24 abril 2017

Nota publicada online

jueves 30 de marzo, 2017
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Azul Klein brilla en La Boca
Primera retrospectiva de este multifacético artista en Proa
por Pilar Altilio

La exhibición de carácter retrospectivo, presenta las obras más emblemáticas de Yves Klein, uno de los mayores exponentes del arte contemporáneo del siglo XX. Un gran despliegue que aúna los esfuerzos de Fundación Proa, la Embajada de Francia y los Archivos Yves Klein de París.

Es una suerte tener la posibilidad de disfrutar de un panorama internacional tan interesante como lo son las muestras históricas que la Fundación Proa viene patrocinando, no sólo porque el trabajo se contextualiza muy bien, sino porque ver algunas obras produce una reflexión que necesita analizar el contexto para poder valorizar mejor. Pasó con Malevich el año pasado y vuelve con la misma intensidad ahora con Klein.

Pensar el contexto nos lleva a esa posguerra de los años cincuenta en Europa signada por dos hechos demasiado potentes para una sensibilidad creativa. Uno es la bomba atómica y las consecuencias del radio de total destrucción que fue de 1,6 kilómetros, provocando incendios en 11,4 km². El otro es el lanzamiento del primer satélite artificial por los rusos, el Sputnik I en noviembre de 1957. Si conjugamos esto con la relación de Klein con el judo y la cultura zen japonesa, tal vez podamos entender cuál podría ser el comienzo de sus ideas acerca de la desmaterialización total del montaje histórico de la historia del arte, que Yves conocía bien pues sus padres eran artistas. Su necesidad de interpretar nociones acerca la sensibilidad creativa se acercan a un pensador francés, Gaston Bachelard, quien escribió algunos textos muy originales donde el agua, el fuego, el espacio estaban en el centro de sus indagaciones y por ello tan próximas al propio Klein.

"El conocimiento de lo real es una luz que siempre proyecta alguna sombra" sostuvo Bachelard y cuando se percibe ese potente rasgo de un azul que lleva su sello IKB (International Klein Blue) patente establecida del histórico conocido por muchos desde entonces, como el azul Klein, se percibe esa luz que, como decía el filósofo, proyecta alguna sombra. Es que al hablar de monocromos  el propio Yves definía:

“Mi deseo es crear un clima pictórico invisible pero presente, en la línea de aquello a lo que Delacroix se refiere en su Diario como “lo indefinible” que considera como la esencia misma de la pintura. Este estado de sensibilidad pictórica invisible debe ser lo mejor que la definición de pintura haya podido englobar hasta el presente, esto es, irradiación. Si la creación tiene éxito, esta inmaterialización del cuadro, invisible e intangible, debe actuar sobre los vehículos o cuerpos sensibles de los visitantes con mucha mayor eficacia que los cuadros visibles ordinarios, figurativos o no, e incluso que los monocromáticos."

Esto dicho en relación a aquella exposición de 1958 donde afuera volaron globos azules Klein al cielo de la plaza de Saint Germain-des-Prés mientras dentro de la sala no había más que paredes blancas. O sus performances donde como dijo el propio curador de la muestra, Daniel Moquay, en su generosa recorrida de prensa, el cuerpo de la modelo era usado como un pincel sin otra mediación que la recepción de esa pintura sobre el lienzo usando casi las mismas bases de las pinturas más antiguas del mundo aquellas que dejaban huellas sobre los muros.

La intención de producir esa ruptura con el relato tradicional, tiene en Klein algunos proyectos indudablemente poderosos sobre todo si pensamos la época en la que fueron realizados. El gesto de la acción “El salto al vacío” de octubre de 1960, simbólicamente puede captar ese corpus de interés que se ha venido manifestando desde entonces sobre el complejo entramado de diluir arte y vida y consumar aquellas cuestiones metafísicas de percibir la nada. Dar visualidad a ese concepto tan complejo del que la física cuántica se ha ocupado en analizar a lo largo del siglo XX demostrando que la materia en realidad se compone de “nada” en un 99,9%. El vacío es lo más abundante, no solo en el universo, sino también en el interior de nuestros átomos.

Klein utilizó el formato de un periódico que colocó en distintos quioscos de París. Bajo el título “Teatro del vacío” informaba, además de otras noticias, del salto de Klein. El periódico no sólo incluía la fotografía sino también un titular que decía: "¡Un hombre en el espacio!", al que agregaba el subtítulo: "El pintor del espacio se tira al vacío".

El otro gran gesto, del que el propio curador considera su mayor contribución simbólica al hackeo de las tradiciones, fue su performance “Zona de sensibilidad espiritual inmaterial” que tuvo la ocasión de repetirse por última vez en 1962, año de la muerte de Klein. Requería de la presencia de un director de museo, un marchante o crítico de arte y dos testigos. Una vez efectuada la venta, el artista debía desposeerse de la mitad del valor recibido mientras el comprador procedía a la quema del documento que acreditaba la operación. Sólo así se garantizaba la posesión de la zona inmaterial adquirida. Esta acción registrada el 10 de febrero por el fotógrafo Gian Carlo Botti logra invertir el concepto objetual de una obra de arte que impacta sobre el que colecciona.

La intensidad con que vivió, la profusa producción que apenas se extiende en siete años, sus escritos que analizan tanto la repetición como las consideraciones sobre su particular manera de fundirse con “el mundo espacial de la sensibilidad inconmensurable” nos orientan a ver de otro modo la obra de Yves, esa creo que es la mejor manera de acercarse a un gran artista, logrando ir más allá de lo que está en la apariencia física.

FOTO TAPA: VERONICA BONTA

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