Nota publicada online

jueves 15 de septiembre, 2016
Gustavo Dalinha en el Palacio Duhau
Obra concebida con cuerpo y alma
Costa Peuser, Marcela
por Marcela Costa Peuser
Gustavo Dalinha en el Palacio Duhau

El Paseo de las Artes del Palacio Duhau exhibe obras producidas por el artista en sus talleres de Buenos Aires, Berlín y Porto Alegre. 

Nada es casual en la vida de Gustavo Dalinha. El hombre de la línea, el artista de la frontera, nació en 1961 en la Frontera de la Paz, entre Santa Ana do Livramento, Brasil, y Rivera, Uruguay y migró, en enero de 1989 a Berlín Occidental, meses antes de la caída del Muro donde estableció su taller en el que aún sigue trabajando seis meses al año. Un año después descubre, en Madalascar, el material con el que desarrollará la obra que lo identifica: el papel Antaimoro. Un papel de origen milenario íntimamente relacionado a la sabiduría, la historia y la trascendencia ya que en él, los Kalibo -guardianes de las tradiciones locales- escribían sus conocimientos del Corán, astronomía, medicina, matemáticas y adivinación para trasmitirlo a las generaciones venideras.

En sintonía con este hallazgo, Dalinha, de 1990 a 2000 forma parte de un Grupo de Estudios del Cuarto Camino, para el Desarrollo Armónico del Hombre. Su pintura dio un giro radical. Este nuevo soporte, el papel producido a partir de la corteza del Avoha -similar al árbol de la mora-, de fibras mucho mas largas y finas que el algodón, le brinda posibilidades increíbles por su fortaleza y maleabilidad. Al mismo tiempo comenzó a preparar el mismo sus colores con pigmentos puros y aglutinantes acrílicos a los que le agrega, en muchos casos, óxido de hierro y arena mineral de cuarzo. El papel, al que se le atribuyen propiedades alquímicas pues “ha sido secado a la luz de la luna y al calor del sol, captando toda su energía” hace lo suyo y el resultado queda a la vista en las paredes del Paseo de las Artes del Palacio Duhau donde están expuestas hasta el 3 de octubre.

Penduricalhos realizados en papel Antaimoro

Dalinha, no pinta paisajes tampoco figura humana. Su pintura tiene otra intensión. En la obra del artista está presente la cruz como elemento que señala los dos niveles del hombre; el del tener (plano horizontal) y el del ser (plano que se eleva). El budismo tibetano habla de las cuarto emociones negativas del hombre que al combinarse –de la misma manera que lo hacen los colores primarios- producen nuestra enfermedades. Con sus pinturas Gustavo Dalinha intenta mantenerse y mantenernos despiertos para no nos habiten la envidia, la avaricia, el miedo y la rabia.

Sin dudas, una obra concebida con cuerpo y alma.

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