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Curaduría: Javier Villa
Profetas de la descomposición
Cortar, incendiar, romper, señalar, sacrificar, desaparecer, acostar un monumento o destruir una exposición participan de una misma economía simbólica: producir umbrales. Toda cosmogonía comienza con una ruptura. La destrucción es una operación en la cual el mundo renuncia a su estabilidad para hacer posible otra organización de lo real. Ningún orden nuevo nace sin que se haya atravesado la disolución de lo previo. La destrucción deja entonces de ser un acto iconoclasta para convertirse en una tecnología de pasaje.
Podríamos leer la década de los sesenta en la Argentina como el momento en que los artistas se corren de la figura del productor de objetos para asumir la del oficiante, alquimista o demiurgo. La hora de los magos. Un grupo de seres operando con la certidumbre de que el arte podía volver a ejercer una función que había perdido hacía tiempo: no solo representar el mundo, sino participar de su creación. Ya no bastaba con producir imágenes; era necesario operar sobre la estructura misma de la vida.
¿Y si dejáramos de pensar a Alberto Greco como el padre de la performance y el conceptualismo argentino para entenderlo como el primer demiurgo que reordena ontológicamente lo real? ¿Y si Lucio Fontana no nos legó el cadáver formal de la agonía pictórica, sino la apertura de una grieta metafísica? ¿Y si la exposición de Arte Destructivo no buscó cargar de aura a un mundo en ruinas, sino restituir al mundo la entropía que la cultura moderna intentaba domesticar? ¿Y si Marta Minujín no quemó sus obras, sino que ofició una calcinación alquímica donde el fuego purificó la materia para pasar directamente a la experiencia? ¿Y si Peralta Ramos no fue el bufón de la corte, sino el trickster embaucador que conecta mundos?.
Una procesión arroja obras al Río de la Plata como si practicara un bautismo profano. Del agua marrón hacia la sangre, Margarita Paksa, León Ferrari, Roberto Jacoby y Ricardo Carreira —entre otros— muestran el instante en que una nueva cosmología colisiona con la política.
¿Y si Leonor Vassena no pintó montañas, sino que fue la cartógrafa de un territorio al que solo se accede desapareciendo? ¿Y si Jacobo Fijman no fue un poeta místico, sino el médium de una lengua que antecede a todas las imágenes?
¿Y si Renée Cuellar no huyó de la escena, sino que convirtió́ la desaparición en su obra más perfecta? Estados de percepción excéntrica suspenden el orden consensuado. La invención de nuevas formas ya no importa, la cuestión es modificar las condiciones mismas bajo las cuales un objeto, un cuerpo o un acontecimiento llegan a existir. La pregunta es qué hay que sacrificar —o quiénes son sacrificados— en cada época para permitir la emergencia de un mundo aún impensado.
Profetas de la descomposición reúne algunas de las escenas más conocidas del arte argentino junto a otras relegadas a sus márgenes. A ellas se incorpora el Instituto Argentino de Artistas Rotos y Periferias Estéticas (IAARPE), no como un apéndice documental, sino como una máquina destinada a revelar genealogías ocultas, figuras liminares y saberes desplazados.
Si el arte de los sesenta se convirtió́ en una nueva religión sin dioses, la exposición deja de ser un relato para volverse mitología.
Javier Villa
Profetas de la descomposición
Obras de Berni, Carreira, Colectivo Arte Destructivo, Cuellar, Fijman, Greco, Jacoby, Lamborghini, Maresca, Minujín, Paksa, Peralta Ramos, Santantonín, Vassena y registros de Bony y Roiger.
Sala chica: Instituto Argentino de Artistas Rotos y Periferias Estéticas (IAARPE) Agustina Perez, Federico Barea, Manuel Moyano Palacio.