Nota publicada online

martes 28 de julio, 2026
Belkis Ayón en MALBA
El rostro secreto del mito
Costa Peuser, Marcela
por Marcela Costa Peuser
Belkis Ayón en MALBA

Por primera vez una institución argentina presenta la obra de la artista cubana Belkis Ayón. Las siete colografías reunidas pertenecen, dos a Eduardo Costantini y el resto a la Colección Malba–Costantini ingresadas al museo tras la adquisición de la histórica Colección Daros Latinoamérica. Curada por María Amalia García, Alejandra Aguado y Nancy Rojas, la exposición demuestra que siete obras pueden bastar para abrir uno de los universos más fascinantes y enigmáticos del arte latinoamericano contemporáneo.

Alejandra Aguado, María Amalia García, y Nancy Rojas, curadoras de la muestra

Hay mitos que sobreviven gracias a las palabras.
 Belkis Ayón les dio un rostro.
Las siete obras reunidas en MALBA no buscan explicar el mito Abakuá. Nos invitan a atravesarlo. A ingresar en un territorio donde el tiempo parece suspendido y cada imagen guarda un secreto.
Todo comienza con la mirada.
O mejor dicho, con los ojos.
Ojos inmensos que emergen de la oscuridad. Que observan. Que interrogan. Que parecen haber permanecido abiertos desde la noche de los tiempos.
El blanco y negro potencia ese clima. No hay distracciones. Sólo luz y sombra. Sólo silencio.
Y las texturas.
Belkis Ayón revolucionó la colografía, una técnica que construye la matriz a partir de materiales superpuestos. Cartones, telas, papeles, relieves y huellas producen superficies de una riqueza extraordinaria. Sus grabados parecen respirar. Invitan a acercarse. A recorrer con la vista aquello que casi pide ser tocado.
Pero la verdadera materia de esta obra no es la textura.
Es el misterio.

Desde muy joven, la artista investigó el mito fundacional de la Sociedad Secreta Abakuá, una cofradía masculina de origen africano llegada a Cuba con la diáspora esclava. Durante siglos ese relato sobrevivió únicamente gracias a la transmisión oral.
Belkis Ayón hizo algo extraordinario.
Le dio imagen a aquello que nunca había sido representado.
En el centro aparece Sikán. Blanca. Femenina. Silenciosa. La mujer que escuchó la voz sagrada y fue condenada por ello. Ayón la rescata del margen de la historia y la convierte en protagonista. Su figura deja de ser una víctima para transformarse en una presencia poderosa que cuestiona el silencio, el poder y la exclusión.
Brujos, serpientes, gallos, chivos y signos rituales atraviesan las composiciones. Pero nunca aparecen como ilustraciones de un relato antropológico. Funcionan como símbolos vivos, capaces de activar memorias mucho más profundas que las de una cultura determinada.
Lo africano deja entonces de ser un territorio lejano.
Se convierte en una dimensión del inconsciente. En una memoria ancestral que, de algún modo, también nos pertenece.
Belkis Ayón murió en 1999, con apenas treinta y dos años. Su obra, sin embargo, continúa creciendo. Porque no sólo renovó el grabado contemporáneo. Consiguió algo mucho más difícil.
Transformó una tradición oral en una experiencia visual.
Y nos recordó que hay imágenes capaces de revelar aquello que las palabras, durante siglos, apenas pudieron susurrar.