Nota publicada online

domingo 16 de agosto, 2026
Ides Kihlen
La libertad todavía suena
Costa Peuser, Marcela
por Marcela Costa Peuser

A un año de la muerte de Ides Kihlen, la publicación de un libro largamente trabajado permite recorrer y dimensionar el legado de una artista excepcional. Con textos de Andrea GiuntaAndrés Duprat y y numerosas reproducciones de sus pinturas, el volumen se presenta acompañado por una muestra curada por Sandra Juárez en el Espacio Plaza Castelli. Dos maneras de recordar a una mujer que hizo de la creación un espacio cotidiano de libertad.

Ides Kihlen pintó durante cien años.

No para exponer. No para recibir premios. Tampoco para ocupar un lugar en la historia del arte.

Pintaba porque esa era su manera de estar en el mundo.

Nació en 1917, en un pequeño pueblo del Chaco santafesino, cerca del río. Entre sus primeros recuerdos aparecía una cuna. Una pared blanca. Las sombras de hojas enormes moviéndose sobre ella. También la lluvia, proyectada como un dibujo incesante.

¿Habrá comenzado allí su sensibilidad?

¿En esas formas fugitivas que la luz creaba y deshacía frente a sus ojos?

Ides fue un ser libre. Estudió pintura y música. Se formó con Pío Collivadino y Vicente Puig y pasó por los talleres de Juan Batlle Planas, Emilio Pettoruti, André Lhote y Adolfo Nigro. Estudió Historia del Arte, recorrió museos y exploró lenguajes diversos. Pero nunca se dejó encerrar por ninguno.

No siguió modas ni tendencias. No le interesaba la visibilidad. Durante décadas trabajó en la intimidad, impulsada únicamente por la necesidad de crear.

Y creaba todos los días.

Pintaba por la mañana. Tocaba el piano. Componía. Volvía a pintar. Al final de la jornada, brindaba.

Su obra no obedecía a un proyecto de carrera. Era una práctica vital. Una forma de autonomía.

Andrea Giunta sostiene que la pintura era el espacio que Ides fundaba cada día: un tiempo propio, una experiencia sobre la que solamente ella decidía. La abstracción fue, en ese sentido, un lenguaje de emancipación.

Frente a la tela podía separarse de las obligaciones cotidianas y entrar en otra temporalidad. Allí importaban el ritmo, las tensiones, los silencios y las relaciones entre las partes. Manchas. Líneas. Texturas. Papeles recortados. Fragmentos pintados y pegados.

Elementos mínimos capaces de construir un universo.

Ides asignaba un color a cada nota musical. Por eso, quizás, sus pinturas todavía pueden escucharse.

Sus líneas bailan. Los signos se desplazan como sonidos. Pequeños fragmentos de color flotan sobre fondos luminosos y cada composición respira siguiendo su propio compás. A veces contenido. Otras, jubiloso.

Nada permanece inmóvil.

Como señala María Florencia Galesio, su obra puede evocar las abstracciones de Paul Klee, Vasili Kandinsky y Joan Miró. Sin embargo, Ides recorrió un camino independiente. Reivindicó lo artesanal, el collage, el color, la materia y la textura. La intuición y el juego impulsaron su creatividad. Ides dialoga con la historia de la abstracción, pero construye un lenguaje absolutamente propio.

Experimentó con escobas, pintura fluorescente, papeles, telas y objetos encontrados. Durante la pandemia recortó, pegó, frotó y estampó las yemas de sus dedos sobre las superficies. Sus manos se convirtieron en la herramienta más directa.

“Mi día de trabajo es todo el día”, decía.

No quería ser observada mientras pintaba. En los registros audiovisuales aparece casi siempre de perfil o de espaldas. El centro no debía ser ella. Debía ser la obra.

Era exigente. También implacable. Mucha de su producción se perdió porque la destruía o volvía a pintar sobre ella. No todo merecía sobrevivir a su mirada crítica.

Su universo comenzó a hacerse público recién en el año 2000, cuando Augusto Mengelle descubrió sus trabajos y los presentó en arteBA. Ides tenía más de ochenta años. Llegaron entonces las exposiciones, el interés de la crítica y de los coleccionistas y los primeros reconocimientos institucionales.

A los cien años, el Centro Cultural Kirchner y el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires celebraron su producción. Pero fue en 2022, cuando cumplió 105, cuando su obra ingresó plenamente en la historia del arte argentino.

El Museo Nacional de Bellas Artes presentó Homenaje a Ides Kihlen, una exposición curada por María Florencia Galesio que reunió cinco décadas de producción. Desde sus primeras experiencias automáticas —en las que pintura y música ya aparecían profundamente enlazadas— hasta la serie Pandemia, dominada por el blanco y el negro.

La sala se convirtió en una gran partitura.

Fue mucho más que un homenaje por su longevidad. Fue el reconocimiento de una obra sostenida durante un siglo con rigor, coherencia y absoluta libertad. La confirmación institucional de una voz singular que se había construido lejos de las modas y de los circuitos de legitimación.

Andrés Duprat la definió entonces como “uno de los secretos mejor guardados de la plástica argentina”.

El nuevo libro prolonga y profundiza aquel reconocimiento.

Resultado de varios años de investigación, selección y trabajo editorial, el volumen permite aproximarse a la verdadera dimensión de su producción. El ensayo de Andrea Giunta construye una lectura lúcida de su vida y de su obra, mientras las numerosas reproducciones revelan la amplitud de una poética que nunca dejó de transformarse.

No es solamente un libro homenaje.

Es archivo. Memoria. Documento.

Y, sobre todo, una herramienta fundamental para situar a Ides Kihlen en el lugar que le corresponde dentro del arte argentino.

Su presentación está acompañada por una muestra en el Espacio Plaza Castelli. Con curaduría de Sandra Juárez, reúne cerca de cuarenta trabajos pertenecientes a su última producción. Algunos permanecían guardados y enrollados. Ni siquiera sus hijas, Ingrid González Monteagudo y Silvia González Kihlen —responsables de cuidar y proyectar su legado— los habían visto.

Son obras que vuelven a la luz.

En la intimidad de este espacio, el encuentro permite observarlas de cerca. Descubrir sus capas, sus gestos y sus ritmos. Volver a escuchar aquello que Ides dejó vibrando en cada superficie.

Conmemorar significa recordar juntos.

Pero recordarla no es detenerla en el pasado. Es hacer circular su obra. Estudiarla. Publicarla. Volver a mirarla. Permitir que dialogue con nuevas generaciones.

Su piano está en silencio.

Su música, no.