Nota publicada online

viernes 6 de marzo, 2026
Difícil decir adios en el Borges
El pasado nunca queda en el pasado
por Alex Zuy
Obra de Diana Schifer
Obra de Diana Schifer

Difícil decir adiós, es una nueva exposición colectiva curada por Daniel Fischer, esta vez en el Espacio Berni del Centro Cultural Borges, que presenta obras de más de 40 reconocidos artistas nacionales e internacionales y que propone una reflexión sensible sobre los procesos de despedida, transformación y pérdida privilegiando la experiencia perceptiva antes que la narrativa.

Vista de sala

Este nuevo ensayo curatorial de Daniel Fischer se posiciona como el último eslabón, hasta el momento, de una serie cuyos antecedentes fueron Breve historia de la eternidad (2023) y ¿Cuánto pesa el amor? (2024); ambos presentados en el Centro Cultural Recoleta. Si el primero estaba imbuido por las circunstancias postpandémicas, apelaba a Jorge Luis Borges, a Dante Alighieri y al comienzo de una experiencia familiar, su continuador, más allá de la presencia en el texto curatorial de citas o referencias a autores célebres, centró su peso específico en las preguntas y las agudas observaciones de una niña -su hija Yuliana- acerca de las aristas espinosas del amor. En el presente caso, la repercusión subjetiva de otra pregunta, en esta oportunidad de su hijo Constantino: ¿A dónde van las cosas cuando uno ya no está?, se amplió con interrogantes de mayor complejidad colectiva y existencial; algo que da cuenta el subtítulo de la exposición. La búsqueda de respuestas, de igual suerte que sus dos antecesoras, buscan refugio en postulados teóricos pero juegan finalmente su alcance en la pertinencia y en la sinergia de las obras de arte seleccionadas y expuestas.

Difícil decir adiós no plantea un relato lineal sino campos de afecciones, asociaciones e interpretaciones alrededor de la dimensión de lo residual. Se propone literalmente como una indagación sobre la "ontología del resto". Indagar significa investigar, es decir, seguir una huella, manifestar lo que conservan los vestigios. Los restos, sabemos, nunca son cosas del pasado, perseveran en el presente. ¿Qué se puede reactivar en ellos desde el arte? La no sucesión lineal se encuentra además reforzada por la arquitectura del Espacio Berni que ofrece pocas pausas. Algunas, no obstante, están establecidas por la propia contundencia de las obras.
Un cielo diáfano imponente pintado por María Casalins introduce al espectador en la muestra. Su estratégica disposición funciona como punto de intersección entre el mundo exterior y el que propone el conjunto de obras dentro en la sala. El contraste de magnitudes parece ser una de las características que pueden percibirse en la primera parte de esta exposición. Así parece confirmarlo una escultura monumental con rasgos anatómicos de Marina de Caro que convive junto a un pequeño paisaje sutil de Pablo Suárez, una litografía de Christo y Jean Claude, una declaración dramática de Diana Schufer, la elongada naturaleza propuesta por la fotografía digital de Angela Copello y la colorida torre de bloques Rasti planteada por el inspirador de este acontecimiento artístico, el joven Constantino Fischer Fieg.

Vista de sala

A continuación, complementando esta serie de piezas, impactan por su crudeza, los tres estudios taxidérmicos de Carolina Arias que, junto con el oso de toalla de Alejandra Tavolini y especialmente con la cordillera coloreada de Paula Senderowicz, parecen establecer las referencias necesarias para señalar la preocupación por la urgencia medioambiental en un momento más que oportuno. Cerca de ella se encuentran una video instalación de Eugenia Calvo y dos horizontes brumosos del fotógrafo japonés Hiroshi Sugimoto logrados mediante largas exposiciones que ofrecen una atemporalidad minimalista y que encuentran resonancia en la pieza que parece desbordarse desde una de las puertas de la sala de Petu de Mareca,
Cierto tono sombrío parece extenderse gracias a la maraña de grafito sobre papel abollado de Cynthia Kampelmacher y el óleo y las molduras laqueadas de Maz Gómez Canle, mientras que, un objeto de acrílico con forma de rayo de Edgardo Gimenez otorga una irrupción de energía y la prenda calada de Pablo Lehmann propone desde su título una curiosa paradoja.
Un gran acrílico sobre aglomerado de Matías Duville sirve como objeto transicional hacia el centro de la muestra donde el clima se vuelve un tanto más lóbrego. Allí es posible encontrar la obra que de manera más explícita transmite algunos de los postulados mencionados por Fischer. Se trata de Casa Rodante (2007) de Ana Gallardo, un carro-vivienda que puede ser movilizado a sangre gracias a una bicicleta. Este objeto guarda fuertes huellas biográficas de la artista quien testimonia a través de él los desplazamientos que llevó a cabo durante un año junto a su hija cuando no contaban con un hogar estable. La migración, comprendida ya, no desde el caso individual, sino desde una catástrofe colectiva, es señalada en los videos de Matilde Marín que también conservan elementos biográficos-familiares. Frente a la obra de Gallardo se yergue el Martirio de los Sebastianes (2024), de Chiachio y Giannone y el truculento taller donde Nicola Constantino se enfrenta a su doble articulada, en tanto que una muy diferente densidad la aportan el pequeño avión de madera balsa y papel de Ernesto Ballesteros y un óleo de José Marchi. Otras obras que se destacan aquí pertenecen a Delia Cancela, Francisca Rey, Hernán Soriano y Verónica Gómez.

Hacia el final del recorrido se halla incrustada sobre una columna del edificio una fotografía digital de Angela Copello que altera el orden espacial convencional, aportando una dosis de desequilibrio perceptivo o tal vez, al igual que en un relato cinematográfico, un plano oblicuo de advertencia. En cambio, contradiciendo ese aviso, la puerta de Eduardo Basualdo que se encuentra hacia su izquierda se alza vertical como un monolito. Una escultura en madera y resina de Sebastián Gordín, una fotografía de Nicolás Trombetta y una pieza en aluminio de Gustavo Piñero refieren a la corporalidad humana y a pesar de que representan diferentes registros, las atraviesa un silencio común que actúa como puente con las referencias a lo sagrado de las cruces de Mariana Tellería aunque también con los pequeños pero muy expresivos zapatos femeninos con imágenes dermatoscópicas de Celeste Martinez Abburrá. Reducida en tamaño y sin embargo de igual modo tajante es la obra en papel de periódico recortado de Jorge Macchi donde los vacíos y la palabra "Melancolía" conforman una adecuada síntesis psicológica. El epílogo de esta exhibición lo brinda la perturbadora sintaxis que se produce entre los objetos metálicos de Sofía Durrieu y la instalación escultórica de Carlos Herrera que, lejos de lo prometido por la bóveda celeste inicial, ofrecen una conclusión angustiante.
Ecléctica, ambiciosa en sus propósitos, exigente en su tránsito, abrumadora por momentos, Difícil decir adiós, aún con sus claroscuros pronunciados, nos hace sumergir y reflexionar acerca de la contraposiciones que se pueden establecer entre las temporalidades e imaginar otras interpretaciones de ellas que se aparten de las visiones históricas tradicionales. La evaluación de lo que se pueda vislumbrar en ellas dependerá de los restos que nos han constituido. 

Vista de sala

Centro Cultural Borges
Viamonte 525, CABA
Miércoles a domingo, de 14 a 21 hs
Entrada libre y gratuita
Inauguración oficial: 18 de marzo
Hasta el 11 de mayo de 2026