Nota publicada online
La Bienal de Bujará, lanzada en 2025 en esta histórica ciudad uzbeka de la Ruta de la Seda, es un evento pionero en Asia Central que busca reintegrar a Uzbekistán en el circuito artístico global, utilizando su rico patrimonio como protagonista para la curaduría de exposiciones de arte contemporáneo, con un enfoque temático como "Recetas para Corazones Rotos" para explorar la sanación y la identidad cultural a través de obras que fusionan tradición y modernidad, apoyada por el gobierno y la Fundación de Arte de Uzbekistán (ACDF).
Uzbekistán. Durante un mes, entre octubre y noviembre, se desarrolló el IV Simposio Internacional de Escultura en Piedra de Samarcanda, la fascinante ciudad uzbeka declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco (2001) y reconocida como "Encrucijada de Culturas" por su vital papel en la Ruta de la Seda y su impresionante arquitectura islámica de mezquitas y mausoleos.
Los organizadores de ese importante simposio que se establece como una referencia en la escultórica internacional, dispusieron una visita a la Bienal de Bujará bajo el lema “Recetas para corazones rotos” que instituyó la Fundación para el Desarrollo del Arte y la Cultura de Uzbekistán poniendo en escena el arte contemporáneo internacional en el corazón de Asia Central, además dando reconocimiento de la artesanía y la gastronomía local como formas de arte y proponiendo un viaje multisensorial expandido.
Visita en modo expedición
Partimos casi de madrugada y después de dos horas en tren, llegamos cuando la ciudad despertaba. A primera vista, el casco histórico parecía cumplir su rutina habitual -los comerciantes del abriendo sus puestos en el mercado, el perfume del pan recién horneado escapando de los hornos, el saludo amable de cualquiera que se cruce en la mirada-. Bastaba caminar unos minutos para percibir la vibración nueva que traía la Bienal de Bujará con una mezcla de expectación turística, orgullo local y una curiosa inquietud: ¿qué significa organizar un evento de arte contemporáneo en una ciudad que parece esculpida fuera del tiempo?
El epicentro de la Bienal de Bujará fue un antiguo caravasar restaurado, un espacio que siglos atrás había alojado a mercaderes y que hoy se convertía en plataforma para discursos estéticos globales. Las autoridades locales aseguraron que el edificio fue restaurado “siguiendo métodos tradicionales”, aunque los focos modernos y las estructuras de aluminio dejaban claro que tradición y modernidad estaban obligadas a convivir este año bajo el mismo techo.
La Bienal de Bujará 2025 -de principios de septiembre y hasta fines de noviembre- tuvo como curadora general a Diana Campbell que propuso un ejercicio de sanación cultural: reunir a artistas, artesanos, arquitectos y pensadores de más de 40 países para explorar el arte como reparador, conector y transformador. Según sus propias palabras: “Por siglos, tradiciones religiosas y culturales de todos los rincones del mundo han confluido en Bujará; hoy la ciudad se revitaliza como un corazón que vuelve a latir para el mundo”.
Reescribir la historia
La Bienal de Bujará coincide con un momento de creciente visibilidad internacional del país, que este año también fue sede de la 43ª Conferencia General de la Unesco en Samarcanda. Ambas iniciativas comparten un mismo objetivo: demostrar que la cultura puede ser motor de crecimiento, cohesión social y proyección global.
En el primer pabellón, dedicado íntegramente a artistas uzbekos, destacaban las reinterpretaciones textiles. Tapices gigantes, bordados con hilos metálicos, colgaban como constelaciones trazadas a mano. Los visitantes se detenían repetidamente frente a una colección de miniaturas contemporáneas que, sin abandonar del todo la iconografía clásica, incorporaban pigmentos fluorescentes y figuras geométricas disonantes. “El desafío es que la gente joven vea que esto también puede ser futuro”, explicó Gulnora Yusupova, una de las curadoras locales en referencia a la afluencia de estudiantes que se agolpaban cerca de una vitrina donde un manuscrito persa intervenido se exhibía como pieza central.
A modo de recepción, en un solar central, el artista indio Subodh Gupta -junto al uzbeco Baxtiyor Nazirov- presentan la inquietante obra titulada “Sal transportada por el viento” inspirada en la vida de las comunidades migrantes en la India que rescata la importancia de cocinar y comer en comunidad utilizando típicos utensilios de acero inoxidable para dar forma a una arquitectura local. Por dentro, la construcción está revestida de colorida vajilla cerámica y de esta manera los artistas transforman estos objetos cotidianos en metáforas de la migración, el trabajo y la memoria cultural.
En otro sector, dos torres hechas con celulares de cerámica titulada “La edad oscura es mejor, el desierto es el futuro” de la surcoreana Yun Choi -en colaboración con los artistas uzbekos Bunyod Yunusov y Behzod Yunusov- capta la atención de los visitantes. Sobre el muro está agendando el número de la artista hecho en luces de neón con la consigna de compartir la experiencia con la obra que propone explorar la vida social y cultural configuradas a través de las redes sociales y reflexiona sobre las ideas de identidad híbrida y la vida moderna.
En un espacio central, la aclamada artista brasileña Marina Pérez Simão -en colaboración con el uzbeco Bakhtiyar Babamuradov- intervino un patio con una obra cerámica abstracta donde crea un paisaje utilizando colores vibrantes y formas fluidas para evocar la serenidad, el misterio y la belleza de la naturaleza, inspirándose siempre en la literatura, la filosofía y sus experiencias personales. Una obra que además de la contemplación invitaba a habitarla creando un singular territorio personal y colectivo.
Arte que transforma una ciudad silenciosa
Mientras avanzaba la tarde, la Bienal de Bujará extendió su influencia más allá del caravasar. En las calles cercanas, los cafecitos improvisaron pequeñas exposiciones, los guías turísticos añadieron nuevos itinerarios artísticos a sus rutas habituales y algunos vendedores comenzaron a ofrecer souvenirs con estética contemporánea.
“Hace años nadie imaginaba que Bujará se asociaría con el arte moderno”, dijo un comerciante veterano, mientras envolvía una cerámica para una pareja de turistas. “Pero la ciudad lo acepta todo, siempre lo ha hecho”. El contraste entre la arquitectura milenaria -cúpulas turquesas, minaretes que parecen flechas inmóviles apuntando al cielo- y las instalaciones experimentales generaba escenas singulares: visitantes tomando fotos frente a muros que han sobrevivido imperios, turistas debatiendo sobre arte conceptual en patios donde alguna vez descansaron camellos cargados de especias.
Atardecer y despedida
Cae el día y la Bienal de Bujará es un organismo vivo: un flujo constante de visitantes entrando y saliendo, conversaciones superpuestas, luces que encendían y apagaban las obras a intervalos calculados. El cielo rosado realzaba las siluetas de los minaretes y hacía difícil distinguir dónde terminaba la ciudad y empezaba la ficción artística del evento.
Al abandonar el recinto, quedó la impresión de que la Bienal no era sólo un encuentro cultural, sino un experimento social y urbano: la prueba de que una ciudad puede reinventarse sin renunciar a su identidad, y de que el arte, incluso cuando es abstracto o desafiante, puede crear un puente entre épocas, lenguajes y miradas.
Un comienzo prometedor
La relación más estimulante que el visitante experimenta es con la propia ciudad. Las calles, los minaretes, los bazares y los silencios del casco antiguo se suman a la larga práctica de reinvenciones propias de un territorio con un poderoso escenario histórico. La arquitectura milenaria del casco histórico se utiliza como una inquietante escenografía, pero pocas obras abordan de manera crítica la compleja historia de la región: su pasado como nodo de la Ruta de la Seda, su herencia soviética, su reciente apertura económica o la tensión entre conservación patrimonial y turismo masivo.
La Bienal de Bujará demuestra capacidad logística, ambición institucional y una voluntad auténtica de conectar tradición y contemporaneidad. Es un proyecto con potencial que necesita decisiones curatoriales que cuestionen, diálogos que involucren a la ciudad real y encontrar la voz de los artistas locales más experimentales.
Sin dudas, es un acontecimiento relevante para Asia Central y tiene potencial para convertirse en un espacio de intercambio real. Como plataforma internacional, funciona; como proyecto artístico crítico, aún tiene camino por recorrer. Si quiere consolidarse en el panorama global, deberá confrontar preguntas más incómodas.
Habrá que volver en 2027 para capitalizar la experiencia, ser testigos del avance de la propuesta y contribuir para afianzar el nuevo escenario descentralizado del arte contemporáneo global. Claramente, Uzbekistán es un país con historia y una oferta cultural en expansión.
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