Nota publicada online
En la Sala Bonino de la Fundación Klemm se exhibe A propósito de nieve derretida, un proyecto de sitio específico de Fabián Bercic. Acompañan a las obras un video que describe el proceso de trabajo llevado a cabo por el artista y un texto escrito por Eva Grinstein.
Fabián Bercic (Lanus, Buenos Aires, 1969), se ha definido a sí mismo como un gran cultor de los oficios. Nadie que haya asistido a alguna de sus exposiciones podría objetarlo. A lo largo de su trayectoria ha demostrado un brillante manejo de diversas materialidades: madera, resina y fibra de vidrio, entre otros elementos, han sido mediadores privilegiados de su singular poética. Ello es producto de una amalgama biográfica que alberga aspectos de su historia familiar, de su formación profesional así como de su experiencia laboral en un ámbito extraartístico. Algo del celo obsesivo por las formas parece deducirse de sus estudios de diseño gráfico en la UBA al tiempo que su rigurosidad por la exactitud de los procesos puede sospecharse que devienen de su desempeño pasado en Ford Motors Argentina, donde fue operario en línea de producción primero y auditor de calidad después.
Durante sus últimos años en esa compañía automotríz fue cuando comenzó a asistir al taller de pintura de Héctor Medici y al de escultura de Betina Sor hasta que en el año 2001 dejó su trabajo y privilegió su producción artística. En este cuarto de siglo transcurrido, sus obras no han dejado de ser reconocidas por la crítica y por una sucesión de importantes premios, entre los que vale destacar el Primer Premio Fundación Klemm en 2003, el Primer Premio de Escultura del Salón Nacional de Artes Visuales en 2017 y el Premio Azcuy en 2021.
A propósito de nieve derretida es consecuencia, precisamente, de aquel premio otorgado por la Fundación Klemm. En aquella oportunidad, Bercic optó por diferir la fecha de su exposición, la cual, finalmente, se ve llevada a cabo este año en la Sala Bonino. La oscuridad que impera en ella, sólo quebrantada por la iluminación concentrada sobre las obras, genera una atmósfera que favorece una particular clase de intimidad entre ellas y el visitante. Sin alterar dicha cercanía, el recorrido ofrece dos instancias que condicionan el desplazamiento y los puntos de vista que son posibles de establecer en ese espacio. Se podría suponer que una se brinda en relación con un eje desde el cual la mirada puede desenvolverse sin interrupción, mientras que la segunda puede resultar periférica, casi elíptica.
En ese primer núcleo, un dispositivo poligonal, que sirve de soporte a las piezas, se concentra en el centro de la sala de tal forma que parece pensado para rodear al espectador y ofrecerle una continua narración panorámica. Hay allí, en cada segmento, un guiño a la práctica pictórica que se enlaza armoniosamente con las figuras que se despliegan en ellos. La disposición enlazada de espirales, rectas y diagonales confeccionadas por Bercic en resina poliester de manera inmediata recuerdan a las pinturas de Kazuya Sakai (1927-2001), el pintor argentino de ascendencia japonesa que, además de haber sido un puente entre la cosmovisión del país oriental y América Latina, se caracterizó en una de sus etapas por desplegar módulos serpenteantes de vibrantes colores. Las citas a referentes de la historia del arte argentino no son extrañas en el periplo de este artista. Quizá el ejemplo más notable de ello fue su proyecto La montaña concreta (2021), por el cual obtuvo el Premio Azcuy y en el cual homenajeó a Gyula Kosice, Lidi Prati, Raúl Lozza y a Tomás Maldonado, entre otras personalidades desatacadas. En cuanto a las formas también consignan a las que practicó en Jardín Zen (2008), en el Museo Blanton de Houston, EE.UU, aunque, a diferencia de aquel, en el caso presente, el cromatismo se encuentre restringido y recuerde más a aquellos ascéticos jardines que los monjes trazan con arena o grava con rastrillos para formar líneas que imitan olas o corrientes.
En la segunda parte, en esa zona límite, sobre severos bastidores de madera, se manifiestan dos piezas de diferente extensión. Ambas semejan enredaderas en las que el grosor de los tallos prevalece por sobre la escasa cantidad de hojas que se diseminan de modo irregular a lo largo de ellos. Sin embargo, el artificio ostensible aferrado a éstas es el que permite la asociación con su referente natural. Al igual que en el mundo vegetal, sus estructuras trepan abigarradas a través de las superficies que las contienen, demostrando su obstinación, su persistencia y su vitalidad, aunque sin una guía, una matriz perceptible. Figuras anilladas, concéntricas, ovaladas, en pocos casos angulares, conforman sus circuitos, oscilando en su densidad. La paleta seleccionada por Bercic, contraria a lo que podría suponerse, no remite a las características genuinas de estas plantas, sino que toma distancia; prefiere inclinarse por tenues grises, el amarillo pastel y, en menor medida, por fragmentos de tonos rosados con un suave matiz anaranjado, los cuales provocan efectos cálidos y una oscilación lumínica que afecta al dinamismo de las obras en su generalidad. Se puede señalar, además, que en estos dos casos al artista ha optado por reducir los aspectos ornamentales que caracterizaron a otros trabajos anteriores, que atendían temas similares, prefiriendo aquí resaltar una versión más austera.
Cierra la exposición un video grabado en los Talleres del Paseo ubicados en el barrio de La Boca, en el cual se observan todos los pasos correspondientes al proceso de elaboración de las piezas puestos en práctica por Fabián Bercic para esta ocasión. En él se aprecia no solo su particular conocimiento de los procesos, sino el grado de concentración que es necesario administrar para alcanzar un resultado óptimo, no exento de riesgos físicos, y que confirman su gran estima por los oficios. Al respecto, dice Eva Grinstein en su texto: "Nada está librado al azar, todo responde a una planificación milimétrica que el artista inicia cuando diseña los dibujos que darán lugar a los moldes que serán llenados con resina y fibra de vidrio que luego será extraída y lijada hasta el cansancio". La pulcritud del acabado y la sobria sofisticación final alcanzada en el conjunto así lo aseguran.
En un pasaje al comienzo de la novela País de nieve (1948), de Yasunari Kawabata, el protagonista elige contemplar el rostro de una joven desconocida a través del reflejo que le ofrece la ventanilla del vagón en el que ambos viajan, en lugar de observarlo de modo directo, ya que así logra establecer una distancia que le permite apreciar su belleza sin sus contingencias. La nieve al derretirse en primavera ofrece espejos de agua donde la naturaleza puede reflejarse. Esas imágenes ya no son solo una representación del mundo, son fragmentos de realidad que afectan la manera en que lo comprendemos. En la proliferación de tallos, hojas, volutas, que ocupan la sala Bonino se advierte algo de esa intencionalidad con el fin de aprehender y descifrar la gracia en otro estado; aquel que implique un desapego hacia los infortunios de la inmediatez.
Fundación Klemm
Marcelo T. de Alvear 626, Galería Embassy, 1er subsuelo, CABA
Lunes a viernes de 11 a 19 hs.
Hasta noviembre de 2026