Diego Perrotta
El Fuego de la Serrpiente
Diego Perrotta
23/09/2016 - 23/10/2016
PALAIS DE GLACÉ

Obra reciente

Pinturas, dibujos, acuarelas y esculturas. 

Inauguración: viernes 23 de septiembre, 19hs, 2016  

Horarios de visita: martes a viernes de 12 a 20hs / Sábado, domingo y feriados de 10 a 20hs /Lunes cerrado. Entrada libre y gratuita 

Diego Perrotta. El fuego secreto de la serpiente

“La serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho” (Génesis) “Y fue arrojado el gran dragón, la serpiente antigua que se llama el diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero” (Apocalipsis)

Mira fijo al espectador, su gran ojo hipnotiza y atrapa. Horizonte bajo, negrura de la noche y el cuerpo de la serpiente-dragón se instala en el centro de un paisaje. La quietud estática de ese ojo parece concentrar la observación del mundo y toda su ambigüedad. La falta de párpados y la vista penetrante del animal eran, para los antiguos, el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. Nada escapaba a la agudeza de ese ojo. El temor de los hombres (o la necesidad) transformó el conocimiento en maldad y lo que antes era vigilancia es ahora dañino y peligroso. Se trata de El fuego secreto de la serpiente, un trabajo del año 2015 que Diego Perrotta elige para dar nombre a su exhibición actual. En la obra la serpiente aparece contenida en el encuadre vertical de vegetales cactáceos, ha sido obligada a ovillarse sobre sí misma, como si se tratara de un capitel medieval donde el motivo se adaptaba al mínimo espacio asignado pero desde allí seguía advirtiendo y vigilando a los fieles. Conocimiento o maldad, poco importa, es aquí cercado por los cruces luminosos del ojo Divino. Otra conciencia despierta, otro conocimiento: el que destruye el mal. En 2009, Perrotta había titulado Si no era Dios era el diablo a una exhibición realizada en el Centro Cultural Recoleta. Para él, era la necesidad de nominarlos unidos y en permanente batalla. El Matasiete y el Maligno, aún hoy bajo otras formas, no se ceden terreno. Y la producción artística, como respondiendo a un verdadero escenario de batalla, comienza a ser explorada no como piezas aisladas sino como un conjunto de trabajos dispuestos en el espacio. En efecto, desde hace varios años el artista presta particular atención a las condiciones de exposición de sus obras y concibe sus exhibiciones como verdaderas instalaciones. En ellas, los diferentes soportes refieren a una escenografía guionada, en ese sentido funcionaron, por ejemplo, las instalaciones cerámicas y la obra pictórica de Si no era Dios... Más tarde, las figuras del Matasiete y el Maligno, que antes aparecían representados en diferentes soportes pictóricos, pasaron a corporizarse en la batalla circular de una instalación in situ,1 insistiendo así en la interacción de la obra con el sitio. Aquel ejercicio se despliega ahora en el gran espacio del Palais de Glace; en el centro de su singular arquitectura El Guardián y El Matasiete son convocados por la gran serpiente, objeto dominante, realizada especialmente para esta instalación. Luego, pinturas, dibujos y acuarelas se disponen ocupando la totalidad del sitio, como si se tratara de diferentes elementos rituales al interior de un gran templo.

Como hemos señalado en otras oportunidades, la obra de Diego Perrotta abreva en las creencias múltiples que emergen en las culturas periféricas, que solapadamente inundan la vida cotidiana, elementos que él percibe, caza, reflota y se apropia en nuevas mixturas. El llamado efecto collage producto del nomadismo, mestizaje e hibridación contemporánea.

Refiere igualmente a lo primitivo pero de un modo totalmente diferente a aquel con el que las vanguardias del siglo XX miraron el primitivismo o el arte negro, diferente también de la legitimación de exotismo “latinoamericano” concedida por el mercado del arte internacional y lejos igualmente del chamanismo de los años 60. Él encuentra y excava en la santidad igualitaria que le brindan sus propios recorridos contemporáneos. Lo urbano, el mercado callejero del Liniers de su infancia –nacido de las migraciones latinoamericanas– y a partir del cual vislumbró el continente sin salir de la General Paz. Deformaciones, deslizamientos de creencias pero también apropiación de colores y formas, “espíritu de murga, de fábula popular y hechicería delirante…” dijo de él Eduardo Stupía. Vendría luego el viaje real, Argentina, Latinoamérica, Europa y más cercanamente, el Sureste Asiático. Viajes en los que encuentra ídolos y signos que siente suyos, lenguas mixtas de la calle y de los templos, plegarias que le resuenan próximas. El goce y el infierno, aquí o allá se exploran siempre en formas y colores. La paleta se modifica, se apaga o resuena vibrante, y emergen también nuevos motivos. Así, en los trabajos actuales la figura humana tiende a desaparecer, salvo cuando se trata de la pareja dominante el Diablo encantador de serpientes, o su espejo La reina serpiente. Ambos, bellos, oscuros y poderosos, ocupan la centralidad de la tela y la cederán solo a serpientes-dragones. En el dragón de tres cabezas los planos geométricos de color perforan las sombras mientras que, apenas descentrado, el dragón flota alrededor del maligno y se enreda con una serpiente. ¿Son de la misma malignidad o acaso el dragón recuperó su antiguo lugar de protección? De la misma manera en Alquimia mística, el cuenco es prisión para el uróboros, un dragón-serpiente que se muerde la cola: la dualidad presente en todo, el tiempo y la continuidad de la vida. Pareciera que por momentos el artista tuviera necesidad de serenar su obra. Así, en Alquimia salvaje, diferentes planos de color son atravesados por otros verticales y horizontales, luego, figuras geométricas, vegetación fabulosa o seres fantásticos son suspendidos en igualdad de condiciones.
Para Diego Perrotta la serpiente y el dragón son excusas para hablar de miedos y temores. Son lo no dicho de lo humano (el cruce espejado), lo que acecha en la oscuridad y espera el momento oportuno para atacar. Entiéndase: aquello que preocupa al artista, lo personal pero también los abruptos vaivenes sociales y políticos en Argentina y el mundo, o los desastres que el hombre puede ocasionar. En Bosque, nuevamente sobre fondo mondrianesco, casi como si fuera un díptico, la peligrosidad parece ser privativa de los hombres, árboles invertidos, tierra desolada cubierta de volcanes (en la obra de Perrotta conexión con el inframundo), mientras el renacer aparece profundamente sexuado, como la serpiente Baal de los antiguos cananeos, que arrastrándose, dadora de vida, fertilizaba la tierra.

“Los hombres saben que la serpiente puede tomar muchas formas… aparece en nuestros sueños, se introduce en nuestros corazones y termina apoderándose de la gran ciudad”. Viajero de los márgenes, transeúnte de mundos mágicos, pareciera que Perrotta invoca el mal para exorcizarlo.

María Teresa Constantin, agosto 2016

Ubicación

PALAIS DE GLACÉ
Posadas 1725