Nota publicada online

martes 6 de octubre, 2026
Axel Zemborain y el Centro Cultural Lola Mora:
Un puente entre el arte y la yunga
Costa Peuser, Marcela
por Marcela Costa Peuser
Fotografía: Jason O’Rear / Pelli Clarke & Partners
Fotografía: Jason O’Rear / Pelli Clarke & Partners

Un puente entre los árboles, la luz que cambia sobre el mármol y seis esculturas que invitan a detenerse y volver a mirar. En medio de la yunga jujeña, el nuevo Centro Cultural Lola Mora propone un encuentro sensible entre arte, arquitectura y naturaleza. En el marco de la Bienal de Arquitectura en Buenos Aires, desde Arte Online entrevistamos a Axel Zemborain, director del proyecto y colaborador de César Pelli durante más de treinta años, sobre el desafío de crear un espacio que proteja las obras y conserve la emoción de descubrirlas entre los árboles.

Entrada al Centro Cultural Lola Mora. Fotografía gentileza: Jason O’Rear / Pelli Clarke & Partners

Las obras como punto de partida 
Marcela Costa Peuser: Siempre sostengo que la arquitectura es el arte de crear espacios. ¿Qué significa para usted crear un espacio y qué experiencia quiso hacer posible en este museo? 
Axel Zemborain: La arquitectura es, sin duda, el arte de crear espacios. Pero creo que la Arquitectura, con mayúscula, aparece cuando esos espacios además generan emociones, cuentan algo y van más allá de simplemente resolver una función o contener un programa. 
En el Centro Cultural Lola Mora quisimos hacer un edificio que no solo pusiera en valor las extraordinarias obras de Lola Mora, sino que permitiera descubrirlas de una forma dinámica, personal y emotiva. Aspirábamos a que los jujeños pudieran sorprenderse al volver a ver, en un contexto que las realza, esas esculturas que durante años encontraban casi de paso en plazas y jardines de San Salvador. Y, para quienes no las conocían, queríamos que el encuentro fuera realmente impactante. 
MaCP ¿Qué apareció primero al comenzar el proyecto: la figura de Lola Mora, las seis esculturas o el paisaje de Jujuy? 
AZ: Los tres estuvieron presentes desde el inicio. Sabíamos que el edificio tenía que potenciar al mismo tiempo la particular historia de Lola Mora, sus espectaculares obras y el fantástico paisaje de Jujuy. 
Pero cuando visitamos el lugar por primera vez con Susana La Porta Drago y empezamos a estudiar el terreno en profundidad, con todos los desafíos que presentaba, entendimos que el entorno era la clave para diseñar un edificio realmente único.  
 
MaCP: Estas obras no fueron creadas para un museo. Fueron pensadas para el Congreso y luego convivieron durante un siglo con el espacio público jujeño. ¿Cómo preservaron esa memoria al trasladarlas a un ámbito protegido? 
AZ: Después de mucho debate decidimos volver a reunirlas de un modo parecido a como estaban dispuestas originalmente en el Congreso, es decir, en dos grupos de tres esculturas. Pero, al mismo tiempo, las mantuvimos como piezas independientes, como Lola Mora las había distribuido luego en Jujuy. Nos parecía una manera de honrar las dos historias: su origen institucional y su larga vida en el espacio público jujeño. 
También queríamos que siguieran sintiéndose casi al aire libre. La yunga que rodea el edificio es magnífica, y enseguida entendimos que ese fondo verde, vivo y cambiante era el mejor marco posible para que las esculturas pudieran verse en todo su esplendor. 
 
MaCP: ¿De qué manera las dimensiones, los gestos y las miradas de las esculturas determinaron la forma del edificio y la organización del recorrido? 
AZ: Los dos grupos escultóricos tienen una lógica similar: una figura central, de gran escala, acompañada por esculturas más pequeñas a ambos lados. Tal como estaban en el Congreso, a la izquierda ubicamos El Progreso y Los Leones, que protegen a La Libertad; y a la derecha, El Trabajo y La Justicia, que acompañan a La Paz. 
La escala monumental de las obras pedía una sala alta y generosa. Pero, al mismo tiempo, no queríamos que el edificio rompiera con la escala residencial del barrio. Por eso imaginamos un acceso más contenido, que luego de convertirse en un puente, se va expandiendo gradualmente —en planta y en altura— hacia el valle y las montañas, hasta llegar al espacio que alberga las esculturas.  
En el centro del edificio diseñamos una Sala de Interpretación circular. Allí, junto a Mude/Proyecciones Digitales, contamos la historia de Lola Mora, pero la sala también funciona como una especie de dispositivo de encuadre. A medida que uno la recorre, las esculturas aparecen enmarcadas individualmente o en grupo, siempre desde perspectivas distintas.  
Además, por cómo están ubicadas, las figuras parecen relacionarse tanto con los visitantes como entre ellas. La Justicia y uno de Los Leones miran hacia quienes llegan desde la entrada, mientras que El Trabajo dirige su mirada hacia el grupo escultórico opuesto. Hay una especie de conversación silenciosa entre todas ellas.  

MaCP. Ahora que las seis obras ocupan el museo, ¿descubrieron entre ellas relaciones que no habían podido prever en los planos? 
AZ: Siempre hay algo inesperado cuando uno visita una obra terminada. Aparecen detalles, reflejos, vistas o momentos de luz que en los planos no se pueden percibir y que terminan emocionando más de lo que uno imaginaba. 
Pero también fue muy gratificante comprobar que la mayoría de las cosas que habíamos pensado desde el proyecto se dieron en la realidad tal como las soñábamos. Esa coincidencia entre la idea, el dibujo y la experiencia final es una de las mayores satisfacciones de ser Arquitecto. 

La luz, el paisaje y los desafíos 
MaCP: El mármol de Carrara captura y transforma la luz. ¿Cómo trabajaron la iluminación natural para que el paso de las horas también modificara nuestra percepción de las esculturas? 
AZ: Como queríamos que las esculturas se vieran contra un fondo verde y recibieran luz natural, lo que exigía una fachada muy transparente, el control de la luz se volvió central en el proyecto. 
Usamos vidrio de muy altas prestaciones, capaz de dejar pasar la luz natural sin alterar su color, con costillas de vidrio de hasta nueve metros de altura, que le dan rigidez al cerramiento sin generar sombras. Además, los cristales tienen una serigrafía en degradé casi imperceptible, que tamiza la entrada de luz de un modo parecido a como lo hace también el follaje de los árboles. Los grandes aleros de la sala también ayudan a regularla. 
Junto con Edgardo y Emilia Cappiello, nuestros asesores de iluminación, desarrollamos claraboyas que aportan una luz difusa sobre las esculturas y equilibran la gran luminosidad que entra por la fachada vidriada. La iluminación artificial también es muy importante tanto de día como de noche, y se ajusta gradualmente en intensidad y temperatura de color según cambian las condiciones de luz exterior. 
Otro aspecto que tuvimos en cuenta fueron los reflejos que se producen sobre el cerramiento de vidrio cuando cae la luz del sol. Como los vidrios están facetados, se generan reflejos sutiles de las esculturas que aparecen, se multiplican y desaparecen mientras uno camina por la sala, casi como en un mágico caleidoscopio. 
MaCP: La fachada vidriada incorpora el bosque, el cielo y los cerros. ¿El paisaje funciona como fondo o como una parte más de la exposición? 
AZ: El paisaje no funciona solo como fondo, es una parte inseparable del edificio y el marco ideal para que las esculturas se vean en todo su esplendor. 
Hacia el norte y el oeste, donde el terreno cae de manera abrupta, decidimos conservar la yunga lo más intacta posible. En cambio, en el lado sur y en la Plaza de Acceso, Balmori Associates —el estudio de paisajismo fundado por Diana Balmori, esposa de César Pelli, que falleció antes de que comenzara el proyecto— desarrolló una propuesta muy vinculada con la forma del edificio. 
El paisaje se trabajó exclusivamente con especies nativas del noroeste argentino, con una fuerte intención de preservar y propagar la biodiversidad original del lugar. La yunga, la topografía y las montañas están presentes en cada uno de los espacios del edificio y constituyen una parte fundamental del recorrido. 
 
MaCP: El museo protege las esculturas, pero busca conservar la sensación de que continúan al aire libre. ¿Cómo resolvieron esa tensión entre resguardo y libertad? 
AZ: Esa fue una de las dicotomías más interesantes del proyecto. Por un lado, era fundamental proteger las obras; por otro, queríamos que no perdieran su relación con el aire, la luz y la vegetación. 
La gran fachada de vidrio permite que la yunga entre visualmente al edificio. Y, para reforzar esa idea, junto al Ingeniero Alberto Fainstein diseñamos una cubierta que parece flotar sobre las esculturas y sobre el bosque. Es una estructura liviana de acero, sostenida solo por el núcleo central y por columnas en ambas cabeceras del puente, sin ningún otro apoyo perimetral. 
En las esquinas, justo donde están las esculturas, el techo llega a tener un voladizo de hasta 18 metros. Esa solución permite proteger las obras, pero mantiene el perímetro completamente liberado. La relación con el paisaje queda así ininterrumpida. 

MaCP: Como arquitecto y director del proyecto, ¿cuál fue el mayor desafío que debió enfrentar en una obra tan especial? 
AZ: Hubo varios desafíos importantes. El primero fue acomodar un edificio de más de 3.000 m² en un terreno muy complejo y con una vegetación extraordinaria, tratando de afectarlos lo menos posible. 
También estaba el desafío de crear un centro cultural memorable a partir de solo seis esculturas. Y, por último, la enorme responsabilidad de poner en valor la vida y la obra de una artista tan pionera, compleja y significativa como Lola Mora. 
Por suerte, contamos con un excelente grupo de asesores y colaboradores que nos permitió dar una respuesta satisfactoria a cada uno de esos desafíos. 
 
MaCP: El edificio se levanta en una geografía profundamente ligada a la naturaleza, atravesada por la vegetación de la yunga y una quebrada. ¿Qué problemas concretos planteó el terreno y de qué manera esas dificultades terminaron enriqueciendo el proyecto? 
AZ: El edificio nace directamente de la forma del terreno y de su topografía, y literalmente se enhebra entre los árboles existentes. 
El predio está al borde de un barranco pronunciado y tenía dos sectores relativamente planos, separados por una pequeña quebrada —o huaico, como la llaman en Jujuy—, en los que había construcciones preexistentes. El sector más pequeño era el más visible desde la ruta principal, así que decidimos ubicar allí los programas más públicos, el acceso y el restaurante, que además puede funcionar de manera independiente. 
Y fue para conectar ese sector con el resto del edificio que diseñamos el puente que cruza el huaico y que inmediatamente sitúa al visitante en medio de la yunga. Cuando llueve, el agua que recoge la cubierta cae a ambos lados del puente a través de gárgolas, generando arcos de agua muy atractivos. El agua cae sobre pequeños diques construidos en el huaico para prevenir la erosión del terreno natural. 
MaCP: Frente a la fuerza de las obras y del paisaje, la arquitectura decidió ceder protagonismo. ¿Cómo se crea un edificio emblemático que, al mismo tiempo, aspira a volverse casi invisible?
AZ: Es cierto, los grandes protagonistas son las obras de Lola Mora, su historia y el paisaje de Jujuy, no el edificio. El Centro Cultural transmite una imagen icónica e impactante sólo cuando se lo ve desde el aire, desde un dron.  
Pero a escala peatonal, desde la experiencia de un visitante, creo que lo que vuelve emblemático es que durante todo el recorrido expresa una actitud de respeto y exaltación hacia el entorno y hacia las esculturas. La arquitectura intenta acompañar, enmarcar y potenciar esos tesoros, sin competir con ellos. 
El único elemento pensado realmente a escala urbana es la torre eólica, que además de señalar el museo desde lejos, genera parte de la electricidad que utiliza el edificio. También tiene algo de escultura cinética: su movimiento dialoga con el viento y se vuelve parte del paisaje. 

El legado 
MaCP: Este fue uno de los últimos proyectos de César Pelli. ¿Qué ideas dejó definidas y qué decisiones debieron asumir ustedes para continuar su visión? 
AZ: Cuando comenzamos a trabajar en el Centro Cultural Lola Mora, César ya estaba muy débil como para viajar con nosotros a Jujuy. Con Susana le mostramos fotos y videos del terreno, y su primera reacción fue muy clara: las esculturas debían exhibirse entre los árboles, en un fantástico jardín exterior. 
El entonces gobernador, Gerardo Morales, tuvo que convencerlo de que necesitaban protección. A partir de informes de especialistas en conservación, le mostró que las obras ya tenían indicios de deterioro, después de estar más de cien años expuestas a la intemperie y de haber sufrido algunos actos de vandalismo. 
Pero esa primera idea de César —la comunión entre las esculturas y la yunga—perduró y terminó guiando cada aspecto del diseño que desarrollamos posteriormente. 
César Pelli fue nuestro gran maestro y mentor durante los largos años que trabajamos con él. Nos enseñó valores, maneras de pensar la arquitectura y una forma muy particular de convertir los desafíos en oportunidades. Todo eso está presente en el Centro Cultural Lola Mora y sigue formando parte de nuestra manera de trabajar hoy, desde nuestro propio estudio y con nuestra propia mirada. 

 
MaCP: Si Lola Mora pudiera recorrer hoy este espacio, ¿qué cree que reconocería como propio? 
AZ:Probablemente al principio se sorprendería muchísimo al encontrarse con un edificio tan distinto de los que estaría acostumbrada a ver en su época. Pero quiero pensar que, después de esa primera impresión, se sentiría muy a gusto y orgullosa de ver sus obras exhibidas con tanto cuidado, respeto y devoción. 
También estoy seguro de que sentiría una profunda gratitud hacia Jujuy, una provincia que la adoptó y la cobijó después de tantos agravios e injusticias. Hoy, Jujuy sigue honrándola con un edificio emblemático concebido especialmente para proteger, difundir y celebrar su legado. 

Sobre Lola Mora
Lola Mora (1866–1936) fue una de las grandes pioneras de la escultura argentina. Se formó en Roma e hizo del mármol un lenguaje propio, con la pasión y la firmeza de quien sabe qué quiere crear. En una época que reservaba a las mujeres un lugar estrecho, asumió encargos monumentales y defendió su independencia artística y personal. Su célebre Fuente de las Nereidas despertó admiración y controversias. Frente a los prejuicios, sostuvo la convicción de vivir de acuerdo con sus ideas y abrirse camino como artista.
Para el Congreso de la Nación, Lola Mora creó seis esculturas: La Libertad, El Progreso, La Justicia, La Paz, El Trabajo y Los Leones. La fuerza de estas figuras talladas en mármol de Carrara revela su capacidad para abordar la escultura monumental, un territorio entonces dominado por hombres. Retiradas del Congreso, encontraron acogida en Jujuy, donde permanecieron durante más de un siglo en espacios públicos. Hoy, reunidas en el Centro Cultural Lola Mora, invitan a redescubrir su obra y el lugar que supo conquistar en el arte argentino.
Sobre Axel Zemborain, AIA 
Axel Zemborain fundó, junto con Susana La Porta Drago, su propio estudio basado en la ciudad de New Haven, CT en 2023: La Porta Drago | Zemborain Architects. Entre sus proyectos más destacados se encuentra La Reserva, un desarrollo residencial de 200 unidades actualmente en construcción, emplazado en un terreno de seis hectáreas sobre la costa de Mar del Plata. 
Anteriormente, se desempeñó como Associate Principal en el estudio de César Pelli, donde trabajó durante más de treinta años y lideró el diseño de numerosos desarrollos urbanos de gran escala, así como de edificios corporativos e institucionales en distintos países. Su última obra junto a Pelli fue el Centro Cultural Lola Mora, en Jujuy, recientemente inaugurado. 
Asimismo, dirigió el diseño de la nueva terminal de pasajeros del Aeropuerto Internacional de Tucumán; de las torres corporativas del Banco Macro, en Catalinas Norte, y de YPF, en Puerto Madero, Buenos Aires; y de la Torre Iberdrola, en Bilbao, la primera torre de oficinas de Europa en obtener la certificación LEED Platinum. 
También colaboró en los proyectos de la Torre de Cristal, en Madrid, el edificio más alto de España; del Tokyo American Club, el club privado de estilo occidental más antiguo de Japón; y del Adrienne Arsht Center for the Performing Arts, en Miami, que incluye una sala de ballet y ópera, una sala de conciertos y una plaza al aire libre. 
Axel ha brindado numerosas conferencias en foros internacionales de arquitectura. Se graduó de arquitecto en la Universidad de Buenos Aires y obtuvo una maestría en Arquitectura y Urbanismo en Cornell University. 
Sobre el Centro Cultural Lola Mora 
San Salvador de Jujuy 
Provincia de Jujuy, Argentina 
2018 - 2026 
Ubicación: Víctor Hugo y Ruta Provincial 56, Alto La Viña 
Superficie: 3.880m2 
Niveles: Subsuelo, PB 
Programa: Hall de acceso/puente, Sala de Exhibiciones, Sala de Interpretación, Taller, Mediateca, Tienda, Restaurante, Administración. 
Sustentabilidad: Edificio de energía net-zero, Objetivo LEED Gold. 
Comitente: 
Gobierno de la Provincia de Jujuy 
Arquitecto: 
Pelli Clarke & Partners  
Socia a Cargo del Proyecto: Susana La Porta Drago  
Director de Diseño: Axel Zemborain 
Colaboradores: Alejandra Alonso, Ileana Dumitriu, Tammy Monnin 
Diseño Paisajístico: 
Balmori Associates 
Arquitecto Ejecutivo: 
Arturo Beccar Varela & Asociados 
Ingeniería estructural: 
Alberto H. Fainstein S.A. 
Instalaciones: 
EGF-Estudio Grinberg (Termomecánica) 
Estudio Mackinlay Vignaroli (Eléctrica) 
Estudio Labonia & Asociados (Sanitaria) 
LEED: 
EGF-Estudio Grinberg 
Iluminación: 
Cappiello + Partners 
Museografía: 
Mude / Proyecciones Digitales 
Empresa Constructora: 
Panedile 
 
Fotografía: Jason O’Rear / Pelli Clarke & Partners