20 enero 2018

Nota publicada online

viernes 12 de enero, 2018
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Distrito de las Artes
Suma propuestas
por Pilar Altilio

Bajo el lema “Conocé  la trastienda de nuestro ecosistema artístico” se desarrolló en los primeros días de diciembre, un plan para recorrer el Barrio de La Boca donde funciona uno de los distritos que impulsa el Gobierno de la Ciudad destinado a las artes.

La definición del Distrito de las Artes como un ecosistema artístico da una pista clara de cómo está encarada la actividad, pensada como un motor de desarrollo. Tanto para generar proyectos que engloben artistas de distintas ramas, como para impulsar que se instalen emprendimientos comerciales como galerías y centros culturales, la designación de distrito la instala dentro de un movimiento global ampliamente probado en distintas latitudes en donde la cultura es el gran motor de desarrollo de un espacio delimitado dentro de una ciudad. Ha funcionado en lugares tan golpeados por otra cultura como la narco en Medellín, Colombia, y también fuera del continente americano en ciudades que conservaron durante muchos años una línea divisoria entre lo bueno y lo malo de una sociedad, dando visibilidad a lo que tiene una escala más humana, más de red y menos identificada como una verdadera industria cultural porque está construida con lo que cada iniciativa pone a andar.

La Boca es un barrio que carga un historial consistente y claro dentro del imaginario cultural argentino, no solo por su equipo de futbol sino porque alguna vez Benito Quinquela Martin aspiró a convertir esa barriada en un lugar colorido lleno de alegría; donde vivieron compositores de tango notables con Juan de Dios Filiberto; donde un grupo en la década del 20 se identificó con ese territorio portuario y quiso contar aquella luz tan especial de la ribera del río, como fue el Grupo de los Pintores de La Boca. Ya el escritor argentino Isidoro Blaistein había comentado sobre ellos tres definiciones que los singularizan: vivían allí porque estaban más cerca de una bohemia concreta y más alejados de un rigor formal que permeaba en el centro por esa época; que “todos pintan el mismo paisaje pero todos ven cosas distintas” y lo más importante que vivían a la vuelta de la esquina “esa gente sencilla, con una dignidad de maneras que pueblan un tiempo limpio”.

Marina Dogliotti y Leo Vinci en la puerta de su casa-taller

Algo de esa sustancia que equivale a una especie de precedente valioso ha permanecido y es impulsada conjuntamente por la actividad pública y la privada. Asistimos a una parte del derrotero dispuesto para el viernes 1 de diciembre y entramos al taller de los escultores Marina Dogliotti y Leo Vinci que nos narraron en tándem como hacen en la vida y en esa casa, su trayecto como artistas y su llegada al barrio, a ocupar una casa que reconstruyeron lentamente, hasta incluso poder ampliarla sumando a la vecina para hacer un bello y amplio espacio de taller y de exhibición junto a una vivienda encantadora poblada por esa fuerza que tanto Marina como Leo tienen en su obra. Maravilloso escuchar historias sobre cómo se gesta una obra tan llena de metáforas como la de Dogliotti, donde la mujer se transforma en generadora de vida en todas las dimensiones, o el ingenio y el cruce de saberes entre Vinci y su hijo para crear una maquina simple que doble chapa para crear esas piezas monumentales que prepara el escultor para un espacio abierto.

Taller de Leo Vinci

Entrar a un bar y no solo descubrir que todo funciona como una gran instalación sino que allí se puede escuchar tango contemporáneo, comer algo rico y distinto y conocer a Sophie Veber, una artista francesa, instalada en el barrio quien junto a su marido decidieron remodelar una esquina frente a la casa de Juan de Dios Filiberto para dar cuenta de que aquella tradición creativa no quedo en el pasado sino que sigue activa y alimentándose de nuevos proyectos que la mantienen en movimiento.

Un bar donde la música, el arte y la gastronomía marcan la diferencia.

Trasponer un frente completamente ambientado por una escultura mural que se despega del muro y entrar en un espacio completamente de sueño donde un enorme galpón industrial adaptado alberga a dos escultores que trabajan la figuración tanto en el plano como en el espacio como son Abel Trybiarz y Carlos Affranchino instalados aquí desde hace un tiempo por casi lo mismo que los otros escultores lo han hecho: disponer de espacios grandes donde trabajar obra de gran dimensión, eso cuenta tanto como huir del ruido del centro o de las interrupciones al trabajo que pueden ocasionar estar en una zona de mayor tránsito.

Escala humana, vecinos notables, gente conversando sobre sus proyectos y haciendo que los recorridos por La Boca dejen de tener solamente un cariz de futbol y tango para abrirse a vidas de trabajo, usos de la arquitectura disponible, reacondicionamiento y puesta en valor de un sector de la ciudad que evidentemente puede contar ahora con una serie de dispositivos de financiamiento para funcionar con proyectos a mediano y largo plazo. Valiosa iniciativa para descubrir espacios únicos muy cercanos y un plan para ir cambiando la percepción de la zona como rodeada de peligros fuera de un perímetro.