Nota publicada online
El Centro Cultural Recoleta presenta Melodía encadenada, la nueva exposición del artista Andrés Aizicovich con curaduría a cargo de Javier Villa. En ella, una serie de pinturas, esculturas e instalaciones pensadas específicamente para esta oportunidad, ofrecen una síntesis ajustada de su particular y destacada poética.
Cuentan que los viejos alquimistas profesaban, a través de máximas, sus principios de conducta o sus enseñanzas filosóficas. Además de encauzar en su momento con ellas a los iniciados, algunas trascendieron esos ámbitos y ese tiempo remoto en el que fueron fundadas, para consustanciarse con las búsquedas de otras comunidades que, al día de hoy, las velan con esmero y especial discreción. Una de esas máximas recuerda que la verdadera transformación ocurre dentro de quien emprende una búsqueda. La idea de que el interior del espíritu es algo susceptible de ser visitado se relaciona con el principio hermético "como es arriba es también abajo". Así se explica la constante relación entre los acontecimientos internos y externos, por lo que habría una influencia recíproca entre el ser humano y la naturaleza, entre el mundo subjetivo y la común realidad material.
Andrés Aizicovich nació en Buenos Aires en 1985, exposiciones, premios, becas y residencias le han hecho ganar reconocimiento local y una merecida proyección internacional. Asomarse a un conjunto de sus obras, en ocasiones, semeja un viaje al interior de un laboratorio alquímico o a un gabinete propio de un relato de ficción especulativa. Una mezcla de desconcierto por la funcionalidad de los elementos y un asombro por la anomalía de las formas suele imponerse entre quienes las recorren. No solo se experimenta un entorno enrarecido por esas presencias, sino que se intuye que en él se conservan saberes que es preciso desentrañar. Melodía encadenada -el título es un juego de palabras que alude a una edulcorada canción de la década de los 50 popularizada por The Righteous Brothers, pero condensa la idea de una sucesión sonora organizada percibida como una sola entidad- no constituye una excepción, salvo que aquí, a las acostumbradas escenografías extravagantes se le suman un conjunto de pinturas que establecen una sensible correspondencia.
En este sentido, la exposición puede ponerse en relación con otras anteriores como pueden ser los casos de Contacto (2019), en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, La salvaje y azul lejanía (2021), en la Galería Alberto Sendrós o, inclusive, la más reciente, Habla para que pueda verte (2026), en la Galería Cott. Los títulos, en estas circunstancias, tampoco resultaron inocuos, sintetizaron las inquietudes del autor y funcionaron, al menos en los dos primeros ejemplos, a modo de guiños con la cultura cinematográfica que les aportaron una ramificación más de significados. En el tercera ocasión, en cambio, se subrayó otro de sus intereses como lo es el fenómeno neurológico de la sinestesia.
Un primer artefacto confeccionado en cerámica esmaltada y metal inaugura el relato expositivo en la sala 4 del Centro Cultural Recoleta. Se trata de una estructura que conecta cuatro objetos cilíndricos dispuestos en forma vertical sostenidos por un gran trípode, Se supone que a través de ellos pueden circular y tratarse líquidos que al final del recorrido, canilla mediante, se vierten sobre un símil de oreja humana dispuesta de modo horizontal. El agua, se sabe, es una sustancia indispensable y componente principal de todos los seres vivos, ella hace posibles los procesos biológicos de la Tierra. A su vez, resulta medio de transmisión y de movimiento constante; procesos que contienen información atávica a ser asimilada y destinada a volver a poner en circulación.
A continuación, se inicia la serie de pinturas que alternan entre las piezas tridimensionales. Éstas fueron realizadas en óleo y acrílico sobre papel. Las figuras humanas presentes aparecen contorsionadas, dinámicas, casi transparentes, con sus tractos digestivos apreciables a la vista en algún ejemplo. Plasman instrumentos orgánicos de procesamiento de datos y de materia. Otros de esos cuerpos parecen fluir de manera desproporcionada entre un medio exterior y otro más denso interior apenas delimitados por una línea serpenteante de color. Uno, en particular, difiere del resto ya que presenta una pose gimnástica en una actitud narcisística dentro de un entorno más consistente. Dos rasgos prevalecen en el conjunto: la monocromía y las cuencas vacías de los ojos de estos seres, detalle este último que los identifica con los objetos antropomórficos que se hallan de las instalaciones linderas.
En el centro de la sala sobresale, precisamente, una instalación que hace circular agua de forma permanente y que muestra una estructura más compleja que la de sus pares. En su parte superior se encuentra una especie de vasija con dos mirillas que recuerdan las de las escafandras clásicas sostenida por una silla de altura inusual. De su boca se extiende una canilla que derrama agua sobre otra figura cuyos rasgos se asemejan a las de las esculturas andinas que, asimismo, transmite el líquido elemento a una tercer vasija con rasgos antropomórficos más marcados. El recorrido continúa por otro ente emparentado hasta llegar a a la parte inferior, donde una botella dispuesta en forma horizontal, apoyada en una silla -que da la impresión de estar prácticamente sumergida- concluye la caída del agua, mediada a través de su oreja, sobre un recipiente rectangular inundado desde el cual el ciclo vuelve a comenzar. El circuito constituye una suerte de escalera caracol irregular donde los orificios de esos personajes fungen como receptores y emisores simultáneos de un flujo y reflujo acuoso sonoro e imperecedero.
Al final de la exposición, otra cabeza-vasija, apoyada en una enorme silla apoyada contra la pared, prolonga su boca transformada en trompeta. De ésta surge un globo de vidrio soplado, material transparente al igual que el agua pero que, a diferencia de ésta, impide la emisión de líquidos y sonidos. Aquí ya no hay comunicación, no hay transferencia, metabolización, sino inmovilidad, límite de un proceso, tiempo congelado. Quizá a partir de este punto sólo se pueda esperar la entropía o la degradación.
Las prácticas artísticas pueden reforzar el sentido común hegemónico o ponerlo en entredicho. Las poéticas que abren grietas en los escenarios establecidos gracias al enrarecimiento de aquello que tiene cercanía con lo cotidiano, que establecen desafíos perceptivos, reactivan posibilidades de conocimiento y de pensamiento crítico, incluso de valor político. Los objetos de Melodía encadenada tienen rasgos reconocibles y sin embargo inauguran nuevas especies, otras instancias taxonómicas, nunca fijas, siempre en mutación, Por lo tanto, al acto creativo del cual emergen las obras de Andrés Aizicovich le corresponde otro acto por parte del espectador; un acto transformador, de desactivación de automatismos adquiridos que instan a poner en crisis ciertas lógicas, a cuestionar su propio mundo. Entre ambos actos, se produce, entonces, una fértil reciprocidad circulante.
Centro Cultural Recoleta
Sala 4
Junín 1930 – CABA
Martes a viernes de 12 a 21 hs /Sábados, domingos y feriados de 11 a 21 hs
Entrada libre