Dolores Casares
Inmenciudades
23/08/2012 - 28/09/2012
ALDO DE SOUSA
Arroyo 858
Dolores Casares

Crítica de Rodrigo Alonso

Sobre la muestra
Modular el vacío. Los diáfanos universos de Dolores Casares

Volúmenes y transparencias
Las superficies transparentes poseen una virtud extraña y contradictoria. Por un lado, delimitan una porción del mundo, se imponen como una barrera –aparentemente inmaterial, pero en definitiva real– al despliegue liberado de la mirada, generan una discontinuidad que fractura el espacio aunque no lo bloqueen por completo. Por otro, son una invitación a la transgresión, a observar lo que se encuentra más allá de ellas, a transportarse hacia el sitio vedado con una intensidad proyectiva que desestima cualquier obstáculo.
Las obras de Dolores Casares exploran las implicancias estéticas de esta propiedad, en volúmenes de acrílico que establecen sutiles modulaciones entre su interior y exterior. A veces, éstos están poblados por líneas de hilos o agujas que conforman arquitecturas internas, diáfanas y flotantes, que por momentos cobran vida mediante estudiadas variaciones lumínicas. En otras ocasiones, agujas, luces y sombras se expanden hacia afuera, traspasan los límites del objeto escultórico y desarrollan efectos ambientales que niegan su espacialidad contenida.
El arribo a una u otra solución formal es el resultado de un proceso paciente de búsqueda y experimentación. En los últimos cinco años, la artista viene transitando un camino marcado por una investigación rigurosa, que la ha llevado a incorporar diferentes recursos en función de las necesidades específicas dictadas por su propio método de trabajo. Así fueron apareciendo las luces, el movimiento, las sombras, los sensores. Cada aportación es la derivación de una suerte de pulsión constructiva implícita en las mismas obras; nada en ellas es superfluo o decorativo. No obstante, tratándose de arte y no de ciencia, la pesquisa de Casares no está regida por una ley sino por una poética; una poética que extrae gran parte de su potencia de una cierta racionalidad que se presenta sólida y precisa.
Como suele suceder en estos casos, el recorrido está conformado igualmente por lógica e intuición. Un punto puede llevar a una línea, y ésta a un plano, y éste a un volumen, pero no hay una regla tan exacta para predecir un reflejo lumínico, el efecto de una escala o la proyección de una sombra. La sensorialidad debe ponerse a prueba, nunca es un dato objetivo. Por eso, incluso si hay un diseño previo o la presunción de un resultado, éste nunca deja de ser una sorpresa. En este sentido, aunque sus materiales sean mínimos y su construcción ascética, no puede hablarse de minimalismo en la obra de Dolores Casares: en ella hay una sensualidad que un minimalista jamás hubiera admitido.

Metáforas corporales
Si se hace un poco de historia, no es difícil encontrar el origen de esa sensualidad. En la serie Improntas (2003) ya aparece su interés por lo espectral, pero asociado a la representación de cuerpos que se van conformando en un ajustado balance de luces y sombras. Algunos años más tarde, el propio cuerpo de la artista es protagonista de una intervención realizada en las Salinas del Bebedero, provincia de San Luis; aquí, Casares atraviesa el paisaje con agujas metálicas monumentales dejando su impronta en superficies y montañas de sal. En una videoinstalación presentada posteriormente en la Galería Pasaje 17, realizada a partir de los registros de esta acción, las agujas se trasponen en varillas de acrílico iluminadas que generan vectores de luz en diálogo con el cubo negro de la sala.
Un singular juego de luces y sombras se puede detectar también en una instalación presentada en la Fundación Standard Bank, compuesta por un conjunto de tondos y bastidores de costura. Entre éstos últimos, algunos están armados con láminas de plástico transparente, y atravesados por agujas que no sólo parecen flotar en el interior de los marcos de madera sino que producen una marca neta sobre la pared por efecto de la iluminación. Más allá del acto corporal del bordado implícito en los objetos, el nombre de la serie refuerza la centralidad que el cuerpo todavía mantiene en los trabajos de este período; su título es: Entre el índice y el pulgar.
De los bastidores transparentes a los cubos de acrílico parece haber un paso radical: las asociaciones domésticas y metafóricas presentes en aquellos están completamente ausentes en éstos últimos. Sin embargo, la distancia es menor de lo que parece. Porque en la confección de los cubos, Casares utiliza agujas de acupuntura que transforman a las cajas acrílicas en cuerpos penetrados por la afilada herramienta medicinal china. La referencia corporal no ha desaparecido sino que se ha hecho menos evidente, salvo para la artista que compromete todo su cuerpo, con esfuerzo y paciencia, en la realización de la multitud de agujeros que cada pieza necesita.

El vacío como principio productivo
Aunque el uso de las agujas de acupuntura es más bien instrumental (simplemente es el material que ofrece los mejores resultados para la resolución técnica de las obras), y no pareciera perseguir connotaciones filosóficas o espirituales específicas, la momentánea aparición de esta referencia oriental puede servir para analizar otro aspecto importante de las esculturas de Casares: el lugar que en ellas ocupa el vacío.
Para el pensamiento taoísta el vacío no constituye una ausencia; es decir, no se parece en lo absoluto a ese concepto que en occidente se toma como sinónimo: la nada. Por el contrario, el vacío taoísta es un principio generador porque es el medio que permite las relaciones y múltiples transformaciones del ying y el yang, las dos fuerzas fundamentales y complementarias que rigen el universo. Si no existiese, no habría movimiento alguno; por eso es, ante todo, un principio dinámico que da vida a todo lo existente.
En las esculturas de Dolores Casares no hay remisiones concretas a este pensamiento, pero es evidente que el vacío interno de sus volúmenes plásticos juega un rol fundamental como ámbito que posibilita interacciones. Los hilos y las agujas que atraviesan con insistencia el interior de estos espacios geométricos existen en una tensión permanente con aquél. Por eso aquí también hay que hablar de un vacío productivo y no de una nada. El acrílico no es un mero recipiente sino el contenedor de una topografía ponderada, de un campo de fuerzas latente que se activa cada vez que una línea lo traspone.
La forma en que hilos y agujas intervienen ese campo modela el vacío de una manera singular. En algunas esculturas, construye planos virtuales que sectorizan el espacio interior en subvolúmenes; en otras, genera ritmos o movimientos sugeridos, como sucede en una pieza cilíndrica atravesada por líneas que rotan alrededor de su eje y parecieran configurar un vórtice. Lo que resulta claro es que en ningún caso ese vacío interno permanece inalterado u homogéneo. Como la hoja en blanco del escritor, él constituye la condición de posibilidad sobre la que se articula la batería de dispositivos formales que dan cuerpo a la obra de la artista.
Más aún, podría pensarse incluso que si fuera materialmente viable, Casares realizaría sus trabajos directamente sobre el aire. Algunas de sus obras así parecen sugerirlo. Sus torres de hilos que resplandecen en la oscuridad niegan de alguna manera el soporte de acrílico que los contiene. Cuando se las percibe en penumbras, con los filamentos en su máximo brillo, es la arquitectura luminosa de sus configuraciones la que salta al primer plano dejando detrás a la estructura que los soporta. En algunas instalaciones, como las presentadas en el Palacio Duhau, este hecho resulta particularmente evidente. Quizás se deba a esto que la artista haya comenzado a experimentar con construcciones de agujas que prescinden de una cúpula plástica protectora, dejándolas abiertas a nuevas interacciones con el medio.

La progresión de las formas
No es difícil imaginar cómo se va gestando la obra de Dolores Casares. El punto de partida es siempre una estructura simple o unas ideas que van adaptándose a ellas. No es ocioso recordar que este punto de partida también debe ser construido: los cubos, paralelepípedos y cilindros de acrílico no son formas preexistentes sobre las cuales la artista interviene, sino el primer elemento constructivo que va configurando su trabajo.
En las primeras piezas de esta serie, los volúmenes de acrílico son interceptados por formas escuetas que habilitan las lecturas asociativas. Hay un cubo que parece portar un ojo, y otro atravesado por conjuntos cilíndricos alargados que recuerdan a medusas o gusanos. En muchos casos, las agujas que dan vida a las formas traspasan las superficies plásticas generando un intercambio entre el interior y el exterior. En ellos, las paredes se presentan como permeables y pierden momentáneamente su rigidez.
Otro conjunto de obras explora la ortogonalidad, enfatizando las líneas, los planos, los ejes axiales, los paralelismos. Las líneas producen vectores, los planos establecen cortes, los ejes refuerzan la arquitectura contenedora, los paralelismos generan ritmos. A partir de estos recursos, Casares desarrolla todo un vocabulario de relaciones que van adquiriendo complejidad a medida que avanza en su investigación. Los planos, por ejemplo, pueden organizarse en secuencias, o disponerse en diagonales que sugieren movimientos ascendentes y descendentes, o construir una figura (una cruz, un rombo, una escalera). Las posibilidades se multiplican haciendo que cada pieza cobre una personalidad única.
La flexión de las agujas introduce un repertorio de líneas curvas. Con ellas surgen nuevas configuraciones formales y semánticas. A veces, las agujas dobladas provocan tensiones; otras, imprimen dinamismo a las cajas que las contienen, estableciendo sutiles balances entre dinámica y estatismo; en otras ocasiones, inducen remisiones orgánicas que las transforman en entes vitales que se desplazan con gracia por el entorno. De las diferentes articulaciones de la línea curva florecen nuevos movimientos, vibraciones, rotaciones, ritmos, desbalances y simetrías que enriquecen aún más la batería de elementos, todavía mínimos, con los que Dolores Casares erige su universo de arquitecturas inmateriales.
Por supuesto, no faltan las combinaciones de rectas y curvas, giros y diagonales, contrapuntos y figuras. A estas alturas, y con componentes muy escasos (las cajas, los hilos, las agujas), la artista consigue implementar una rica variedad de recursos creativos que le permiten explorar soluciones originales en el terreno escultórico.
A medida que progresa el trabajo, aparece otro recurso que empieza a jugar un rol importante en su investigación constructiva: el tamaño de las piezas. Las primeras son pequeñas, contenidas; son claramente objetos que pueden ser manipulados y que, por lo tanto, incluso si no se los toca, estimulan una experiencia que es ante todo táctil. El crecimiento de los volúmenes acrílicos provoca otra relación con el público, más cercana propiamente a la de la escultura. Ahora, las obras invitan al recorrido perimetral, que pone en juego el movimiento del espectador pero también su mirada. Como sucede en la tradición escultórica, las piezas van mostrando facetas diferenciadas a medida que se las rodea. A pesar de su transparencia, hay todavía una promesa de descubrimiento a lo largo del camino.
El aumento subsiguiente de sus dimensiones las lleva al terreno de la instalación. Esto es particularmente evidente en una serie de pórticos y en las obras presentadas en el Palacio Duhau. Aquí no solo cambia la relación con el observador, sino también con el espacio circundante: hay algo de arquitectónico en ellas, pero también, algo de teatral, como lo observara Michael Fried en su análisis de la escultura minimalista. En todo caso, las construcciones adquieren una marcada presencia que compromete al público de manera corporal: ya no se trata sólo de recorrer y ver, sino de sentir y experimentar. El trabajo en espacios amplios promueve asimismo las relaciones entre las piezas: de aquí hay sólo un paso hacia la configuración de los conjuntos escultóricos que caracterizan la producción más reciente de la artista.

Luces, movimientos y sombras
Tras una extensa y sistemática exploración de las posibilidades formales y artísticas de sus materiales de base (los acrílicos, las agujas, los hilos), Dolores Casares apuesta a una mayor complejidad estética al incorporar la iluminación modulada. No se trata simplemente de agregar luz (de hecho, como todas las obras artísticas, las esculturas siempre estuvieron iluminadas en sus exhibiciones públicas). Se trata, más bien, de introducirla como un nueva unidad compositiva, como un material capaz de plantear otros desafíos constructivos y de potenciar las propiedades de los ya existentes.
La luz incide de forma diferente en cada uno de los elementos que ya forman parte de su lenguaje material: atraviesa los acrílicos, se refleja en los metales de las agujas, se concentra en los hilos transparentes (para esto, Casares trabaja con tanzas que brillan con tonos fluorescentes al ser iluminadas). Una vez más, sus recursos se multiplican y se abre un terreno promisorio para el juego y la experimentación.
La artista estudia meticulosamente la forma de incluir la luz en sus obras, y en principio lo hace incorporando pedestales de madera que ocultan el foco luminoso y lo orientan hacia puntos específicos de las esculturas. El contraste entre las superficies reflejantes de hilos y agujas, y la transparencia de los soportes plásticos, le permite enfatizar los primeros y negar los últimos. Así, los esqueletos lineales pasan a tener un protagonismo mayor, que se potencia aún más con la anulación lumínica del entorno.
Sumidas en la oscuridad, las esculturas pierden su estructura plástica de soporte y se presentan como construcciones de líneas luminosas, flotantes y etéreas. La utilización de secuenciadores introduce variaciones rítmicas en la luz que se traducen en modulaciones sutiles y continuadas de las ramificaciones internas. Éstas parecen desplazarse debido a este efecto, y las torres, de repente, cobran vida.
Los secuenciadores incorporan además una dimensión temporal que incide de diferentes maneras sobre las esculturas. Ante todo, crean una cadencia hipnótica que sostiene la atención del espectador por más tiempo, y lo invita a profundizar en la arquitectura lineal que se propaga por el interior de los volúmenes de acrílico. Luego, aportan un ritmo que resalta el propio ritmo compositivo de las piezas: las simetrías, los paralelismos y las concatenaciones de sus componentes. Finalmente, suscitan una cierta progresión narrativa que arranca a las obras de su abstracción contenida y las proyecta hacia las asociaciones y las metáforas.
Más tarde, la contrapartida de la luz deja de ser la oscuridad y lo es la sombra. Desplazando la ubicación de los focos luminosos, Casares comienza a incluir en el repertorio visual de sus piezas el rico espectro formal de las sombras producidas por las agujas y los hilos sobre la pared. De esta manera, impulsa una inversión radical de sus obras: si antes todo el peso compositivo se concentraba en su interior, ahora se lo encuentra principalmente afuera de las elegantes torres de acrílico. Con esta nueva contribución, vuelve a ensanchar su universo de posibilidades creativas, sin renunciar a la simplicidad de sus materiales y recursos de base. No obstante, todavía aparecerá otro planteo que volverá a transformar el destino de sus trabajos.

La ciudad espectral
En los últimos meses, Dolores Casares se embarca en un proyecto ambicioso: la elaboración de un conjunto de torres que conforman ciudades transparentes, iluminadas desde el frente con lámparas que se encienden y apagan de manera secuencial, y que producen imágenes de metrópolis de sombras sobre la pared posterior. En él convergen gran parte de las investigaciones que la artista viene realizando desde el momento en que se vuelca decididamente a la producción escultórica y la experimentación tecnológica.
Los módulos que conforman estas representaciones urbanas, mantienen las mismas características de sus piezas habituales. Son paralelepípedos de acrílico con agujas, hilos y, muchas veces, otras formas geométricas de acrílico en su interior, que responden a la lógica compositiva descripta a lo largo de este ensayo. Incluyen líneas, planos, figuras, volúmenes y arquitecturas basados en el ascetismo lineal de las agujas y los hilos, que aquí se multiplican en una repetición alineada de unidades plásticas.
Sin embargo, a diferencia de su producción anterior, Casares ensaya aquí una interrelación que no es sólo material y espacial, sino ante todo, metafórica y narrativa. Concibe a los conjuntos como ciudades, y los acomoda visualmente de forma tal que produzcan esa imagen sobre la superficie blanca de la pared. La identificación de la urbe no resulta de la interpretación fortuita del público, sino de la voluntad conciente de su creadora.
Las luces que aparecen y se extinguen con cierta velocidad transmiten el fragor de los ritmos urbanos. Pero también, ocasionan la fugacidad continua del conglomerado arquitectónico, que se muestra más bien como un espectro frágil, fantasmático y cambiante. La ubicación de los puntos luminosos aumenta considerablemente la escala de las sombras con respecto a las de los objetos que las producen, generando una tensión entre el mundo real y el virtual.
De esta forma, la visión de Dolores Casares se distancia de las representaciones urbanas clásicas y sus implicaciones semánticas. Las ciudades surgen de la estabilización de las poblaciones nómades, y a lo largo de los siglos se van transformando en espacios de firmeza, solidez y seguridad. Sin embargo, en la mirada de la artista, esa estabilidad parece haber declinado; en su lugar, se hace presente la evanescencia de las urbes contemporáneas atravesadas por el irrefrenable movimiento tecnológico.
De igual manera, en el trabajo actual de Dolores Casares se desvanece la autonomía relativa de los módulos escultóricos en función de efectos ambientales que los proyectan más allá de sus presencias físicas. Los reflejos y las sombras aportan una batería de formas inmateriales que plantean, esta vez, una modulación de otro tipo de “vacío”, uno que ahora se extiende más allá de las esculturas mismas. Y en esto se vuelve a poner a prueba su producción artística, aunque, como queda demostrado, hay una promesa de crecimiento en cada nuevo desafío.

........................................................................
Más info: www.dolorescasares.com

Ubicación

ALDO DE SOUSA
Arroyo 858