Paraná 759 piso 1
Oda galería de arte presenta la muestra Anatomía de un Mundo Frágil de la artista argentina Paloma Mejía, con curaduría de Daniel Fischer.
”Anatomía de un mundo frágil” presenta una serie de esculturas, objetos, fotografías, joyas e instalaciones que constituyen un diario íntimo sobre la experiencia de habitar un cuerpo femenino. Sobre la belleza que fue castigada alguna vez. Sobre la fantasía como bálsamo. Sobre el gesto manual, propio, que se hace visible en los detalles. Sobre el brillo dorado que esconde debajo la organicidad, la imperfección, la porosidad, las grietas. Donde lo performático y ornamental me permiten hacer una reclamación de mi autonomía corporal. Donde la fragilidad se vuelve terreno de poder y el cuerpo se niega a ser domesticado. Este cuerpo sabe que acá se matan mujeres por dejar de sostener. Teme, resiste, resurge. Se hace visible en un gran muro que lleva rastros impresos en la superficie, huellas que muestran que está vivo, porque ahí estoy, dentro de él.”
Paloma Mejía
Existe, como sostiene Judith Butler, una vida precaria: un cuerpo que está, por definición, entregado al otro y, por tanto, expuesto a la vulneración. Dentro de esta condición —donde la piel no es solo frontera sino también sitio de riesgo— se constituye el eje discursivo de la obra de Paloma Mejía. Para la artista, la fragilidad no es un estado de debilidad que deba ser superado, sino la base misma sobre la cual se gesta una forma de soberanía poética.
Bajo esta geografía sensible, la materia se alza y renuncia a la rigidez y la dureza del metal para brindar otros modos de existencia, creando formas de enunciación y denuncia que actúan como testimonio de ciertos estados de vida. La obra abraza así una potencia mutante y superviviente: la capacidad del cuerpo para ser moldeado y, al mismo tiempo, crear y resistir su propia destrucción (Catherine Malabou). Este tránsito hacia nuevas materias y formas propone la disección de una anatomía de un mundo frágil, redefiniendo la existencia con un nuevo propósito y compromiso; una búsqueda que invita a pensarse de otros modos dentro de otros mundos, para una trama social capaz de definir, a lo largo del tiempo, nuevas condiciones de vida.
Esta operación y despliegue material permite crear y detenerse en estadios de latencia y constructividad que la orfebrería no suele visibilizar en su rigor convencional. Se trata de una experimentación expandida con los procesos técnicos donde la cera —esa «carne» rosada y roja, sanguinolenta, que recuerda a formas orgánicas que parecen respirar sobre la arquitectura— logra detener también la violencia de la objetivación. En términos de Adriana Cavarero, esta obra se rebela contra el «horrorismo» de la desfiguración; lo hace reclamando una unidad propia que se manifiesta incluso en el fragmento, en la víscera y en la excrecencia.
Frente a la «violencia de la positividad» analizada por Byung-Chul Han —esa autoexigencia de transparencia y rendimiento que agota al sujeto contemporáneo —, la propuesta de Mejía es una vuelta a la interioridad opaca y al derecho al repliegue. Sus instalaciones, los objetos, como asimismo las esculturas aquí, no buscan la complacencia del ornamento ni la eficiencia de la imagen, sino la confrontación con una anatomía sensible que se resiste a ser consumida. El cuerpo aparece aquí entendido como un archivo de resistencias (Paul B. Preciado): las flores vaginales y las protuberancias fálicas no son meras formas, sino dispositivos que subvierten los regímenes de control para instaurar una sacralidad propia. Atravesada por la poética de la abyección, la obra se vuelve ineludible cuando la materia desborda los límites de la sala y las extremidades emergen del suelo como restos de un naufragio o semillas de algo nuevo. Como sostiene Andrea Giunta, asistimos a la construcción de un cuerpo que utiliza el objeto no como accesorio, sino como una prótesis de resguardo.
Allí donde la cera y el metal actúan como escudo y como umbral, la vulnerabilidad se transmuta en poder. La obra de Paloma Mejía nos invita a reconocer que, en esa entrega obligatoria al otro que menciona Butler, reside también la capacidad de forjar artefactos de liberación. El cuerpo aquí no solo habita el espacio: lo reclama como territorio sagrado e inalienable.
Curaduría: Daniel Fischer
La muestra se podrá visitar desde el miércoles 04 de marzo hasta el 07 de abril en Oda Oficinas de Arte, PARANÁ 759 PISO 1, CABA.
Horarios de visita: Lunes a Jueves de 15 a 19 hs
Entrada libre y gratuita