Nota publicada online
Jerónimo Salvatierra construye imágenes hipotéticas valiéndose esta vez de la arquitectura de los dos paisajes entre los que oscila.
Jerónimo Salvatierra habita un territorio elástico y antagónico. Un terruño dividido por una espina elevada y dorsal que delimita diferencias y tensiones. Mientras Santa María, localidad encallada en el corazón de los valles atesora conciencia y saberes ancestrales, Tucumán se percibe presuroso y estridente.
Habitar en simultáneo estas dimensiones dispares y paralelas, supone una forma de extranjería persistente que construye una identidad sola y particular. En este movimiento pendular, mirar hacia atrás implica indefectiblemente el encendimiento de la nostalgia y un necesario ejercicio de orientación. El paisaje añorado es siempre el otro. Es esa extensión contraria que llama desde el horizonte con el fulgor de los espejos. Y es allí donde se produce una dislocación: mientras un lado insiste en una lógica del sosiego, el otro impulsa al movimiento inmediato. Y mientras el extravío acontece, las contradicciones del cuerpo en cada lugar resultan evidentes hasta que se acomoda.
Sin embargo, este desplazamiento no se experimenta únicamente en términos de pérdida. Implica (afortunadamente) una ampliación (hermosa, y por ello poética) de lo que se vive y se experimenta. Cuando la ciudad nos sumerge en la complejidad, la disparidad y el conflicto obligándonos a desarrollar estrategias de interpretación más veloces y sofisticadas, el paisaje del anverso se ofrece pausado, nos contiene y nos cobija con lo justo y elemental.
Jerónimo, como habitante sincrónico, lleva consigo una memoria que no termina de contaminarse, una reserva de sentido manso que resiste, una cantidad exorbitante de recuerdos movidos entre un viento arenoso y frío y la humedad que las yungas exudan. Los rastros hechos de silencios, de ritmos otros, de una forma de habitar sosegada y atemporal operan como elementos diluyentes para asimilar la urbe desde la interrupción o la interferencia.
Habitar dos mundos implica ceñir el cuerpo entre dos extremos. Demanda fluctuar entre el zumbido y la quietud, entre el sopor del día y la frescura de la noche, entre la rigidez del cemento y la ductilidad del adobe. Supone una predisposición amoldable y reversible para transitar dos orillas como si fuesen una. Bajo este pulso, Salvatierra construye imágenes hipotéticas valiéndose esta vez de la arquitectura de los dos paisajes entre los que oscila.
Que sea el viento un muro insinúa una apreciación. Es un suceso esquemático y transitorio donde el traductor de la memoria (la de Jerónimo, en este caso) apelmaza los paisajes y los vuelve magma. Es un boceto ensayo que, aunque sugiera una posibilidad de amalgama, mantiene un deseo férreo por que las cosas se mantengan en esos extremos donde (y como) están.
Javier Soria Vazquez
Tucumán, marzo 2026