21 septiembre 2018

Nota publicada online

miércoles 18 de mayo, 2016
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Erlich y Roig en el MUNTREF
Dos contemporáneos en un espacio con historia
por Pilar Altilio

Un recorrido de dos importantes artistas contemporáneos, Leandro Erlich y Bernardí Roig que se plantea con presencias o evocaciones, con movimientos sutiles y construcciones impactantes, cada uno en lo suyo trabajando en un espacio histórico cargado de memorias. 

Un edificio que poco a poco se va llenando de otras historias pero que evoca en detalles clarísimos un pasado, unas huellas que son imposibles de soslayar, por ello tanto Erlich como el mallorquí Roig hicieron mención al inmueble que alberga las dos muestras.

El impacto de Roig puede notarse apenas se accede a uno de los ascensores, una figura de tamaño natural pero totalmente blanca, opaca e iluminada por su propia luz adosada, como si fuese un dibujo tridimensional, acompaña la fugacidad del tránsito que tiene el ascensor con pared vidriada. Roig comentó que su trabajo exhibido aquí tiene dos partes bien claras, los dibujos que algunos nunca se habían presentado públicamente y las figuras, de las cuales eligió sólo algunas, se encuentran diseminadas a lo alto de los pisos y en muchos casos es necesario buscarlas para poder verlas.

El comentario que le pedí me hiciera tiene que ver con el uso del tubo fluorescente como parte de la obra. Roig está seguro que debe diseñar la forma en que se ilumina y que el tubo, tan común como impersonal y ficticio, le asegura disolver aún más los contrastes con el fondo de esas figuras naturalistas -ya que son copias de cuerpos reales-, pero totalmente evanescentes por las cualidades de superficie y ese cuidado ángulo iluminado.

Es posible seguir uno a uno como personajes en busca de un autor de Pirandello. Roig argumenta que uno de sus propósitos para plantear la exhibición junto a la curadora Diana Weschler fue apelar a la memoria, a los mitos del inmigrante, a las huellas que fueron dejando miles de todas partes del mundo. Por ello hizo un dibujo sobre la mesa de mármol comunitaria que plantea dos tiempos, el de la presencia del personaje masculino que piensa en su mujer ausente, imagen que una vez tallada, se filma y se proyecta sobre uno de los accesos, directo al piso, de manera que debemos pasar por aquellas memorias y volver a preguntarnos por los evocados.

El gabinete de dibujos tiene algo más que la cocina de un gran dibujante, tiene parte de sus obsesiones, de sus trabajos sobre la expresividad del cuerpo y del rostro de seres comunes sin ninguna determinación de belleza previa asumida como canon, mejor lo más cotidiano pero cargado de expresión. La sutileza de la iluminación también alcanza a este grupo de salas y forma parte de la misma obsesión del artista español por un tipo de alcance del haz luminoso sobre la obra.

Leandro Erlich invita a otro juego, con otro ritmo de percepción y por cierto otro tipo de desplazamiento del espectador, mucho más reglado y ordenado. La impecable manufactura de las piezas es un tema que sobresale, imposible no ver esa cualidad llevada al extremo de poder “inmovilizar” las sombras de los barquitos, captando ese lapso fugaz de tiempo en forma permanente. Aquello que se mece suavemente en el muelle es un dispositivo robótico ideado por el equipo de la UNTREF especialista en el área, funciona hipnóticamente y es más bello en total silencio, ya que el sonido se puede evocar, de lo que no hay duda es de haber entrado perfectamente en el sistema perceptivo y prestarle toda la verdad necesaria a aquello que sabemos es una pieza compleja montada de forma que se vea de determinada manera.

Nuestra percepción llena huecos, aporta memorias a esa pieza que ya es un espacio destinado a viajar de algún modo. Aquellos barcos parecen más los de una travesía de parque de diversiones, de emociones controladas, por su colorido y dimensión, pero son un bote al fin con todas las connotaciones semánticas que ello ofrece, trabajadas a lo largo de toda la historia de la humanidad, el bote como pasaje a otra dimensión, como viaje iniciático.

Una muestra para no perderse, donde el espacio del hotel de inmigrantes vuelve a dar un giro hacia lo contemporáneo de la mano de un equipo altamente preparado como el que lideran Jozami y Weschler.