Nota publicada online

viernes 28 de agosto, 2026
Adiós a Yayoi Kusama
Luces para el alma
Costa Peuser, Marcela
por Marcela Costa Peuser
Photo: Jose-Fuste RAGA/Gamma-Rapho via Getty Images
Photo: Jose-Fuste RAGA/Gamma-Rapho via Getty Images

La artista japonesa murió a los 97 años. Figura radical de la vanguardia y creadora de un universo de lunares, redes y espejos infinitos, Kusama transformó sus temores más profundos en una obra festiva y sanadora. En 2013, su retrospectiva en el MALBA convocó a más de 206.000 visitantes y estableció un récord histórico para el museo.

Ph. Jorge Miño Cortesía Malba

“Festivo, elocuente y sanador”. Así describimos el arte de Yayoi Kusama cuando Obsesión infinita, su primera exposición retrospectiva en América Latina, llegó al MALBA en 2013.
La muestra, curada por Philip Larratt-Smith y Frances Morris, reunió un centenar de obras realizadas a lo largo de casi seis décadas. Sus lunares desbordaron entonces las salas del museo, treparon por los árboles de la avenida Figueroa Alcorta y convocaron al público a internarse en una experiencia fascinante.
En apenas 70 días recibió más de 206.000 visitantes y se convirtió en la exposición más convocante de la historia del MALBA. Superó así el récord alcanzado por Andy Warhol. Mr. America, que entre 2009 y 2010 había reunido a 196.000 personas. El fenómeno confirmó la extraordinaria capacidad de Kusama para atravesar las fronteras del arte contemporáneo y llegar a públicos de todas las edades.
Yayoi Kusama murió a los 97 años, después de construir una de las trayectorias más singulares e influyentes de nuestro tiempo.
Nacida en Matsumoto en 1929, comenzó a experimentar alucinaciones durante su infancia. Destellos de luz, campos de puntos y redes interminables aparecían ante sus ojos. Aquellas visiones, que podrían haber quedado encerradas en el miedo, se convirtieron en el origen de su lenguaje.
“Fue a través de la pintura que pude superar mis angustias. Por medio del arte he superado la infelicidad”, confesó.
En 1958 se instaló en Nueva York y logró abrirse camino en una escena dominada por hombres. Sus monumentales Infinity Nets, esculturas blandas, ambientaciones y performances la situaron en el centro de la vanguardia de los años sesenta. Con sus acciones públicas cuestionó la guerra de Vietnam, la represión sexual y el conservadurismo del sistema artístico.

Ph. Jorge Miño Cortesía Malba

En Narcissus Garden, presentada sin invitación en la Bienal de Venecia de 1966, desplegó cientos de esferas espejadas y las ofreció al público como una provocadora reflexión sobre la mercantilización del arte.
De regreso en Japón, en 1977 decidió internarse voluntariamente en una clínica psiquiátrica de Tokio. Desde allí continuó produciendo con una intensidad extraordinaria. Cada día trabajaba en su taller. Cada noche regresaba a la clínica.
Sus célebres Infinity Mirror Rooms llevaron su idea de la “autoaniquilación” a una dimensión inmersiva: el cuerpo reflejado se multiplica hasta disolverse en el espacio. El individuo deja de ser el centro y pasa a formar parte de una trama infinita.
Kusama convirtió el dolor en imágenes, la obsesión en método y el miedo al vacío en una celebración de la vida. Su obra nos enseñó que el arte puede ser refugio, resistencia y una forma de supervivencia.
En aquella reseña de 2013 escribimos que Yayoi Kusama había nacido y moriría artista.
Hoy sus luces continúan encendidas.
Multiplicándose, una y otra vez, en el infinito.