Nota publicada online

martes 30 de junio, 2026
La memoria de la colección: El Moderno en el Parque
El arte: testigo crítico de la historia
por Alejandro Zuy
Instauración Institucional - Luis Felipe Noé
Instauración Institucional - Luis Felipe Noé

El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, junto con el Parque de la Memoria, a 50 años del golpe de Estado que dio lugar a la última dictadura cívico militar en la Argentina (1976-1983), presentan una exposición que agrupa obras del patrimonio del museo correspondientes a artistas que abordaron la violencia política y el terrorismo estatal desde diferentes estrategias y estéticas. La curaduría estuvo a cargo de Cecilia Nisembaum y Nicolás Cuello.

La iniciativa de esta exposición, que surge de una propuesta de la directora del Parque de la Memoria, Florencia Battiti a Victoria Noorthoorn, directora del Museo Moderno, no sólo reúne el esfuerzo de dos instituciones públicas, sino que revisita el patrimonio del museo y pone el foco en cómo reflexionar acerca de lo que significó el terrorismo de Estado desde el arte, desde la revalorización de un cuerpo de obras en particular y desde los valores democráticos en el contexto actual. En este sentido, su emplazamiento en el Parque de la Memoria no resulta un dato menor ya que le otorga un plus de sentido. Al respecto, durante la inauguración, Battiti expresó: "Se pueden ver obras aquí que ya se han apreciado en varias exposiciones y otras que no. El diálogo entre ellas, emplazadas en este contexto, en este lugar, con el Monumento a las víctimas del terrorismo de Estado, con el Rio de la Plata, acá a nuestro lado, me parece que cobra una significación muy particular, y esa era mi intención inicial."

La investigación de la muestra, según sus curadores, Cecilia Nisembaum representante del Parque de la Memoria y Nicolás Cuello del Museo Moderno, fue pensada no desde un lugar estático sino tratando de generar una apertura con obras que quizás no habían estado anteriormente asociadas al vínculo entre arte y política, que no se vieron en ese contexto hasta ahora y entonces, aquí, poder exhibirlas junto a esas otras que sí están identificadas con ese tema para poder propiciar nuevas lecturas, nuevas relaciones. Este planteo, permite asumir la responsabilidad de seguir estudiando el pasado reciente e incorporar y complejizar lo que conocemos como historia del arte argentino y, específicamente, el involucrado con el contexto de dictadura. La organización de La memoria de la colección: El Moderno en el Parque está planteada de acuerdo a cinco núcleos temáticos y el recorte temporal se despliega desde mediados de la década del 70 hasta los primeros momentos de la recuperación de la democracia: núcleos que en realidad son interrogantes que la misma colección ha permitido realizar acerca de la complejidad de la violencia política durante la última dictadura cívico militar.

La obra emblema de Norberto Gómez, una crucifixión en la que la silueta del asador hace referencia a la identidad argentina y al martirio de los cuerpos, sirve de prólogo del relato curatorial e introduce a los espectadores al primer núcleo. En la sala inicial, donde prevalecen las generaciones del 60 y del 70, las preguntas centrales se formulan por la figura humana: ¿Cómo contar la modificación del contorno de lo humano en relación a la conflictividad que atravesaba la política local e internacional?, ¿Qué implicaba ser testigos de las diferentes formas de violencia que iban en aumento al tiempo?, ¿Cómo interfería todo ello con la apuesta por las utopías? Se destacan aquí Adentro y afuera (1967), un acrílico de un integrante de la Nueva Figuración como Rómulo Maccio y en especial una obra de Carlos Langone, Tensiones (1979), donde la heterogeneidad de los materiales utilizados funcionan en adecuado correlato con la representación de la asfixia política y social de la época. Cerca de éstas dos se sitúan piezas de Jorge Demirjian, Carlos Gorrierena y Ricardo Carreira. En medio de ellas, otras piezas distribuidas en el espacio como las de Edgardo Vigo, Horacio Zabala o Enio Iommi, resultan por su volumetría y su fuerza expresiva relatos de una contundencia inapelable. Se suman a ellas, una pintura de Diana Dowek y una serie de témperas de Alberto Heredia denominada Ricky y el pájaro (1976), producida a partir de su lectura de un libro de cetrería medieval. Las imágenes presentan cuerpos híbridos, fragmentados o vendados que mezclan lo humano y lo animal y que resultan una alegoría de la persecución política y la cacería humana.

En el siguiente núcleo, aquello que es puesto en consideración está atravesado por las relaciones del trabajo, la organización y la participación política y sindical y el papel de la juventud; factores que conectan en forma directa con el Monumento a las víctimas del terrorismo de Estado, ya que la mayoría de quienes se encuentran nombrados allí eran obreros y estudiantes. Este punto es muy importante de resaltar debido a que, en diferentes momentos de la exposición, se produce un intenso diálogo entre lo que se encuentra expuesto en el interior de la institución y las obras dispuestas en su exterior. Un lugar primordial acá lo ocupa la instalación Algunos oficios (1976), de Victor Grippo. La carga de ambigüedad inquietante de la escena, en la que el trabajador podría estar a punto de llegar a su puesto o recién haberlo evacuado, de algún modo permite considerar a esa tensión entre lo presente y lo ausente como una referencia a las desapariciones. Acompañan en la sala obras del Grupo Espartaco como Desocupados (1960), de Ricardo Carpani y Lavandera (1960), de Juana Elena Diz, en las cuales la rotundidad de la contextura de los cuerpos tiene una gravitación que contrasta con los que pueden apreciarse en las fotografías de Sara Facio de los funerales de Juan Domingo Perón. En sus registros callejeros, se ven los cuerpos de una militancia joven exentos de toda representación idealizada. La relevancia de este sector radica en señalar que la última dictadura fue en su base un proyecto de modificación de las condiciones estructurales de la economía cuyas consecuencias aún resuenan, entre ellas la desindustrialización.

En la sala contigua, se exhiben trabajos de artistas mujeres que no recurrieron a la representación directa de la violencia estatal y que, debido a los riesgos que ello implicaba, prefieron recurrir a otras estrategias expresivas como la abstracción, la experimentación perceptiva y la exploración de dimensiones espirituales. Se trata, y esto ha sido uno de los objetivos de la propuesta curatorial, de revelar otros nombres, otras manifestaciones que hasta el momento se encontraban desplazados del canon del arte argentino relacionado con la conflictividad política y sus consecuencias. Las producciones de Elda Cerrato, Juana Butler, Josefina Mazzaglia y Josefina Quesada aquí reunidas, significan un reconocimiento hacia ellas y una extensión en la manera de comprender y pensar las heridas provocadas por una tragedia histórica.

Ante la censura, las restricciones a la libertad de expresión y a la producción de propaganda funcional a los requerimientos de quienes ejercían el poder en aquellos años de plomo, los artistas se vieron condicionados a desarrollar estrategias para transgredir esos límites, sustentar maniobras de resistencia y establecer otro tipo de dispositivos de comunicación. Grafismos como los de Mirta Dermisache y los códigos ideados por León Ferrari, quienes crearon lenguajes propios, son prueba de ello. Se suma a éstos la declaración Eros (1974-2007), con las 12 proposiciones de Marie Orensanz entre las que se encuentra en primer lugar "Pensar es un hecho revolucionario", la misma que aparece en la escultura que se encuentra emplazada en el parque y que en este entorno expositivo adquiere una resonancia particular. Este cuarto núcleo también alberga obras más cercanas al imaginario consolidado del arte político como el caso de Violencia (1972), de Juan Carlos Romero o dos de las fotografías de la serie Suicidios (1998), de Oscar Bony en las cuales las palabras culpable-inocente y la mirada del artista o sus ojos cerrados interrogan frontalmente al espectador. La imposibilidad de la palabra, su constricción brutal, se observa en la literalidad de un dibujo de Silvia Brewda y, por último, ocupa un espacio notorio una investigación fotoperiodística de Leandro Katz sobre la figura de Mónica Erlt, la militante y guerrillera germano-boliviana vengadora de la muerte de Ernesto Che Guevara; una investigación que le llevó nueve años de trabajo y en los que utilizó imágenes encontradas en medios de comunicación, dibujos producidos por la policía y fotografías trabajadas manualmente.

La finalización del relato de esta exposición debe leerse en consonancia con su inicio, como un ejercicio de simetría en donde la instalación pictórica Instauración Institucional (1994), de Luis Felipe Noé funciona como conexión historiográfica entre las producciones de la postdictadura con la de los años 60. En la obra de Noé convergen las preocupaciones inherentes a su trayectoria y las reflexiones en torno a las tensiones y las conflictividades que se presentan entre la consolidación de la institucionalidad del nuevo orden democrático y las demandas colectivas. El caracter fragmentario, inestable, donde abundan referencias a próceres y a símbolos, recuerda la presencia de las contradicciones sobre las que fue erigido el país. En el resto de las obras que pueden observarse se detectan las huellas de la transición hacia la democracia como las correspondientes a sus primeros años. Aquí se encuentran trabajos de Ana Eckell, Alejandro Santamarina, Duilio Pierri y Juan José Cambre, artistas relacionados con la vuelta de la pintura y con la influencia ejercida por la transvanguardia. En el último sector, se subraya la debacle dictatorial con la Guerra de Malvinas como punto de inflexión y las primeras manifestaciones de los movimientos de derechos humanos. Contemporáneas al conflicto resultaron la pintura de Carlos Uría, La Sra. Thatcher (1982) y el collage Convocatoria al servicio (1982), de Gabriel Salomón, en el que integra a la obra su propia carta de llamado a filas. Vinculada a este tema también se encuentra un proyecto de Marta Minujín de una estatua de Margaret Thatcher que debería tener una altura de 17 metros y que nunca fue realizada. En cuanto a la actividad de los movimientos de derechos humanos, éstos son referidos por una obra de Marcelo Brodsky. En ella establece una correspondencia entre los protagonistas de los reclamos por los derechos civiles en EE.UU como Martín Luther King y el rabino Abraham Heschel y su discípulo, el rabino Marshall Meyer, quien fuera miembro de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos e integrante de la CONADEP.

Afrontar los hechos del pasado desde la perspectiva analítica en tiempo presente que puede ofrecer un cuerpo de obras extraordinario, como el que se muestra en La memoria de la colección: El Moderno en el Parque, significa una gran oportunidad para trazar conexiones entre lecturas historiográficas ya consolidadas y otras que permanecían disponibles, latentes, y así ensayar nuevas constelaciones de representación. Mediante ellas, el arte refrenda un poder crítico que es capaz de tramitar y no dejar solapadas en el silencio, las situaciones traumáticas que sociedades como la argentina tuvieron la mala fortuna de atravesar.

La memoria de la colección: El Moderno en el Parque

Parque de la Memoria – Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado

Hasta octubre 2026

HorariosSala PAyS

Martes a viernes: 11 a 17 h

Sábados, domingos y feriados: 11 a 18 h

Entrada libre y sin costo.