humana. Los romanos y los pueblos del Mediterráneo han pintado sus construcciones con cal blanca incluso por razones sanitarias, ya que sirvió para combatir epidemias. De este lado del mundo, el uso de la cal en las fachadas mexicanas, data de épocas previas a la conquista, cuando los pueblos mesoamericanos descubrieron como quemar la piedra caliza para crear revestimientos blancos y duraderos. En la actualidad, en algunas regiones de México, este generoso material continúa utilizándose y se ha convertido en un signo de resistencia de la cultura popular y de la estética que caracteriza a la arquitectura vernácula.

Cal es el título propuesto para esta exposición por su curador, Alexis Fabry, de origen francés pero gran conocedor de la fotografía latinoamericana. La idea, que él venía desde hace tiempo madurando, de reunir en un mismo relato las fotografías de Lázaro Blanco (Ciudad Juárez, 1938- Ciudad de México 2011) y Pablo López Luz (Ciudad de México 1979), ahora se encuentra materializada en la sala principal de la Fundación Larivière. Cal conjuga dos objetivos. Por una parte, intenta establecer una interlocución entre un maestro histórico y un fotógrafo contemporáneo y en segunda instancia, propone una renovada lectura sobre la arquitectura autóctona mexicana; un tipo de arquitectura efectuada con materiales locales, que atiende a las necesidades comunitarias, a una forma de vida, a una consustanciación con el entorno y cuyos saberes se conservan gracias a la transmisión generacional. Una arquitectura definida por Fabry como "secular".

Las imágenes de Lázaro Blanco, uno de los fotógrafos más importantes de la segunda mitad del siglo XX de su país y Latinoamérica, se caracterizan por su peculiar mirada acerca de la vida urbana mexicana. Riguroso en lo formal, valoró la geometría. la espacialidad y los ángulos inusuales y en sus obras en blanco y negro se destacan los categóricos contrastes lumínicos; aspectos, todas ellos, que son posibles de valorar en esta exposición. Los trabajos que se presentan aquí, excepto uno, han sido realizados en blanco y negro y acerca de ellos cabría agregar otra característica fundamental: la presencia humana está reducida a personajes fugaces o aludida en forma indirecta. En cambio, las imágenes que se exhiben de Pablo López Luz son, excepto dos, en color. La mirada de López Luz, destacada como una de las principales de la fotografía actual de México, se concentra en la interrelación que se genera entre el entorno urbano, la arquitectura y el ser humano. Aquí es posible ver una selección de fachadas de Oaxaca, región situada al sudoeste del mencionado país, reconocida por su amparo de las costumbres ancestrales de las diversas culturas que la fueron configurando a lo largo de su historia.

En relación a la elección de estos dos artistas Fabry indica: "Siempre me pareció que tenían afinidad a pesar de la diferencia generacional. Se pueden detectar relaciones en cuanto a contenido, a aquello que documentan, así como a sus rasgos formales. No resultó difícil armar un flujo de obras donde se apreciara la continuidad entre ambos. En el caso de Pablo, a pesar del color, que puede llamar la atención, al igual que en Lázaro, se puede observar una depuración formal, una austeridad estimable." Las fotografías seleccionadas, además, según su opinión, establecen un puente con las obras del arquitecto Luis Barragan (Guadalajara 1902-Ciudad de México 1988), quizá el exponente más importante de la modernidad mexicana, cuyos diseños se definían por ser simples, sin mayores ornamentos y adecuados al paisaje

La suma de afinidades que vinculan a estos dos artistas es factible de comprobar a lo largo de la significativa sucesión de piezas al tiempo que, de igual modo, resultan detectables sus particularidades. A tal fin, la forma en que fueron dispuestas tiene en consideración una cadencia, una alternancia con acentos y pausas oportunas que acompaña los tiempos necesarios para establecer, por parte del espectador, una observación exhaustiva, consustancial frente a ellas. Este acierto, complementa el acompañamiento de los arriesgados pero muy pertinentes colores elegidos para la panelería que sirve de soporte al relato, producto del impecable diseño llevado a cabo por Juan Lo Bianco. Otra faceta a ser tenida en cuenta es el silencio, metafórico, claro está, que emana de todo aquello retratado. La carencia o el desplazamiento a un plano relegado de personajes vivientes delega a los objetos, a señales fantasmales, el protagonismo.

En Lázaro Blanco los utensilios domésticos, las persianas de los comercios, los pliegues de las telas, las rasgaduras de la cartelería electoral, las prendas de vestir secándose al sol, un fragmento de escalera dispuesta contra una pared o las huellas de unas manos dejadas sobre el cristal polvoriento de un automóvil, entre otros detalles fragmentarios, resultan indicios de una actividad que se ha preferido conservar resguardada. Algo similar ocurre con las fachadas registradas por López Luz en las que se advierte la centralidad de las puertas, en buena medida gracias a composiciones simétricas frontales o apenas desplazadas unos ángulos para que las imágenes ganen algo de profundidad y dinamismo. Se trata de puertas cerradas o clausuradas que, en general, carecen de ventanas a sus costados o las tienen en un tamaño reducido y en donde, además, no aparecen arreglos o decoraciones. Sobresale sí, el uso de los colores. Planos en ocasiones, con variedades tonales en su gran mayoría o con disposiciones que resaltan referencias geométricas. Todo un catálogo de resoluciones depuradas, distantes de lo académico y enraizadas en lo popular, tomadas por los habitantes de esas estancias hacia el exterior pero que, sin embargo, delatan una rica vida dirigida hacia el interior de ellas.

Fabry, en el texto de sala recuerda que algunos críticos calificaron a las imágenes de Lázaro Blanco como "haikus fotográficos". Un haiku, vale recordar, es un tipo de poesía originaria de Japón que consiste en un texto muy breve que intenta atrapar un instante único, fugaz, pero capaz de transmitir una profunda emoción. Semejante convicción puede extenderse a su joven compatriota quien, sin duda, aporta otros matices complementarios. En esta excéntrica pretensión de definir un objeto visual a través de un par poético, acaso lo que se ha deseado verbalizar es nada menos que la voluntad de querer contemplar una epifanía.

Fundación Larivière

Caboto 564, La Boca – CABA

Jueves a domingo, de 12 a 19 h