Nota publicada online

miércoles 20 de agosto, 2014
Fabio Kacero
despliega su magia en el MAMBA
por Pilar Altilio
Fabio Kacero

Detournalia es un ejemplo de cuando combinan bien arquitectura, propuesta y producción. Pues invita a un paseo por espacios determinados, asociados a dispositivos de comunicación como la sala de cine, el libro en un escaparate de exhibición, la sala de lectura o el diorama. 

Se inicia en el hall, es decir fuera de sala, con la batería cargada de nieve que en su tambor principal deja el primer texto, introductorio a cualquier muestra. Sigue por una casi hipnótica línea de mesas apenas iluminadas, en donde se pueden leer muchas de las más de veinte mil palabras inventadas a lo largo de los años, que no significan nada pero que son un ejercicio creativo y también un juego de sonoridades que aparecen cuando nos detenemos en las curiosidades de Nemebiax. Es difícil no seguir esa línea que parece infinita, pero hay otras situaciones dentro de la sala, cada una creando un ámbito preparado para la recepción de una obra que resulta difícil asir con poco tiempo. Pues la materia que cubre tanto la batería como el diorama, esa nieve que vuelve más ajena la utilidad de las cosas y trae al presente una instalación que recordamos se hizo en un Estudio Abierto en el viejo correo, hace del tiempo un actor silente pero necesario. Una de las tantas escrituras de otros escritores convocados a interactuar con estas piezas, señala la paciencia como una cualidad discernible en su obra. Paciencia que alude a la forma de elegir el material, de demorarse en algunos rituales cotidianos, en el juego que Fabio propone, ya fuera de aquellas piezas de encanto sutil que funcionan sólo en la memoria, ajenas a este recorrido, salvo por la pieza de capitoné que se puede ver en una de las paredes de la instalación Nieve indoor.

También es una muestra de contenido autobiográfico. Es él mismo quien aparece en las versiones del “muertito” del film Totloop, curiosa en el anacronismo del proyector y el color de la película y en la otra, que recupera una crítica demoledora publicada en ocasión de la exhibición de esta pieza en Nueva York, exorcizada por una lectura tipo mantra del propio artista. Ese juego de dobleces donde el texto es una parte del mismo sujeto narrado por otro, hace visible el modo en que se aplicó a escribir con la caligrafía de Borges, imitando todos sus rasgos y llevando el juego borgiano de la duplicidad de un texto escrito por otro en otro tiempo: Kacero, Borges y Pierre Ménard.

     

Las dos versiones de carteles “a lo argentino” que evocan las manualidades del sur hechas sobre madera, para determinar ciertos templos sagrados como el MOMA o la Tate Gallery, destilan otro tipo de ironía donde las capas de sentido operan de un modo complejo: como deseo desacralizando y a la vez usando el nombre como un sustituto poco cercano del sistema que aluden. Esa misma ironía, curiosa y a vez totalmente inútil de pedirle al espectador que asista al listado de nombres que, presentado como un casting de cualquier film, enumera las personas que él mismo conoce. O lo hace seguir un dispositivo de línea de tiempo que corta la secuencia de imágenes con un texto sobre fondo negro, pero que no intenta ninguna narración coherente sino una suma aleatoria de capturas en distintas situaciones.

Un periplo valioso, disfrutable por los que somos buenos lectores y apreciamos las pautas de un juego que funciona con el tiempo suficiente para incorporarlo en su despliegue.

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