Julia Baitalá Galería
Antezana 150
CABA
Julia Baitalá Galería presenta La luz es tiempo que se piensa, una exposición de Francisca Garriga e Iliana Regueiro, con curaduría de Laura Isola, que explora distintas formas de experimentar la luz, el tiempo y la percepción. A través de la pintura, la geometría, la materia y el espacio, ambas artistas construyen universos autónomos que se transforman en el encuentro con quien observa. La muestra propone detener la mirada, recorrer las variaciones de la luz y dejarse llevar por una experiencia sensible donde la obra sucede en el tiempo.
TEXTO CURATORIAL
Dos ensayos sobre la contingencia de la luz y la construcción del tiempo La luz no absuelve ni condena, no es justa ni es injusta, la luz con manos invisibles alza los edificios de la simetría; la luz se va por un pasaje de reflejos y regresa a sí misma: es una mano que se inventa, un ojo que se mira en sus inventos. La luz es tiempo que se piensa. Octavio Paz Hay un instante, justo al cruzar el umbral de la sala, en que la mirada se ve obligada a ensayar un nuevo ritmo. El conjunto de las obras de Iliana Regueiro y Francisca Garriga son menos pinturas y volúmenes, objetos y bastidores, que un mapa de intensidades donde los materiales vibran bajo sus propias leyes y el afuera se suspende por un momento. Es una invitación a la entrega, hacia una experiencia de pura percepción, donde el grupo de obras no se presenta estático, detenido e inerte, sino como un acontecimiento vivo que altera y reescribe las coordenadas físicas del entorno. Lejos de forzar simetrías o de caer en la cómoda tentación de la comparación analítica, esta exhibición prefiere celebrar la autonomía. Lo que aquí se despliega es una crónica visual en dos tiempos: un cruce de lenguajes que coexisten en su propia diferencia y que, justo en esa distancia, se entrelazan. Por un lado, la pintura de Iliana Regueiro se propone como un registro casi arqueológico de la memoria sensible. Sobre sus superficies, hay una domesticación de aquello que la rodea por medio de una geometría blanda, hecha con capas sucesivas de color y tramas abstractas. Cada plano funciona como una reminiscencia, una acumulación minuciosa donde conviven el orden constructivo y el accidente material. Su lenguaje pictórico se consolida en la superposición de planos y transparencias que desafían la planimetría tradicional del cuadro. La pincelada de Regueiro —a veces gestual, a veces de un rigor implacable— edifica una malla que es a la vez abierta e íntima, un territorio donde los fragmentos parecen flotar en una fuerza de gravedad de los colores. No hay voluntad de documentar una realidad exterior; hay, en cambio, una operación para traducir el murmullo invisible en una paleta sonora con la que investiga y construye espacios en la gradación de los azules. Sus sitios azulados. Así abre ventanas a una dimensión contemplativa, que está dada por la lentitud del mirar. En la producción de Iliana, el lienzo opera bajo el amparo del kairós: es el tiempo cualitativo que toma su etimología en ese dios menor de la oportunidad y del momento adecuado con su cabeza mitad calva y con un mechón al frente por donde era posible agarrarlo. Por su parte, en el sentido bíblico ese término no mide la cantidad de tiempo que pasa, sino la importancia de lo que ocurre en ese instante. Quizá sea el que sucede cuando sus cuadros entran en contacto con nuestros ojos. Justo enfrente de este recorrido sensible, el volumen se vuelve permeable a lo efímero e impulsa al espectador a poner el cuerpo en acción. El quehacer de Francisca Garriga se sumerge en una investigación rigurosa sobre el comportamiento de la luz y la sutil frontera de la percepción del color. A través de estructuras modulares seriadas que transitan del plano bidimensional al relieve táctil, su trabajo captura el fenómeno siempre inestable de esas agrupaciones de objetos que le dan magnitud a sus obras. La repetición exacta de elementos mínimos, los escarbadientes que utiliza como ejércitos en la busca de una forma nueva, genera una topografía donde las sombras se proyectan, se disuelven y mutan con el desplazamiento del público por la sala. Su propuesta tridimensional se sostiene sobre el rigor constructivo, pero su fin no es la rigidez matemática. Las piezas emplean materiales que interactúan de modo directo con la contingencia de la luz ambiental, por lo que se transforman en dispositivos óptico-cinéticos. La monocromía o las paletas cromáticas tenues funcionan aquí como el soporte necesario para que se manifieste el verdadero protagonista de su obra: el vacío y la sombra proyectada. El paisaje geométrico de Garriga respira, muda, modifica y altera para volverse una entidad viva, según la hora del día o la posición de quien observa. De nuevo, el intercambio afectivo y visual con el espectador lo transforma en parte indispensable de estas creaciones. La propuesta de esta exhibición es, en definitiva, transitar un territorio doble sin la obligación de elegir un bando. Nos hamaca entre la densidad cronológica de la pintura y la vibración espacial de la materia geométrica. Dos universos que, potentes, libres e independientes, configuran un refugio necesario para la contemplación y coinciden en que son posibles estas dos maneras para dar cuenta de que “la luz es tiempo que se piensa”.
Laura Isola Buenos Aires, agosto de 2026
Curaduría: Laura Isola
La muestra se podrá visitar desde el 19 de Septiembre 18 h en Julia Baitalá Galería, Antezana 150, Villa Crespo, CABA
Horarios de visita: Martes a Viernes de 14 a 19 hrs. Sábados con cita previa.