Nota publicada online

martes 17 de mayo, 2022
Herbin, Stupía, Van Marrewijk y Videla
Una Muestra Festiva en la UCA
por María Carolina Baulo
Herbin, Stupía, Van Marrewijk y Videla

La UCA presenta "La canción de la Tierra”, cuatro miradas sobre la Naturaleza

Sin preconceptos, los artistas que integran la muestra "La canción de la Tierra”, cuya curaduría lleva el sello del inconfundible Eduardo Stupía -siendo él mismo, además, uno de los que participa del relato con sus obras- se aventuran a una interpretación en clave personal de una propuesta que los hace reflexionar sobre su vínculo con la tierra. Y no es necesariamente al planeta Tierra al que se hace referencia, sino a esa experiencia inmediata de ese territorio que habitamos, transitamos, pisamos, cuidamos y tantas otras veces, maltratamos y damos por un hecho todas sus maravillas. Pero basta una invitación a hacer un trabajo conjunto con artistas que llevan consigo una infinidad de recursos a los cuales recurrir para hacer sonar sus obras en una vibración afín, para que, al decir de Stupía entre todos “conjeturamos que quizás se trata de un coral polifónico, y que habíamos leído las notas y las señales de esa música terrenal con una empatía experiencial equivalente, y a la vez con las variaciones y diversidades que se resguardan en la elocuencia de cada uno.”

 

Son cuatro las miradas que abordan el terreno de la naturaleza y el paisaje con sus protagonistas, ante todo vegetales, poniendo el acento en espacios, relaciones, elementos y habitantes de esa tierra que deja en evidencia la “pincelada” de cada uno de estos cuatro mosqueteros cuando el espectador está frente a sus trabajos. La estética propia construida a lo largo de décadas de trabajo hacen que el abordaje del tema nunca sea parecido al de otro artista, ni en su figuración, dinámica interna de la composición, dispositivos, dimensiones, soportes y materiales, texturas visuales aun cuando abunda la figuración, la planimetría, los formatos grandes así como el maravilloso recurso de los polípticos conformados por piezas de pequeño formato, las cuales atacan como una paliza al ojo, actuando todas juntas con una potencia igualadora a cualquier trabajo de dimensiones monumentales. Además, algunas obras, se presentan en miniaturas que requieren la acción del visitante, como pequeños juguetes de antaño accionados por manivela; curiosidad que tiene a Videla como productor.

Tres artistas al menos, cumplen con ese recorrido vasto, reconocido y consagrado: Juan Andres Videla, Emma Herbin y el ya mencionado Eduardo Stupía. Sin embargo, en su nobel participación, las obras de Corina Van Marrewijk se sostienen dignamente en medio de un ambiente cálido y amigable como solamente las obras de los grandes maestros puede brindar para una primera aparición en público con objetos que aluden a la naturaleza y sus frutos, suspendidos a lo largo de todo el recorrido, acompañando la abundante planimetría sobre paredes. En la gran sala del Pabellón de las Bellas Artes de la UCA, se despliegan relatos personales, visionarios, introspectivos, surrealistas, ninguno de ellos portadores de una mirada fotográfica cuasi literal sino que aportan al espectador un fantástico recorrido por un espacio enorme que encierra aproximaciones íntimas a esos vínculos que cada uno de ellos establece con la naturaleza, a esa comunión entre el ser humano que habla a través del artista y pone en su obra el resultado de la interacción silenciosa con la Madre Tierra. Se suma entonces a esa mirada de Eduardo, siempre vibrante, eneŕgica y contundente en su presencia material, en la intensidad del trazo marcado por la fuerza que la mano le imprime al grafito, la experiencia sensible de Emma Herbin quien me cuenta que “Fauna Argentina forma parte de la serie de trabajos realizados con birome sobre telas antiguas. Una serie que nació continuando unos rollos que dibujaba en la calle a modo de croquis de viaje. La sábana doble antigua, que es el soporte de Fauna Argentina, me acompañó durante 10 meses en mi bolsón de un lado a otro. Y en cada momento que tenía libre dentro de esta vida tan demandante, la sacaba y comenzaba a dibujar lo que me rodeaba. El tema fue la naturaleza, los animales salvajes, el campo, mi pulmón de aire. En el taller terminaba de configurar la composición general con animales más detallados los cuales se entrelazan con los micro mundos”.  

Pasando al universo de Juan Andres Videla, la búsqueda y conexión con lo que nos rodea, nos lleva como espectadores a viajar de la mano de un artista curioso, inquieto e irreverente; cuenta Videla: “La naturaleza me ha atraído siempre en cada una de sus formas. Sin embargo no diría que es su belleza lo que captaba  mi atención, sino más bien lo que me dejaba azorado era el puro misterio de la creación. Cómo podía ser, me preguntaba, que eso estuviera ahí frente a mis ojos con tal grado de perfección y naturalidad.  Algo así como una curiosidad sin fin acerca de la naturaleza de las cosas y sus procesos de gestación, crecimiento, vejez, muerte y funcionamiento. Por no hablar de su razón de ser en el Mundo y el sentido de todo aquello que nos rodea. Estas preguntas, esta curiosidad se convirtieron inmediatamente para mi en un aprecio directo por esa maravillosa estructura inconmensurable e incomprensible. Que no necesitaba explicación alguna para ser experimentada. Lo cual, me llevó sin escalas al deseo simple de querer tener un gesto en sintonía con ese flujo de vida. Pintar se convirtió así en mi forma  precaria e intuitiva de investigar y acercarme a la vez a esa energía que todo lo crea. De allí surgen a veces obras en sintonía con ese flujo. Y si bien aprender a pintar requiere mucho trabajo técnico  y entrenamiento, paradójicamente, hoy las obras se crean casi sin esfuerzo y por sí mismas. Y yo trato de seguirlas en su dictado. Como frutos y consecuencia espontánea de esa sintonía. Dijo Eduardo que esta muestra era “festiva y no ideológica” y yo me siento muy afín a eso hoy; es una especie de agradecimiento por la vida. Sin fronteras”.

Por su parte Corina Van Marrewijk me relata su experiencia escultórica y, personalmente destaco las obras que se despliegan en una pared donde conforman una instalación suspendida que recibe los ecos de sus sombras potenciando la presencia tanto visual como material de cada trabajo que replica una flor, una verdura o una fruta en tamaños naturales en unos papeles sutiles y frágiles. Dice Corina: “No sé definir muy bien el origen de esto que hago, no diría que es misterioso pero sí que fue (y es) un proceso que en algún momento tomó vida propia y yo fui siguiendo. En principio todas las plantas siempre me parecieron un milagro. Empezando por sus limitaciones aparentes (no tienen la movilidad de tantas otras especies vivientes, por ejemplo), siguiendo por los recursos que instrumentan para adaptarse y terminando en lo complejísimo de su arquitectura. Diseccionar una flor con el cutter es un festival de sorpresas: cómo está diseñada cada parte, cómo encajan unas con otras y la perfección de los “materiales”. Sumada a esta admiración siempre estuvo mi interés por la ilustración botánica. Estos son los dos factores de los que resultan estas esculturas y mi intención de materializar esas ilustraciones, de darles cuerpo. El papel es el material con el que siempre tuve absoluta afinidad y que siento que se adapta a todas las formas que quiero traducir. Es maleable, sutil y lo puedo pintar de mil colores. Y la lista de plantas y flores es infinita”.

El espectador es invitado a recorrer un despliegue de estéticas inconfundibles, únicas, reconocibles pero que integran en este caso un canto común que celebra la vida que nos rodea y no siempre nos detenemos a mirar, ya no como artistas sino como huéspedes de este entorno que se nos brinda y nos da cobijo, hogar. Sin bajadas de líneas ideológicas  -como decía Stupía a Videla-, La Canción de la Tierra es también una canción a la Tierra, un homenaje de la mano de notables creativos que siempre logran aportar una lectura superlativa, creativa, sensible a la vida de los simples mortales como yo.

Yuyo Noé recorre la sala